Una nebulosa roja más allá de Pandora

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Él había negado con la cabeza, casi ofendido.

—Claro que no —aseguró.

En realidad, él ni siquiera sabría cómo reprogramar la IA. No era un piloto, era un Conservador. Una memoria viva de la Humanidad.

Habían pasado 2590 días desde aquel primer encuentro. La temperatura exacta durante la entrevista había sido de 23 grados Celsius en la sala de mando, donde alguien había olvidado un ejemplar de la revista Quark sobre una de las mesas auxiliares. El reloj era cuadrado, de marco plateado. Los números, blancos. El fondo, negro. La manilla más larga parecía extrañamente amenazadora.

—Vaya a la cárcel sin pasar por la casilla de salida —dijo Amelia, trayéndole de regreso desde sus recuerdos—. ¡Maldita sea!

La IA empezó a soltar improperios. Se escuchó la risa grave y lenta del Conservador, una risa franca, a años luz de la Tierra.

Aquellas partidas de Monopoly y la compañía de Amelia eran para Eborus lo más parecido a una vida social. No obstante, no se quejaba. Cumplía con su deber como si fuera un privilegio.

Eborus era el hombre perfecto para acompañar a los colonos. Se trataba de uno de los pocos humanos 1.0 que aún quedaban. Su nacimiento había sido natural, su código genético no había sido alterado y tampoco llevaba implantes biomecánicos. No le hacían falta. Además de hipertimesia, tenía memoria eidética, oído absoluto y un cociente intelectual igual que el de los híbridos genéticos superdesarrollados. Era inusualmente sobresaliente incluso para su época; en tiempos pasados habría sido un genio. Sin embargo, su esperma era inútil. Con la especie humana en plena extinción, sola en un universo oscuro y vacío, la infertilidad le convertía en una criatura prescindible, pero al mismo tiempo sus características especiales y totalmente naturales eran algo raro y precioso que había que aprovechar. Esa era la gran paradoja: aunque era evolutivamente superior, el hecho de ser un humano natural y al mismo tiempo no poder procrear le convertía en un elemento poco admirado en la sociedad.

En todo caso, paria o no, habían tomado muestras de todos sus genes, de su sangre y de su semen y habían registrado al detalle los impulsos electromagnéticos de su cerebro. Cualquier posibilidad de replicar algo parecido a él sin necesidad de implantes era una perspectiva dulce.

Amelia aún seguía lamentándose cuando resonó en la sala un acorde metálico y agradable y se encendió una luz verde.

—Hora de revisar el estado de la colonia —anunció el Conservador.

Atravesó la amplia sala y caminó hacia la compuerta de acceso, que se abrió a su paso. Los corredores de Calipso eran amplios, con forma de óvalo, anchos y curvos a los lados y achatados por arriba. De las paredes blancas y convexas colgaban pósters de superhéroes y antiguas láminas. El suelo estaba alfombrado con una moqueta de color verde que aportaba un ficticio toque fresco y vegetal. Las dependencias cotidianas de la nave, así como las personales, tenían esos detalles humanos, pero una vez traspasada la tercera puerta, justo en el vientre de la carpa, los suelos de rejilla metálica sustituían a las alfombras y todo se tornaba aséptico y esterilizado.

Antes de entrar a la Sala de Estasis, Eborus quedaba encerrado entre dos puertas transparentes mientras tres ojos electromecánicos le escaneaban. Uno era azul y detectaba su estado exterior: suciedad, sudor, polvo. Otro era verde y estudiaba su estado físico interno: salud general, niveles hormonales y constantes vitales. Otro era anaranjado y se encargaba de controlar su estado mental midiendo impulsos electromagnéticos y variables emocionales. Los tres ojos no parecían más que diminutos pilotos de luz brillante girando a su alrededor con un zumbido eléctrico. No eran especialmente molestos, pero Eborus los odiaba.

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