Si das la espalda, te atacarán. Protégete constantemente. No te relajes nunca. Ni siquiera a solas. En cualquier momento un Tigre, o incluso otra Tigresa, podrían estar planeando tu muerte.

Jonathan salió de la casa a la hora exacta. Harry y yo lo seguimos. Mi madre había oído bien; no fue a la oficina. Fue a casa de Nora.

—Ese bastardo descarado —gruñí, preparando la cámara digital de Harry.

Nora abrió la puerta en vaqueros y camiseta sin mangas. El pelo le escaseaba en las sienes y llevaba suficiente maquillaje para hacer que las acciones de una empresa cosmética se dispararan. No besó a Jonathan al verlo, pero si le dio un abrazo y se hizo a un lado. Saqué fotos de Jonathan entrando en la casa.

—Imagino que ésa no es su hermana, ¿verdad?

—Su secretaria.

—No todos los hombres son así, deberías saberlo.

—¿Puedes probar eso? —resoplé. Sin esperar respuesta, salí del coche. Fui hacia la pequeña pero bien cuidada casa. Oí un portazo y a Harry mascullar; me estaba siguiendo. Era día de trabajo así que no se veía a gente. Nadie estaba cortando el césped.

De hecho, sólo vi a una joven que salía a correr.

Le sonreí y me froté el vientre para demostrarle que sólo era una inocente mujer embarazada dando un paseo y seguí hacia la casa con la cámara en las manos. En vez de ir a la puerta delantera fui a una ventana lateral.

Un perro ladró y gruñó. Sonó tan amenazador que, sobresaltada, miré a mi alrededor. Detrás de la verja de metal había un chihuahua. Siguió ladrando.

—Cállate, o serás mi desayuno —susurré con fiereza. Aplastó las orejas contra la cabeza y se calló. Suspiré con alivio y volví a prestar atención a la ventana. Los visillos eran de encaje. Apreté el ojo contra el cristal y vi el interior perfectamente.

Por desgracia la sala estaba vacía.

¿Ya habrían ido al dormitorio esos bárbaros?

—No puedo creer que estés haciendo esto —dijo Harry a mi espalda—. Ni que me arrastraras a mí.

—Yo no puedo creer que esos dos ni siquiera charlen un rato antes de saltar al plato fuerte. ¿Arrástrate? Por favor.

Justo entonces Nora entró, seguida por Jonathan.

—Espera. Vienen hacia aquí —Nora llevaba tres botellas transparentes llenas de… ¿aceite? —rezongué—. Enfermos pervertidos. Creo que van a darse masajes.

—Vamos, cariño. No necesitas ver eso —tiró de mi brazo, pero me resistí.

—Ah, no. No voy a marcharme.

La pareja se sentó en el sofá de la pared opuesta, de cara a mí, y saqué varias fotos a través del visillo. Nora alzó una de las botellas y Jonathan olisqueó. Arrugó la nariz y movió la cabeza. Nora se puso un poco en el brazo y él volvió a oler. Repitieron el proceso con las otras dos botellas.

Vi cómo Jonathan se mesaba el cabello con expresión frustrada. Movía la boca, pero no lo oía.

—Eh, corderita —dijo Harry—. Creo que tenemos que irnos.

—Aún no. Están a punto de hacer algo. Lo sé.

—Cariño. ¿No me has oído? Tenemos que irnos.

—Sólo un minu…

—¿Qué hacéis vosotros dos? —gritó una mujer.

Giré en redondo y golpeé la cámara contra el cristal. Una anciana en bata y con rulos estaba ante nosotros con las manos en las caderas. Tenía los ojos semicerrados y los labios prietos. Casi se me saltó el corazón del pecho. Me quedé helada sin saber qué decir o hacer, consciente de que Jonathan y Nora saldrían corriendo de la casa en un momento.

—¡Nora! —llamó la anciana—. Nora, sal. Te espían.

—Corre —gritó Harry con voz risueña. Agarró mi muñeca y echamos a correr.

Yo también aullé de risa medio histérica, medio incrédula, mientras corría agarrándome el sombrero. Mi vientre botaba con cada paso.

Saltamos al coche, que él había dejado encendido y salimos con un chirrido de ruedas. Por el espejo retrovisor vi a Jonathan y a Nora con la anciana, que nos señalaba.

—Eso ha estado cerca. Demasiado cerca —jadeé. Solté otra risita. Mi corazón bombeaba sangre a toda velocidad y tenía la respiración entrecortada.

—¿Has conseguido la evidencia que querías?

—No. Realizaban algún enfermizo rito pre-sexual, creo. Cinco minutos más y lo habría crucificado.

Harry movió la cabeza y la barba postiza se despegó y quedó colgando de un lado.

—Puede que no la esté engañando.

—¿Qué? —mi buen humor se evaporó—. ¿Entonces qué hace en casa de esa mujer, eh? ¿Por qué le ha dicho a mi madre que iba a la oficina?

—De acuerdo, la está engañando. ¿Quieres que le dé una paliza?

—Ya te lo diré más adelante —contesté.

De camino a casa paramos en la imprenta y dejé la invitación. Nuestro aspecto hizo que recibiéramos unas cuantas miradas de extrañeza.

—La invitación estará lista para que le des el visto bueno cuando regreses de Florida —le dije a Harry.

Cuando llegamos a mi piso, me acompañó a la puerta. Yo estaba deseando descargar las fotos en el ordenador y ver si había algo interesante.

—Miranda —dijo Harry con voz rara, justo cuando iba a meter la llave en la cerradura. Me volví.

—¿Sí? —nuestras miradas se encontraron. Se había quitado la barba. Adoraba, no odiaba, adoraba, «odiaba» como su aroma y calor me envolvían cuando estaba cerca de mí.

—Te echaré de menos mientras esté fuera.

Tragué saliva, yo también lo echaría de menos.

Mucho. Me hacía reír, me excitaba, hacía que mis hormonas se dispararan. Me volvía loca, me excitaba, me hacía sentirme maravillosamente viva.

Me confundía, me excitaba, me marcaba, me excitaba. ¿He mencionado que me excitaba?

Se inclinó hacia mí y rozó mis labios con los suyos. Fue un beso suave, dulce y tierno. Lleno de promesas. Me estremecí, deseando más. Tal vez debería invitarlo a entrar y enseñarle mi dormitorio. No sería malo decirle adiós de la manera apropiada. Si no me permitía quedarme en sus brazos después, mis sentimientos estarían a salvo. Ya había decidido que iba a volver a acostarme con él.

¿O no? Había cambiado de opinión tantas veces que no me acordaba.

Agarré su camiseta con los dedos y abrí la boca para preguntarle si quería quedarse.

—Estoy deseando acostarme contigo otra vez —se adelantó él—, pero voy a esperar hasta que comprendas que esto no es una relación sexual. Esto no es, ¿cómo lo llamaste? Una aventura sin sentimientos.

Arrugué la cara.

—Quiero tu afecto. Quiero tu confianza. No deberías preocuparte con respecto a mí —dijo—. Nunca. No hay ninguna mujer en el mundo comparable contigo. No voy a acostarme con otra mientras esté fuera. No tendré ningún tipo de relaciones sexuales en Florida.

—¿Cómo puedo estar segura de eso? —pregunté con voz suave y, la verdad, con cierta desesperación.

—Se llama confianza, nena, y vas a tener que entregarme la tuya. Eres la única mujer que quiero. Piensa en eso mientras estoy fuera.

Me dejó allí parada, pasándome los dedos por los labios, con sus embriagadoras palabras resonando en mi cabeza.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!