La sonrisa del ciempiés

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Hace muchos años, cuando yo era un muchacho, navegué por un mar marrón. Me imagino que les parecerá raro un mar de ese color, pero así era porque estaba en el lugar donde el río Amazonas desemboca en el Océano Atlántico. Imagínense que como estaba tan acostumbrado a navegar por aguas cristalinas y saladas, no quise perderme la ocasión de hacer algo diferente y decidí entonces navegar unos kilómetros río adentro. Tengo que confesarles que resultó ser una tarea muy ardua por al tamaño, podríamos decir, guliveriano de las olas, pero una vez que logré sortear la desembocadura, pude avanzar con un poco más de calma.

El sol ya se había ido a dormir a su escondite nocturno y por eso despertó, en cambio, mi sentido del olfato. Lo primero que percibió, agradecidísimo, fue un delicioso aroma a carne asada.

Ojalá que sea jaguar, me dije a mí mismo mientras me dirigía a la orilla para amarrar a La Granadina, todo sea por una dieta balanceada y darle felicidad a mis papilas gustativas, porque entre tanta fruta enlatada y pescado, pronto me saldrían de la nariz almíbar y escamas.

Así fue cómo, jalado por el hilo invisible del olor a carne, me adentré en la selva y caminé y caminé hasta llegar a un claro en el que se encontraba un grupo de hombres y mujeres sentados alrededor del fuego que tenía un jaguar en cruz. Todos miraban fijamente cómo un hombre, muy alto y bien robusto, bailaba y actuaba como si fuera un mono. "Hi Hi Uh Uh Hi Hi Uh Uh", decía, mientras con una mano se rascaba la panza y con la otra la cabeza, y después con la mano que antes se rascaba la panza lo hacía en la cabeza, y con la que antes se rascaba la cabeza se rascaba la panza, y así sucesivamente. Unos instantes más tarde paró y, con cierto dejo de frustración en la cara, volvió a sentarse junto al resto de los presentes.

–Eh, tú, hombre con sombrero –una señora me descubrió tras los árboles. Calculé, por la cantidad de arrugas que cubrían su cara y su cuerpo, que tendría alrededor de 150 años–. A ver si tú eres capaz de quedarte con el tesoro.

Yummy, tesoro y carne asada, ¡gran combinación! Y, sobre todo, ¡inesperada! Pero me pareció prudente no mostrarme interesado en exceso, ni en uno ni en otro. Caminando bien erguido y con la cabeza en alto, les dije:

–Lo más probable es que sí me lleve el tesoro; de hecho, soy un gran experto en encontrar tesoros, que si leyeran todos mis antecedentes, tardarían meses y meses –mentí, claro, porque si recuerdan lo que les comenté al empezar este libro, en realidad nunca encontré ninguno–. Pero, esperen un momento, debo decir algo importante antes: tengo que felicitar al cocinero. Si el sabor es tan delicioso como su aroma... Que seguramente así sea, porque me doy cuenta de que lo están disfrutando a mares...

–¡Qué maleducado soy! ¡Discúlpeme, me olvidé de ofrecerle! –dijo con la boca llena uno de los hombres, que no podía ser otro que el cocinero porque tenía en la mano unas herramientas, y un delantal y un gorro que decían: "Best cook ever". Me dio una buena ración en su punto justo: ni muy cruda ni muy cocida. Lo único, la hubiera pasado unos segunditos por agua de mar para salarla un poco, pero igual no iba quejarme porque estaba exquisita. Lo cierto era que no recordaba cuándo había sido la última vez que había comido semejante manjar.

–Bueno –dije una vez que logré saciar por completo mi apetito–, ¿cómo era eso del tesoro? ¿Dónde está el mapa? ¿Qué es? Por favor, que sean zafiros... ¡es que me gustan tanto! ¡El color azul es mi favorito!

–Nada de eso, hombre, nada de eso. ¿Acaso no ve al ciempiés? –me preguntó la anciana. Miré hacia el lugar al cual apuntaba su dedo índice (que, dicho sea de paso, daba cuenta de una artritis feroz) y pude ver que sobre una hoja de Victoria regia, un nenúfar típico de la zona que allí hacía las veces de un trono, se recostaba un ciempiés azul eléctrico. Con sus antenas levantadas parecía estar muy atento a lo que transcurría a su alrededor, y recién ahí caía en cuenta de que por eso me había sentido tan observado mientras comía.

–Sí, sí, lo veo –respondí.

–Vino desde muy lejos, desde México...

–Extraño tanto la música de los mariachis... –el ciempiés, con una vocecita tan eléctrica como su color, pronunció estas palabras–. Extraño mi casa, a mi familia y a mis amigos; también los burritos, el guacamole y la comida picante. Pero no puedo volver en estas condiciones. Es que en este viaje, que inicié por esas casualidades de la vida y terminé aquí, viví cosas tan horrorosas, tan espantosas, tan monstruosas, tan pavorosas, que no quiero ni nombrarlas. Me han amargado el alma. Sí, sí, me amargaron el alma... Ya no soy lo que era, ya no puedo sonreír... ¡No puedo cantar el Cielito lindo porque lloro! ¿Cómo voy a exclamar a viva voz "canta y no llores", si yo ya no puedo cantar sin llorar? No... Tengo que volver a sonreír antes de poder volver a mi casa...

–Es por eso –interrumpió la anciana, cuando notó que de los ojitos del ciempiés empezaba a caer una lágrima microscópica– que tenemos que conseguir sacarle una sonrisa y puede ser contando un chiste o bailando o actuando... ¡como sea! ¡Recuperar la sonrisa del ciempiés es el gran tesoro!

La anciana se aclaró la voz y siguió diciendo, en tono solemne:

–Efectivamente, hombre, no hay mayor tesoro que hacer sonreír, aunque sea solo un instante, a alguien que está triste.

Todos asintieron en silencio como si la mujer hubiera dicho la única verdad universal. Incluso, el pobre ciempiés asentía mientras lloraba y lloraba y llenaba de ínfimas gotas su trono de nenúfar.

Como un castillo de naipes se desmoronaron todas mis expectativas y anhelos. ¡Qué tremenda porquería! ¿La sonrisa del ciempiés era el tesoro? Claramente en mi rostro se dibujó un signo de interrogación, porque el cocinero me preguntó si tenía alguna duda y si quería preguntarles algo.

–En realidad, sí... tengo una única duda: ¿queda un poco más de carne?

Y cuando terminé de comer el trozo que me habían proporcionado, les dije:

–Discúlpenme, señores, señoras... Dudo que pueda obtener ese gran tesoro –resalté la palabra "gran" con ironía–, porque la verdad es que nunca tuve gracia para contar chistes ni para bailar. Mejor no los molesto más, sigan en lo suyo, mucha suerte y gracias por la cena. Ah, y... ¡ánimos, ciempiés! –esto último lo dije con sinceridad, y me fui.

Volví al río con cierta amargura, la verdad. Es que me quedó un mal sabor en la boca, aunque algo mezclado con el del delicioso jaguar, por no haber logrado llevarme ninguna joya. Pero no me inquieté en lo más mínimo porque ni bien pensé en que me reencontraría en breve con mi Granadina para seguir viviendo nuevas aventuras, no pude evitar sonreír y así se diluyó ese dejo de tristeza.

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El pirata Willy Zapata¡Lee esta historia GRATIS!