El Club de los Viernes

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Uno

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¡Sin excepciones!

Un cartelón colocado tal cual en el rellano de lo alto de las escaleras anunciaba el horario de walker e hija: labores de punto en letras multicolor. Aun así, Georgia Walker —normalmente ensimismada en cuadrar la caja y recoger los hilos sueltos del suelo— rara vez hacía nada por cerrar con llave hasta que no eran por lo menos las ocho y cuarto... o más tarde.

En lugar de eso, ella se sentaba en el taburete del mostrador intentando hacer caso omiso del ruido del tráfico que llegaba de abajo, de la transitada avenida Broadway de Nueva York, y reflexionaba sobre las ventas del día o preparaba la clase de punto para principiantes que daba cada tarde a las amas de casa que buscaban un aparente sello distintivo de auténtica maternidad. Anotaba los números con un lápiz que crujía sobre el papel, y suspiraba. El negocio iba bien, pero siempre podía ir mejor. Tiraba de sus largos rizos castaños. Era una manía que tenía desde hacía mucho tiempo y que no se le había quitado con los años, por lo que a menudo terminaba la jornada con el flequillo de punta. En cuanto acababa de poner al día la contabilidad, se alisaba el pelo, se sacudía los restos de goma de borrar de los vaqueros y del fino jersey que llevaba y, con el rostro un poco pálido a consecuencia de la concentración y de la falta de sol, se ponía de pie con su más de metro ochenta de estatura (gracias a los tacones de más de siete centímetros de sus gastadas botas camperas de cuero marrón).

Recorría la tienda despacio, deslizando las manos con suavidad por las pilas de hilo meticulosamente ordenadas por colores: del verde lima al verde trébol, del teja al fresa, del cobalto al azul Wedgwood, del tostado al ámbar, e hilera tras hilera de grises, cremas, negros y blancos. La gama abarcaba desde el hilo exquisitamente suave y afelpado hasta el abultado y el que daba picazón; y todo aquello era suyo. Y de Dakota, por supuesto. A Dakota, que con sus doce años a menudo hacía caso omiso de las instrucciones de su madre, le encantaba poner sus oscuros ojos bizcos y saborear la borrosa fusión de colores, como si se mezclara el arco iris.

Dakota era la mascota de la tienda, una de sus principales especialistas en colores (¡más destellos!) y, francamente, ya era muy hábil con el punto de media. Georgia se dio cuenta de la rapidez con la que su hija confeccionaba sus labores y de lo exigente que se estaba volviendo con la tirantez de sus puntos. En más de una ocasión se había sorprendido al ver a su hija ya no tan pequeña acercarse a una clienta que esperaba y decirle con seguridad: «Ah, yo puedo ayudarla con esto. Mire, tomaremos este ganchillo y arreglaremos este fallo...» La tienda era una tarea en curso; Dakota era lo único que Georgia había hecho lo que se dice bien.

Sin embargo, cuando por fin se disponía a apagar las luces de la tienda, a menudo Georgia se encontraba con una clienta potencial que, con el ceño fruncido y sin aliento, tras haber subido a la carrera las escaleras hasta la tienda del segundo piso, pronunciaba un aparentemente inocuo «¿Podría entrar sólo un minuto para echar un vistazo rápido?», antes de que ella pudiera insistir en que por ese día ya habían cerrado. Georgia abría un poco la puerta, pues sabía muy bien lo que suponía hacer malabarismos para compaginar los hijos y el trabajo e intentar encajar además alguna actividad extra para sí misma: leer un libro, teñirse el pelo en la pileta del cuarto de baño, echarse una siesta... «Entre, elija lo que necesite», decía ella, y postergaba el breve ascenso hasta su apartamento escasamente decorado situado en el piso superior. Aun así, nunca dejaba que una rezagada se quedara hasta pasadas las nueve de un día de colegio porque tenía que echar a Dakota de la mesa de la esquina donde hacía los deberes. No obstante, Georgia nunca rechazaba una posible venta.

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