Dareh: El corazón roto de Dana

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Dana se acercó a mí. Yo sabía de sus sentimientos por mí, pero no creí que se atrevería a dar el paso, al menos no por ahora. No quería hacerle daño, después de todo era mi madre y sabía que para hacerle menos daño, debía cortar con todo esto ahora.

—Dareh, quiero hablarte de algo.

—¿Qué ocurre, Dana?— pregunté tratando de fingir que no sabía lo que quería.

—Verás, desde hace un tiempo...— se la veía nerviosa. Medía cada palabra cuidadosamente. Me sentía mal por no impedirle pasar el mal trago, pero ella nunca me perdonaría no haberle dado la oportunidad de hablar. —...Dareh, desde que llegaste, siento algo extraño por ti. No sé cómo describirlo. Creo que me he enamorado de ti.

La miré durante unos instantes. Era lógico que sintiera algo. ¡Yo era su hijo! Sin darse cuenta había confundido los sentimientos de protección y amor de una madre. Me sentí raro al escuchar aquellas palabras de su boca y me aparté de ella instintivamente. Ella sintió mi rechazo y se puso alerta.

—Dana, yo...

—No digas nada...— espetó. Se apartó de mí y se acercó a la ventana desde donde se veía la luna. —No es posible que no sientas esa química que hay entre nosotros...

—Claro que la siento, Dana, pero no puede ser... yo... —necesitaba pensar en algo cuanto antes. Algo que la hiciera entender por qué no podía haber algo entre nosotros, sin revelarle la verdad. Entonces se me ocurrió hablarle de Ada. Todavía no la conocía, al menos en el pasado, y en parte, era cierto que yo debía enamorar a Ada, y no a mi propia madre, así que fue mi solución perfecta.

—Hay otra persona. La conocía desde hace ya tiempo, —lo cual, en cierto modo, era verdad— y siempre he estado enamorado de ella.

Percibí que las lágrimas le llenaban los ojos. No me gustaba verla llorar, y menos ser el culpable de sus lágrimas, pero era necesario.

—¿Quién es?

—Se llama Ada. No la conoces.

—¿La quieres mucho?— preguntó. Su voz se entrecortó un poco. Yo asentí.

—¿Es muy guapa?

No estaba seguro de cómo responder a aquella pregunta. Para mí, Ada era como mi madre también y, la verdad... no era mi tipo, pero tenía que decírselo, o se sentiría ofendida.

—Sí.

—¿En qué sección vive?

 —Es... humana...

—¿Qué?— dijo indignada. —¿Cómo puedes haberte enamorado de una humana?

—¿Tengo que recordarte que yo soy medio humano?

—Pero somos muy superiores a ellos. Más bellos, más inteligentes... ¿Qué puede ofrecerte una humana que no pueda darte yo?

—Lo siento Dana.

Sin esperar ninguna respuesta más, me di la vuelta y la dejé allí. Su orgullo le impidió rogar, pero sabía que le había roto el corazón.

Cuando yo era más pequeño, me dijo que de joven le habían roto el corazón y que nunca se repuso. Siempre odié al desgraciado que lo hizo, aunque ella nunca hablaba de él. Ahora lo entendía. Lo siento, mamá....

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