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John

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La vida es algo… indescriptible. El olor del café por la mañana, sentir la lluvia sobre la cara y la sangre de tus enemigos  resbalando por tus manos… si eso es estar vivo, me gusta.

 

John dejó que el cigarro se consumiera entre sus dedos sin haberle dado más de un par de caladas. Llevaba más de diez minutos en esa postura, sentado en la taza del váter, con la cabeza chorreando y una toalla húmeda sobre los hombros. Quería pensar pero era muy difícil concentrarse. Si al menos pudiera recordar…

Miró su pecho por enésima vez. La marca estaba a dos centímetros escasos de su pezón izquierdo, no hacía falta tener un título médico para saber que eso era el corazón. Y allí estaba, perfectamente redonda, rematada en negro, la marca de una bala.

Haciendo un poco de contorsionismo ante el espejo, podía ver otra marca, más grande y no tan regular, en su omóplato; el orificio de salida.

Todas las fibras de su cuerpo se empeñaban en decirle que no era posible, que debía de ser un error. Nadie sobrevive si una bala te atraviesa el corazón, no hay forma. Pero él estaba vivo. Tenía pulso, estaba caliente y su corazón latía. Y sin embargo… algo faltaba.

El ruido de las alas golpeando el cristal, le sobresaltó. Había perdido la noción del tiempo. Llegaría tarde al trabajo. Ese era el signo inequívoco de que estaba vivo, nunca había oído hablar de espectros camareros. Dedicó una sonrisa al pájaro negro que se apoyaba en el balcón.

—Buenos días, M. —El pájaro pareció reconocer el saludo y agitó la cabeza hacia atrás abriendo y cerrando su oscuro pico.

 John se incorporó y se apresuró a vestirse. Se puso el abrigo. Últimamente iba a todas partes con él, le hacía sentirse importante. Era una prenda que alguien había donado para caridad y que una mujer del comedor social había separado para él. Era una buena pieza, con ella no parecía que apenas tuviera un paquete de salchichas en la nevera. Tenía buen corte, italiano le habían dicho, era de lana y abrigaba.

Lástima del agujero de bala.

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