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Ambos se alejaron de la cancha casi arrastrando los pies. Lilly iba jalando un par de hilos que se habían descocido de su suéter y, a su lado, Antonio miraba el piso como si fuera la cosa más interesante del mundo.

Era claro para la chica que su acompañante no se sentía cómodo con su presencia, el problema era que no comprendía sus motivos para estar así. Suponía que había sentido el rechazo de su parte, sobre todo los últimos días, pero no estaba del todo segura y, aunque una parte de ella esperaba que ese no fuera el caso, una pequeña porción le decía que tal vez era justo eso lo que lo tenía tan callado.

Estaban llegando a la reja que dividía la preparatoria con la primaria, cuando la chica se detuvo y tomó a Antonio del brazo, frenando sus pasos a la par que hablaba.

—Aquí está bien. No creo que nos molesten en este lugar.

—De acuerdo. — El chico alzó la cabeza, mostrando su ya clásica frialdad al tiempo que se situaba frente a su acompañante y decía, con tono monocorde. — ¿Qué me querías decir, Lilliana? ¿Tienes algún otro problema con una materia?

La última pregunta la desconcertó. No esperaba que tocara ese tema.

—¿Por qué tendría que tenerlo?

—Bueno. Solo me hablas cuando se te dificulta una tarea o trabajo.

De inmediato, la muchacha arrugó el ceño y dijo, elevando la voz una octava.

—¡Eso no es cierto! ¡¿Qué hay de la vez cuando nos quedamos platicando en la parada del camión?! ¡¿O cuando fuimos a la visita grupal al...?!

Antonio le sonrió a su acompañante, desconcertándola aun más y provocando que se callara de súbito.

—Relájate, Lilly. Solo quería asegurarme de que volvieras a ser tú.

—Eh. No entiendo.

Antonio se llevó las manos a los bolsillos y encogió los hombros.

—¿Qué? ¿Ahora me vas a decir que no te paso nada y que no estabas actuando raro en estos días?

La castaña bajo la mirada. Se había dado cuenta.

Estaba tan avergonzada, que el rubor cubrió por completo su cara. No sabía que era peor, que el chico supiera que algo la había alejado de ellos, o el hecho de que tenía que decirle él porque de su actitud.

—Yo... Es cierto. No me sentía a gusto con ustedes... Contigo.

Ante esa última palabra, Antonio arrugó la frente pero no la interrumpió. A pesar de que el chico era un par de años más joven que ella, Lilly solo lo superaba por unos diez centímetros; así que no tuvo que alzar mucho la cabeza para poder ver como la castaña intentaba hablar.

—Lo siento... Ya sé que fue una tontería el que me apartara de ustedes, pero... Cuando me entere de... Tú... No —. En un intento por que se calmara, Antonio puso sus manos sobre las de ella y le dedicó una media sonrisa. Esa era de las pocas veces que lo había visto mostrar alegría, así que se quedo callada por un buen rato, antes de volver a retomar el hilo de la conversación. —Me sentía incomoda contigo y con Monse.

—Pero, ¿Por qué? No te hemos hecho nada para...

—¡No! Ninguno me hizo algo. Más bien era porque no me sentía... Porque no estoy a su altura.

—Lilly, vas a tener que ser más clara. No estoy captando ni media palabra de lo que dices.

La castaña tomó aire y, tras cerrar los ojos, comenzó a decir.

—Me entere del parentesco que tienes con el director, y de que tú y Monse son casi primos, y yo, bueno... Estoy bien bruta... Seguro crees que soy la chica más tonta del curso... Ni siquiera creo que te convenga el que me siga juntando con ustedes.

—No creo que seas una tonta —. Las palabras de Antonio hicieron que Lilly levantara el rostro. La sonrisa del chico estaba mucho más grande que hacía unos momentos, al grado que la castaña juró que había llegado a sus ojos. — En cuanto a mi parentesco, eso no tiene que ver con que seamos amigos.

—Pero, ¿No te da pena estar conmigo?

—No —. El muchacho puso la mano en la barbilla de Lilly, levantando su rostro al tiempo que decía. — Si me diera pena estar cerca de ti, no me habría acercado a hablarte en primer lugar... Ni tampoco te habría dado los bombones y el libro.

Ante la mención de los obsequios, Lilly arrugó la frente y dijo.

—Cierto. Siempre quise preguntarte, ¿Por qué me diste eso en San Valentín? Bien podías haberme dado una flor como todos los demás, y en vez de eso me obsequiaste algo que me gustaba... ¿Cómo sabías que no iba a tirar el libro o que le regalaría los bombones a alguien más?

Ahora fue el turno de Antonio de colorearse en tonos carmesí.

—¿Me creerías si te dijera, que te había estado observando desde mucho antes de que sucediera lo de tú problema? Desde que entre a la secundaria, para ser exactos.

El labio de Lilly tembló ante la revelación del chico. No podía creer que alguien tan inteligente y considerado se hubiera fijado en ella, y mucho menos que este lo admitiera.

—Yo... No sé qué decir.

—No tienes que decir nada. No quiero que aceptes algo que no esperabas escuchar; además, yo se que si se diera algo entre los dos, eso acabaría por sumir tú posición en la secundaria.

Lilly bajo la cabeza. Esas palabras la hirieron mucho más de lo que esperaba, pero no estaba dispuesta a admitirlo. Estaba consciente de que lo peor que le podía pasar a Antonio, era andar con alguien como ella.

Miss perfecta de hielo era vista por todos como una desgraciada, y si de por si el chico tenía problemas para que le hablaran, si se daba algo más solo conseguiría convertirlo en un marginado. Y más con el asunto pendiente que tenía con Mimí, Erika y compañía.

A pesar de la promesa que se hizo, de conseguir a alguien para que las demás le volvieran a hablar, no estaba dispuesta a usar a Antonio para un fin tan bajo. No ahora que conocía lo bueno que era. Prefería alejarse de él y hacerle frente a las tipas esas; a usarlo como escudo y que todo recayera en su persona.

Con esa resolución en mente, le sonrió al muchacho y dijo.

—Qué bueno que lo piensas así, y ahora que ya está todo claro, me voy. Tengo varios trabajos que entregar y poco tiempo para hacerlos.

—¿No quieres que...?

—Déjalo. Así está bien. 

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