Vacía. Desde hace cinco meses. Vacía es la palabra más exacta acorde a lo que siento. También he sentido dolor. Un dolor punzante que me acompaña a todas horas, incluso cuando duermo. Un dolor que no cesa. Un dolor que jamás creí poder sentir alguna vez.

Mis padres y mi hermano pequeño murieron aquel fatídico día de marzo. Aquel día en el que me convertí en huérfana. Yo tenía que haber estado con ellos, en nuestro coche de camino al concurso de dibujos que tenía Drake, mi hermanito de tan solo ocho años. Sin embargo, fui tan egoísta que preferí ir al cumpleaños de mi mejor amiga. Me llamaron dos horas después.

El único consuelo es que ellos no habían sentido ningún dolor, murieron al instante, o eso me dijeron. Yo, en cambio, tengo que cargar con el dolor durante toda mi vida. Ellos me han abandonado para siempre sin decir adiós. La vida y la muerte nos habían dividido, a mí por un lado y a mi familia por otro.

—Mira, Brooke, ya casi estamos —me dice el chófer que me lleva. Hago un pequeño asentimiento con la cabeza para hacerle saber que estoy escuchándole.

Es la primera vez que me monto en un automóvil después de la muerte de mi familia y estoy temblando.

Nanny Mary, mi doncella de casi sesenta años, me acogió después del accidente. Apenas tenía recursos para mantenerse a sí misma pero aún así siguió hacia delante para cuidarme. Todo iba bien, o lo bien como podía estar yo, hasta que después de un mes se descubrió que mi madre tenía una hermana gemela en España. Como es de esperar, todo aquello me pilló de imprevisto porque nunca me la había mencionado. Nunca. Y es ahora cuando mi tía decide dar señales de vida para acogerme en su casa con su familia. Todo es muy raro para mí, ¿por qué mi madre nunca me había hablado de ella?

Al principio me mostré reticente a marcharme de Inglaterra. Yo provenía de una familia adinerada y podía quedarme con la casa y administrar más o menos el dinero de mis padres con la ayuda de Nanny Mary. Obviamente eso se anuló y la herencia se pospuso hasta mi mayoría de edad. Tengo que vivir con mis tíos hasta los dieciocho.

Saco una foto del bolsillo trasero de mis vaqueros y mis ojos se anegan en lágrimas. Las personas a las que mas quiero están plasmadas en aquel trozo de papel con una sonrisa de oreja a oreja. La foto se tomó hace un año, cuando nos fuimos de vacaciones a Croacia. Mi madre estaba entre los brazos de mi padre, tumbados en la arena de la playa, mientras que Drake sonreía abiertamente con una pala en la mano, enseñando el gran hueco que tenía donde debían de estar los dientes delanteros. Yo estaba algo más apartada, tumbada sobre mi toalla y con mis gafas de sol. No sonreía.

Noto cómo la bilis sube por mi garganta y me contengo. Tengo que recordarme a mí misma que ya no existen, que ahora solo son ceniza. Mi hermano Drake, el niño sin dientes por culpa de haberse caído de la bici, solo es ceniza.

—Uuuuf, ya hemos llegado. Esto está apartado del mundo —se queja el rechoncho chófer secándose la frente perlada de sudor con un pañuelo azul.

Miro el exterior a través de las ventanillas del coche. Mis presuntos tíos viven en Madrid pero lo que veo no se asemeja a las imágenes que había visto en el ordenador. Estamos en un pueblo a muchos kilómetros de la capital. Es la primera vez que estoy en España y la idea no me atrae en absoluto. Voy a vivir aquí con mi familia que hasta ahora no sabía ni que existían y no sé cuando podré regresar a Inglaterra, mi lugar.

Y, para colmo, no veo nada de playa, tapas ni fiesta de la que tanto me había hablado Nanny Mary.

Al principio me negué a mudarme con ellos pero finalmente tuve que ceder. Nanny Mary no podía criarme por mucho más tiempo y no quería acabar con sus energías por todos los cuidados que empleaba conmigo.

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