Una nebulosa roja más allá de Pandora

502 26 15


Una nebulosa roja más allá de Pandora

Hendelie

Los ojos de la Calipso eran dos amplios ventanales abiertos hacia la oscuridad.

La nave parecía una hermosa carpa dorada; sus escamas resplandecían, se abrían y se cerraban como pétalos para acumular la luz de los mil soles; luego la devoraba, la digería y la transformaba en calor y energía.

Calipso era alargada y plana, y hasta parecía tener cola. Con ella como extraño timón surcaba un océano de tinieblas salpicado de gigantes rojas y azules y de enanas blancas.

Como si reflejaran la propia oscuridad, también los ojos de Calipso eran negros.

Tras ellos, Eborus contemplaba la vasta soledad que había sido su hogar durante los últimos años. Allí, en el infinito, el tiempo no era fácil de medir. Cada inicio de jornada, al poco de despertar, la voz de Amelia le saludaba y le indicaba la fecha. Él hacía los cálculos correspondientes como quien reza sus oraciones.

2622 días desde el lanzamiento de Calipso. 3219 días desde mi primer viaje. 4182 días desde que Garrett fue trasladado a la Planta de Fertilidad. 5052 días desde mi graduación. 7243 días desde la muerte de papá. 11470 días desde mi nacimiento.

Eborus, además de una capacidad superior para el cálculo, tenía hipertimesia(1). Lo recordaba todo y lo ubicaba con exactitud en la particular línea cronológica de su vida. Ese era su mayor don y su más terrible maldición. Por eso le habían elegido para viajar con los colonos en la Calipso.

La mirada de Eborus estaba perdida más allá de los ojos de la astronave, fija en el hermoso mosaico estelar. El grupo de galaxias resaltaba sobre la oscuridad como mágicas luces, igual que las lentejuelas en un traje de terciopelo negro, cada galaxia vibrante, inmensa, girando en su propio tiempo, con su propio color y su propia gravedad. Todas únicas y especiales. Todas iguales, al fin y al cabo.

—Amelia, compro Saturno —dijo con voz neutra, el pensamiento perdido entre brumosas divagaciones.

La IA de Calipso proyectó el tablero de Monopoly galáctico sobre una de aquellas ventanas.

—La casilla de Saturno pertenece al Sistema Solar —informó Amelia innecesariamente—. Con esta, tienes más de la mitad del sistema en tu poder.

En el tono metálico de la IA había un cierto rencor. Eborus dibujó una sonrisa provocadora.

—¿Quieres comprarme algo? Estoy dispuesto a escuchar ofertas.

—No, gracias. ¿Por qué iba a querer? Tengo el Cinturón de Orión, y vas de cabeza hacia él... otra vez.

—Como quieras. Tu turno.

Los dados virtuales de Amelia rodaron sobre el tablero y marcaron un seis.

—Saca una carta de Suerte —anunció.

Amelia era un sistema de inteligencia artificial de última generación. Cuando les presentaron, el joven confesó que nunca antes había hablado con una IA 3040.

—¿Debo ponerte un nombre? —le había preguntado entonces con timidez.

Ella le explicó que no era necesario. Cuando fue creada y tomó conciencia de sí misma, le dijo, le habían permitido elegir su propio nombre. Se había llamado Amelia en honor a Amelia Earhart, la famosa aviadora que cruzó por primera vez el Atlántico.

—Claro que, si no te gusta, siempre podrías reprogramarme —había dicho ella con el mismo tono de desdeñoso rencor que empleaba ahora, años después, cuando iba perdiendo al Monopoly—. ¿Piensas hacer eso?

Una nebulosa roja más allá de Pandora.¡Lee esta historia GRATIS!