Aeropuerto Nacional Ronald Reagan

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Camina en su dirección y se percata que él está hablando por teléfono. Cuando él la ve, le dice a la persona con quien habla que le llamará luego y cuelga.

Observa a Manuela fijamente y le pregunta, —¿Qué pasa? ¿por qué traes esa cara?

—Mi vuelo ha sido cancelado, quien sabe a qué horas o cuándo regresaré a casa, responde.

—¿Y dónde queda tu casa? Le pregunta él.

—En Guatemala.

—¡¿En Guatemala?! ¡Pero tú no pareces guatemalteca! ¿Eres guatemalteca? responde él en perfecto español.

Manuela está acostumbrada a escuchar ese comentario, no es la primera vez que alguien le hace la misma observación. Como se encuentra cansada y de mal humor, sólo responde, —Siento desilusionarte, pero sí, lo soy.

—¿Y de qué etnia eres? Le pregunta él en un tono burlesco.

Su español tiene un leve acento gutural y pronuncia la zeta, como todos aquellos que aprendieron el español de España.

Manuela se pone furiosa, quizás el comentario no amerita semejante reacción, pero ella no puede con la ira. Ha tenido un día de perros y ahora viene un francés prepotente a burlarse de ella y de su país.

—¡¿Qué clase de imbécil eres?! Pregunta ella, subiendo el tono de voz. Las personas que se encuentran a su alrededor voltean a ver con curiosidad.

Él se está divirtiendo con la reacción de Manuela y le responde, —Tranquila, no te molestes. Si mal no recuerdo en tu país hay más de veintitrés etnias, y tú no pareces pertenecer a ninguna de ellas.

Manuela se da cuenta que perdió el control y sobrerreaccionó. A fin de cuentas es francés y los franceses se las llevan de preocuparse mucho por los pueblos indígenas. ¿Será el cargo de conciencia por como trataron ellos a los esclavos en las colonias? Sólo hace falta leer la historia de Haití para darse cuenta lo brutales que fueron, piensa. De repente sonríe y le responde, —Perdón, quizás debí preguntarte ¿a qué mezquita perteneces?

Es su turno de enfurecerse y se da cuenta que ella ha sido más astuta que él, así como en Francia no todos son musulmanes, en Guatemala no todos son indígenas. ¡Vivimos en un mundo de estereotipos! Piensa.

Es su turno de sonreír y le dice, —«Touché». Lo siento, fui un grosero. Si me puedes perdonar, te lo agradecería. Sólo toma en cuenta que el humor de los franceses no es considerado el mejor de los europeos, y sobre todo el mío. Siempre meto la pata cuando me quiero hacer el gracioso. Luego hace un ademán con las manos, las levanta, dice —¡Pero es más fuerte que yo! Soy un hombre débil, y sonríe ampliamente.

Manuela sonríe, —No hay nada que disculpar. Además he sido una grosera, no suelo decirle imbécil a un desconocido, a menos que realmente lo merezca, claro está. Extiende su mano, y se presenta —Manuela Fernández, mucho gusto.

Él toma su mano, —Olivier DeBlois, «enchanté».

Manuela ve la hora, son casi las siete de la mañana, le quedan varias horas por delante y siente una punzada en su cabeza, ¡Café! Necesito café, piensa. Saca de su maletín la computadora y se la entrega a Olivier, —Lo siento, no fue mi intención confundirlas. Llevaba mucha prisa, debí ser más cuidadosa. Me alegro que te hayas dado cuenta.

Él recibe su computadora y le entrega a Manuela la suya y le pregunta, —¿A qué horas parte tu vuelo? ¿Tienes tiempo para un café? Me gustaría invitarte uno.

—¡Siempre hay tiempo para un café! Mi vuelo sale a las doce del mediodía.

—Excelente, ahora busquemos un café que sea decente. El café en este país es desagradable en la mayoría de lugares, y el del aeropuerto suele ser aún peor, responde él.

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