—Bueno.

Salí del coche con la cabeza muy alta. Incluso mientras abría la puerta del portal mantuve la pose de ser una mujer que no se preocupaba de nada más importante que el tiempo que haría esa semana.

Abrí la puerta de casa y me volví hacia él, bloqueándole la entrada.

—Dame la bolsa —dije—, yo la meteré.

—No sé por qué tienes la idea de que voy a permitir que mi mujer me cierre la puerta sin ningún tipo de despedida —un músculo se tensó en su mandíbula—, pero te aseguro que es una idea equivocada.

El corazón me dio un bote y abrí la boca para contestar. Pero no pude emitir ningún sonido.

—No hemos terminado, cariño, y no puedes librarte de mí tan fácilmente. Si piensas que puedes apartarme porque tienes miedo del pasado y del futuro, tendrás que volver a pensar. Y estoy más que dispuesto a ayudarte a hacerlo.

—¿Cómo? —no se me ocurrió otra cosa que decir.

—Tendrás que esperar para verlo —encogió los hombros y se acercó hacia mí.

Tragué saliva. Sus palabras eran inocentes pero su tono tan sugerente y sensual que me estremecí.

—Ahora mismo —dijo—, hay unas cuantas cosas que quiero hablar contigo. Podemos hablar aquí fuera, donde nos oirán todos tus vecinos, o puedes invitarme a entrar.

—No puedo dejarte entrar —el hombre era demasiado tentador, no le resultaría difícil conseguir que me quitara la ropa.

—Me preocupa poco montar una escena que tendrá entretenidos a tus vecinos durante semanas —dio un paso hacia mí—. ¿Quién sabe? Tal vez el Tattler se interese y publique otra foto tuya.

—No harías eso —gemí.

—¿Quieres comprobarlo?

Noté en él una determinación que había visto pocas veces. Sí, haría lo que fuera para entrar. Así que me aparté y le cedí el paso. Él dejó mi bolsa junto al sofá y se acomodó. Hizo un gesto para que me sentara a su lado.

Lo ignoré y me senté al otro extremo. Sólo con olerlo podría derrumbarme como una casa en ruinas.

—No creo que debamos hablar de anoche —dije, anticipándome a él—. Sería mejor que simuláramos que nunca ocurrió.

—Tal vez tú puedas hacerlo, cariño, pero yo nunca olvidare cómo gritabas mi nombre.

—Quizá también deberíamos dejar de trabajar juntos —seguí, como si no lo hubiera oído. Necesitaba el dinero, sí, pero mi cordura era más importante—. Puedo prepararte una lista de planificadores que…

—Accediste a ayudarme, Miranda —cortó él—. Si dimites, te denunciaré por incumplimiento de contrato.

—¿Por qué no lo intentas? —crucé los brazos sobre el pecho—. Nunca firmamos un contrato.

—No te conviene enfrentarte a mí en eso. Puedo ser un auténtico bastardo cuando hace falta serlo.

—Menuda noticia —mascullé. La verdad, fue un gran alivio que no aceptara mi oferta. Ni siquiera sabía por qué lo había sugerido. Al pensar en no volver a verlo, algo se había desgajado en mi interior.

—Por cierto —dijo él—. Si te has quedado embarazada, quiero que me lo digas.

Negué con la cabeza, intentando borrar de mi mente esa palabra que empezaba por E y me arrastraba a otras dos que empezaban por M y por B.

—No lo estoy.

—No puedes saberlo con seguridad.

—Ya he dicho que no lo estoy —reiteré. Pero, ¿y si lo estaba? Sentí un atisbo de emoción, parecido al que había ignorado la noche anterior para rendirme al pánico. Podía no estar lista para la M, pero la B, pensé la palabra completa: bebé, no me provocaba tanto pánico, aunque no sabía por qué.

La idea de tener un bebé de Harry me provocaba un cosquilleo de calor y excitación. Pero tardaría en saberlo, mis períodos eran bastante irregulares.

—¿Eres vidente? —preguntó él.

—He predicho el futuro más de una vez —mentí.

—Tu voz ha sonado más aguda —puso los ojos en blanco—. Necesitarías mejorar tu forma de mentir.

—Maldito… —di un pisotón en el suelo.

—Me lo dirás si…

—… Ya te he dicho que…

—… estás embarazada porque…

—… no estoy…

—… tengo derecho a saberlo.

—… embarazada.

Me taladró con la mirada y el silencio duró unos minutos.

—Vale —dije por fin—. Sí. Te lo diré —tal vez.

Antes de que pudiera protestar, él se levantó y me dio un beso en la frente. Mis labios se fruncieron por voluntad propia, esperando ser besados también.

—Sigues trabajando para mi, Miranda. No permitiré que dimitas.

—Vale —volví a decir—. No dimitiré.

—No me marcharé hasta que no me des tu palabra.

—He dicho que vale, y era en serio. En ambos casos —moví las manos hacia la puerta—. Ahora vete. Tengo que deshacer el equipaje.

—Antes, contesta. ¿Disfrutaste estando conmigo?

—Supongo —admití a regañadientes.

—¿Y te gustaría volver a hacerlo?

—Sí —lo maldije para mí—. Pero eso no significa…

—Sí —dijo él satisfecho—. Significa —salió por la puerta con una sonrisa risueña en el rostro.

¿Qué clase de Tigresa embobada era yo? Era incapaz de mentir decentemente y no le había dicho a Harry que saliera de mi vida.

Decidí pedir una pizza y dar el día por concluido.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!