CAPÍTULO I

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Claudia deambulaba por el mercado acompañada de su fiel sirviente Adastros de procedencia griega. Era ciudadana romana y su padre un reconocido y adinerado comerciante. Se abrió paso entre el gentío esperando que iniciara la subasta.

Los cabellos castaños dorado caían con elegancia sobre su espalda formando en las puntas delicados rizos. Sus ojos azules como las aguas del Éufrates, eran expresivos y vivaces, adornados con unas largas y alineadas pestañas; el cutis se asemejaba a las blancas perlas del Oriente, y su piel suave y delicada igualaba al más fino terciopelo.

Por fin un hombre calvo y regordete con densa barba apareció al frente de ellos abriendo oficialmente la venta con una ceremonia innecesaria pero protocolaria sobre la calidad de la mercancía y las regiones de las cuáles procedía. Claudia sacó su bolsito de hilo café con labrados de oro, y ansiosa esperó a que el hombre terminara de hablar.

Un niño afroamericano con figura escuálida, fue presentado ante la multitud, al otro extremo una mujer encadenada al igual que el niño, lloraba y extendía los brazos hacia él, de seguro madre e hijo. Otro hombre se acercó a ella y la golpeó con rudeza por el rostro, la mujer retrocedió con un hilillo de sangre recorriéndole desde el labio inferior hasta su cuello. Claudia ahogó un grito, estaba en contra de este tipo de agresiones y por ende se oponía a la esclavitud.

La gente regateaba por el niño, pero el vendedor sostuvo el precio, como nadie más pareció mostrar interés, ella aprovecho la oportunidad y le fue vendido. Continuaron con su madre, pero Claudia aprendió a desenvolverse en este ámbito y con pericia la mujer pasó a su poder. El hombre regordete la conocía, Claudia nunca se perdía una subasta de esclavos, era una de sus mejores clientes.

Mandó a Adastros a que los ayudara a bajar de la tarima de piedra, y fueron llevados a una carreta ubicada a no mucha distancia del lugar, donde otro sirviente aguardaba por ellos. La subasta continúo, siempre iniciaban la venta con los más débiles y terminaban con aquellos esclavos cuyas condiciones físicas eran mejores. Claudia nunca se quedaba a este punto, a ella únicamente le interesaban lo más desvalidos, pero ese día sintió curiosidad y decidió permanecer.

El último esclavo fue subido, era un hombre joven y a pesar de su indudable estado de maltrato, poseía agraciados rasgos que llamaron la atención de ella. Su cabello era de un castaño muy oscuro, sus ojos color chocolate miraban al vacío, su semblante se perdía entre el gentío, dibujando una expresión de ira reprimida que aunque trababa de disimular, era notoria.

Las ofertas calentaron el ambiente, un hombre al parecer árabe ofreció una fuerte suma por él, Claudia sintió la necesidad de regatear por el joven, pero ya no le quedaban monedas. Se quitó los brazaletes de oro que adornaban ambos brazos y gritó como pudo, ya que el alboroto apagaba su débil voz. El hombre regordete la vio luchar por ser escuchada y la señaló. Por un momento se hizo silencio y ella levantó los brazaletes. -No es suficiente. -Le contestó el vendedor. -El árabe está ofreciendo más.

Miró su mano y se quitó el anillo y los pendientes de ágape, que hacían juego con su vestido verde. El hombre regordete pareció conforme, miró al árabe para saber si estaba dispuesto a mejorar la oferta pero cuando notó que no era así, hizo bajar al joven para ser llevado al lado de Claudia. Adastros no estaba con ella, se quedó esperándola en la carreta ya que él no esperaba que se quedara hasta el final.

El árabe pareció molesto y se dirigió a ella amenazante. El mercado de esclavos no era sitio para mujeres a menos que estuvieran acompañadas de sus esposos o de hombres que respondieran por ellas, pero Claudia era diferente a las demás mujeres de la sociedad romana, se caracterizaba por ser imponente, voluntariosa, impulsiva y para nada sumisa.

El árabe levantó su mano en señal que la golpearía, tomando como ofensa que Claudia le quitara a su esclavo. En su cultura las mujeres únicamente estaban para servirles y engendrar a sus hijos. Lo que el árabe omitió debido a su cólera es que esto significaba una falta grave al ser ella ciudadana romana e incluso castigado con la muerte, dependiendo del estatus social que disfrutara la persona agredida, pero el hombre enfurecido pareció no importarle este detalle. Claudia cerró los ojos y esperó el golpe, pero al abrirlos observó que la mano se detuvo a unos centímetros de su rostro sostenida por el joven a quién recientemente había comprado. El árabe pareció aún más molesto por la insolencia del esclavo y sacó su daga, impidiendo tomar las medidas deseadas la presencia de dos soldados romanos que se acercaron y uno de ellos pidió explicaciones.

El corazón de Claudia latía de forma acelerada, y no contestaba a las preguntas del soldado, aún conmocionada con lo sucedido. El vendedor bajó de la tarima y contó con detalles lo acontecido a los recién llegados. El rostro moreno del árabe palideció por unos instantes arrepentido de su proceder, conocía su destino.

-¿Es cierto esto? -Le preguntaba el soldado sin ella reaccionar. Cuando al fin volvió a la realidad, miró al árabe, observó el horror reflejado en sus ojos.

-Déjenlo ir. -Contestó Claudia con voz pausada y ya más tranquila.

-¿Pero es cierto lo que dice el mercader? ¿Este hombre trató de agredirla?

-Ha sido un mal entendido, no presentare cargos en su contra.

-¿Está segura? -Vuelve a preguntar el soldado.

-Sí, acá no ha pasado nada.

-Bien, pero aun así será juzgado.

-No es necesario, he dicho que........ -Sus palabras son interrumpidas.

-Eso lo decidirá el Prefecto.

Los soldados se alejaron con aquel desdichado; Claudia sintió pena por él. La gente se fue dispersando poco a poco hasta que sólo quedaron el joven y ella, uno al frente del otro.

Claudia: Belleza Indomable.¡Lee esta historia GRATIS!