Una hora después seguíamos en la cama. Las sábanas estaban revueltas. Después de dos rondas más de sexo intenso, no tenía fuerzas para correr al cuarto de baño y tener otro ataque de pánico. Estaba a gusto y, aunque me seguía asustando. no iba a moverme.

Me concedería esa noche. No más. Por la mañana lucharía contra mi atracción por él. Entonces me preocuparía por las posibles consecuencias.

—Sé que has dicho que no quieres casarte —dijo Harry, rompiendo el silencio.

Estaba tumbado de espaldas, con las manos tras la cabeza. Yo estaba de costado, con las manos sobre su pecho. Me tense al oír sus palabras. Si ese era el principio de la siguiente conversación, tendría que reconsiderar mi decisión de no moverme.

—Pero… —titubeó— ¿esta noche ha hecho que cambies de opinión?

Intenté no encogerme, no gritar de horror. No podía enfrentarme a eso en ese momento. Les había dicho a Clara y a Lucre que ocurriría. ¡Maldición! ¿Por qué no había esperado hasta mañana?

Como no contesté, giró y se apoyó en los codos, mirándome.

—Quiero casarme contigo. Ya lo sabes.

—Ya te lo he dicho, el matrimonio no es para mí.

—¿Así que esta noche no ha cambiado tu opinión? —se levantó de la cama.

—No.

—Somos una bomba juntos —se pasó la mano por el pelo—. No puedes negarlo.

—Puede que no —conseguí mantener la calma, aunque volvían a pitarme los oídos y tenía calambres en el estómago—. Pero nunca voy a cambiar de opinión. Por nada.

Él empezó a pasear por la habitación.

—¿Ya has olvidado cómo te aferrabas a mí, cómo te movías y cómo gritabas mi nombre?

—Que hayamos practicado el sexo no significa que tengamos que… ya sabes —no quería decir la palabra, me resultaba tan difícil como otra que empezaba por B. Los oídos me pitaban cada vez más fuerte.

—¿Qué tienes en contra del matrimonio?

—No es para mí —lo tenía todo en contra.

—Podría serlo —su voz se suavizó. Se detuvo y me miró con ternura—. Somos perfectos juntos, cielo.

—No —intenté no estremecerme—. Lo siento.

—Ayúdame a entenderlo —volvió a pasear. Sus pies se hundían en la alfombra rosada y con cada paso su determinación se incrementaba—. Ayúdame a entender qué te ha llevado a ese punto. Por favor.

—¿De veras quieres saberlo? —exploté. El pitido se había vuelto insoportable—. Te lo diré. Mi ex desconocía el término fidelidad. Prefería a otras mujeres. Me juraba amor mientras se tiraba a muchas otras. Quizá podría olvidar eso, dada la moralidad depravada de Richard, pero no es el caso de mi padrastro. Es un hombre trabajador y decente y está engañando a mi madre. No volveré a entregarle mi corazón a un hombre para que me lo arroje a la cara. ¿Qué te parece esa respuesta?

Para cuando acabé la retahíla, estaba bufando y me temblaban las manos. Harry tenía expresión de asombro. Intenté calmarme inspirando profundamente e imaginándome en mi prado de felicidad.

—Tengo que marcharme ahora —dije, ya más racional—. Necesito estar sola.

—Vas a quedarte, Miranda —se pasó la mano por el rostro—. Aunque tenga que encerrarte en el baño.

—Harry…

Movió la cabeza, su expresión era sombría y fiera.

—Vas a escucharme. No soy tu ex. Nunca he engañado a una mujer y te juro que nunca lo haré. Sé lo que quiero y te quiero a ti. Y, nena, más te vale entender que puedo ser despiadado cuando se trata de conseguir lo que quiero.

—No soy nada especial —agité los brazos con desesperación. ¿Por qué no podía entenderlo?

—¿Que no eres especial? —se acercó a la ventana, tras la que se veían las montañas cubiertas por una fina capa de niebla—. Cielo, ya te dije cuánto me impresionaste en esa recepción. Y cuando fuiste a mi despacho por primera vez, fue aún peor. Tenías el pelo revuelto, una mancha de polvo en la cara y cuando te sentaste vi los arañazos de tus rodillas. ¿Y sabes qué? Pensé que nunca había visto nada más bello. Un vistazo a tus labios y supe que necesitaba sentirlos por todo mi cuerpo.

—Dices eso porque estás desesperado por casarte —me había puesto roja como la grana.

—Ya utilizaste ese argumento. Entonces no me sinceré del todo, pero lo haré ahora. Quiero casarme, sí, y tener familia. Quiero pertenecer a una mujer y que ella me pertenezca a mí. Quiero una mujer en casa, la misma cada noche. Quiero ver a nuestros niños corretear. Quiero una compañera que desee lo mejor para mí, que me ame pase lo que pase. Quiero todo eso contigo. Sólo contigo.

La belleza de sus palabras me devastó y algo en mí anheló ese felices para siempre que describía.

—Has recibido miles de solicitudes. ¿Y si tu «mujer perfecta» está entre ellas, esperándote? ¿Y si la encuentras después de haberte comprometido conmigo? —dije, expresando uno de mis mayores temores.

—Tiré las solicitudes cuando saliste del despacho.

—Pero…

—No hay pero que valga. Mi madre publicó la noticia. Habíamos discutido, otra vez, porque yo no salía con nadie. Me dijo que era obvio que tú no estabas interesada y decidió presentarme a mujeres disponibles. Me negué a ver a las solicitantes y la convencí para que te eligiera como planificadora de su fiesta de cumpleaños —Harry me miró a los ojos—. No hay otra mujer con tu espíritu, Miranda. Tu sentido del humor. Tu capacidad de encenderme.

Me cubrí el rostro con las manos. Si me hubiera dicho eso seis años antes, me habría rendido y entregado. Pero ya tenía demasiadas cicatrices. No podía darle a Harry lo que quería. No podía arriesgar mi corazón de esa manera. La idea de vínculos legales y permanentes me daba náuseas. No estaba preparada. Diablos, quizá nunca lo estuviera.

—Lo siento, Harry, mi respuesta sigue siendo no.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!