Ciudad de Guatemala

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El próximo en llegar es Paco, el investigador que se encarga de las estadísticas nacionales. Su dieta se limita a maní japonés y Red Bull. Está lleno de tatuajes y escribe poesía erótica en sus ratos libres. Solicitó trabajo en la fundación porque su padre es un socialista que admira a Castro, con el que se lleva terriblemente mal y sabía que su decisión de trabajar en la Fundación Maquiavelo lo enfurecería, y así fue. Su saludo es un gruñido imperceptible, se coloca sus audífonos y se pone a trabajar.

Manuela tiene que terminar un documento que debe enviar a un instituto en Argentina sobre el clima político en Guatemala. El nuevo gobierno es un desastre y ha demostrado su total ineficiencia para gobernar. Y también debe terminar un análisis legislativo que Roberto le solicitó.

Para las nueve y media de la mañana ya todo el equipo está prácticamente completo. Guillermo, o Willy cómo suelen decirle cariñosamente al investigador junior, está relatando y comentando las noticias del día mientras lee los diarios. Esa es la vida en una Fundación como esta, los diarios y la coyuntura nacional son el pan de cada día.

Manuela tiene serios problemas para concentrarse. Por suerte el documento para Argentina está casi listo. Solo debe revisar la ortografía y la redacción. Y el análisis legislativo no le llevará mucho tiempo. Aprovechó a leer en el avión la propuesta de ley.

Cerca de las diez de la mañana llega Laura, la niña mimada de la oficina. Es evidente que tuvo un fin de semana intenso. Lleva el cabello desarreglado y sin lavar y está vestida con lo primero que encontró. —¿Qué onda muchá? Les dice a todos y a ninguno en particular. Se sienta en su escritorio y comienza a hacer todo tipo de ruidos y a buscar algo dentro de la fila de papeles y el desorden habitual que mantiene en su escritorio.

Todos levantan la cabeza y es evidente que están molestos por haber sido interrumpidos pero nadie dice nada. Todos continúan con su trabajo.

—¡Puta muchá! No encuentro mis audífonos y me van a llamar de Perú, ¿Quién me presta los suyos? pregunta Laura

Todos se hacen los que no escucharon, y Laura repite la pregunta. Como continúan ignorándola. Se levanta y trata de arrebatarle los audífonos a Manuela. Manuela muy seria le dice, —Estoy haciendo unas traducciones y no puedo dártelos en este momento. Valeria le indica que está subtitulando un video para subir a Facebook y que está retrasada con el mismo y que tampoco puede darle los suyos. Y así sucesivamente. Los que no los tenían afuera se encargan de cerrar sus gavetas y maletines para evitar que ella los vea.

Sólo Sofía se siente apenada y no comprende la reacción de los demás. Tímidamente se quita sus audífonos y se los entrega a Laura. Valeria y Manuela cruzan una mirada, de terror, mientras que Paco y Willy están a punto de soltar una carcajada.

Manuela se voltea muy seria y le dice a Laura, —Por favor, vas a tomar la llamada a la sala de reuniones, todos estamos trabajando y tú gritas demasiado cuando hablas por Skype. En ese momento les informa Willy, que él espera en pocos minutos la llegada del asesor de un diputado y que debe recibirlo en la sala de reuniones. Laura se encapricha en tomar la llamada en su escritorio, pero Manuela se pone firme y le dice que vaya a la mesa de la cocina a recibir la llamada. —Y no olvides cerrar la puerta, le dice Manuela, quien ya está cansada de los excesos de Laura hacia los demás.

Cuando Laura sale del salón principal todos se sienten aliviados, menos Sofía que no ha comprendido lo que ha sucedido. En ese momento, Manuela saca un pequeño atomizador con alcohol, se lo pasa a Sofía y le dice —Para tus audífonos, ¡bienvenida a la oficina! Y todos estallan en carcajadas, incluyendo a doña Lucrecia.

Willy le informa a Sofía, quien lleva pocos meses en la oficina, que nadie le presta los audífonos a Laura a menos que estén dispuestos a tirarlos a la basura. Laura al parecer jamás se ha limpiado los oídos y los devuelve en un estado deplorable. Valeria y Manuela compraron el alcohol luego que un día Laura tomó los audífonos de Manuela de su escritorio cuando ella no estaba y los devolvió cubiertos de cerumen amarillo e incrustado en las ranuras.

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