Capítulo 3 - Grabado a fuego

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Al llegar a mi pequeña y solitaria casucha, me puse cómoda y encendí el portátil; me lo puse en el regazo y busqué lo que Kael me había dicho en google. Al pulsar enter, las historias que había leído en novelas fantásticas me vinieron a la mente. Desde pequeña me había gustado conocer todo lo relacionado al mundo, incluido lo que no veía, como los seres de los cuentos de hadas. Claro estaba, que nada de eso existía, pero guardaba toda una estantería de libros así, que leía de pequeña antes de dormir. Habían muchísimos resultados de búsqueda, y me aseguré de mirarlos todos mientras abría los polvorientos libros que había traído de mi habitación, tratando de buscar algo que me guiara.

Cuando abrí los ojos eran las nueve de la noche: me había quedado dormida leyendo y buscando. Cuando dejé los libros en la mesa, me fijé de que en mi móvil había una llamada de mi hermano Jordan; sorprendida, se la devolví, pero no hubo respuesta: él jamás perdía una llamada, siempre llevaba el móvil encima, a espera de algún mensaje del trabajo. ¿Estaría bien?. Enseguida telefoneé a Isis, que era una gran amiga y me había demostrado, tras todos estos meses de curso, que podía contar con ella para lo que fuera.

-¿Qué ocurre, Anne?

-Por favor, llévame a la casa de mi hermano, es importante.

-Está bien, sube.- abrió la puerta de la camioneta y me subí, justo cuando apretó el pie en el acelerador, cerrando la puerta de golpe.

Mi hermano vivía bastante a las afueras de Welsh, como casi todo el mundo. Le gustaba estar apartado de todo, y le compadecía. 

Cuando llegamos, todo estaba aparentemente tranquilo. Era un recinto muy grande, con jardines, fuentes y cosas de las que se podían prescindir, de manera que  tardaríamos más de lo normal en saber dónde se encontraba: él siempre andaba inquieto de un lado a otro. Esa mansión se la había ganado trabajando. Me acuerdo de una vez en la que salió en el periódico, anunciando que mi hermano había participado en la búsqueda de grandes tumbas, unas tan extrañas e intrincadas que casi nadie creyó que existieran, así que no se hizo muy famoso.

Buscamos por todos lados y descubrí cosas que no había visto los pocos años antes, aunque tampoco iba muy a menudo. Tras un buen rato, oí a Isis llamándome, con un agudo tono de voz: había encontrado algo. Recorrí, tropezando, unos cuantos correderos hasta que encontré una puerta, que no pude abrir por su cerradura oxidada. Atravesé los tres arcos de marfil, para llegar al salón de baile: hasta el olor se me hacía familiar, ya había vivido esto antes, sabía cómo llegar. Y ahí estaba yo, avanzando hacia un punto fugaz en la oscuridad.

Entré en una habitación completamente oscura a excepción del móvil de Isis, que emitía suficiente luz como para ver que estaba descuidada y llena de humedad.  Todo se caía a trozos, incluido un sillón color granate rajado hasta las entrañas, con el relleno esparcido por todas partes. 

-Ayúdame a mover esto, -dijo señalando el sofá- creo que hay algo debajo.

Empujamos el mueble juntas. Me sorprendió que un sillón así pesara tanto, parecía que estuviera pegado con todas sus fuerzas a las tablas del suelo. Lo dejamos a un lado y ví con mis ojos que la chica tenía razón. En el lugar en el que había estado el asiento, ahora había una especie de trampilla mohosa, aunque bastante bien camuflada,  que intentamos abrir hasta clavarnos astillas en los dedos, pero estaba cerrada a cal y canto. Mirando a mi alrededor, en busca de alguna ayuda, fijé la vista en el suelo, que estaba quebrado por todas partes, con piezas sueltas. Abandoné a Isis, que seguía intentándolo, y arranqué, feroz, una de las tablas sueltas del suelo. 

-¿Qué vas a hacer con eso? -dijo ella.

Cuando volví, se alejó. Encajé la tabla en el borde de la portezuela y empujé hacia abajo. Mi compañera, al darse cuenta de lo que estaba haciendo, me ayudó y juntas pudimos abrirla de una desdichada vez. De cuclillas nos miramos, preguntando qué habría dentro que tanto había sido guardado.

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