Son las cuatro y veinte de la mañana, si tiene suerte en pasar el punto de registro de seguridad, tendrá tiempo de tomarse un café y comerse una danesa antes de tomar el vuelo hacia Houston.

Camina hacia el ingreso y no hay mucha fila, pero por alguna razón esta no camina. Enseña su boleto y la dejan ingresar a la línea «Priority», el único beneficio que realmente valora de sus numerosos viajes. Muchas amigas la envidian por sus viajes, pero estas no comprenden que viajar por trabajo no es lo mismo que viajar por placer. La cantidad de horas que pasa sola, los estrictos horarios, la comida de los hoteles que termina teniendo el mismo sabor en todas partes, y la presión de representar al tanque de pensamiento para el cual trabaja, no es algo sencillo. Por supuesto que se hacen amistades, valiosos contactos, y se conocen lugares maravillosos que de otra forma no hubiese conocido, pero también hay viajes en los cuales lo más lejos que logra salir es al salón de reuniones. Si tiene suerte, organizan las cenas en restaurantes de la localidad, pero en muchas ocasiones todo se lleva a cabo dentro del mismo hotel. Aun así, Manuela ama su trabajo, ser investigadora de un prestigioso tanque de pensamiento y tener pasión por lo que hace, es una de las cosas más maravillosas que ha podido sucederle.

Han pasado veinte minutos y la fila no avanza, Manuela comienza impacientarse, en estos momentos sueña con su café y su danesa o en el peor de los casos una dona, pero desea salir de este martirio. Delante de ella viajan una pareja de esposos con su bebé, la niña no tendrá más de ocho meses, la llevan en su cochecito. La pequeña juega a sujetar su pie y quitarse el zapato, la paciente madre sonríe y se lo coloca nuevamente.

Unas cuatro personas detrás de Manuela, se encuentran un par de franceses que hablan y sonríen a carcajadas como si el aeropuerto les perteneciera. Nadie les dice nada, sin embargo todos les observan, a fin de cuentas sólo están hablando. Uno de ellos es muy guapo, tendrá unos treinta y ocho o cuarenta años, es difícil decirlo y Manuela no es buena adivinando las edades de las personas. El tipo se ve bien, pero tiene un tono altanero y arrogante que llama su atención. Su compañero es bajito y usa anteojos, intenta ser arrogante como su amigo, pero no da el porte. Ella habla un poco de francés, pero estos están hablando tan rápido que es difícil comprender lo que dicen. De lo que comprende se están burlando de la fila de seguridad, dicen que la gente parece ganado «bovins» esperando que le llegue su turno al matadero, a lo cual Manuela sonríe y piensa que tienen toda la razón. Regresa su atención a la bebe, que la observa con una mirada intensa, Manuela, le sonríe y esta le devuelve la sonrisa, lo que deriva en un intercambio de muecas y sonrisas con la pequeña. Los padres se sienten muy orgullosos que su hija sea tan sociable con los extraños. Se dirigen hacia San Francisco donde viven los padres de él. La niña es una hermosura y a estas alturas Manuela ya sabe que se llama Abby, que significa «alegría del padre» o «joy of the father» en idioma inglés. Sin embargo la madre le confiesa, que la principal razón es que su esposo, quien trabaja en el capitolio como asesor de comunicaciones para un Senador Republicano, es admirador de Abraham Lincoln, «Abe» y decidió ponerle Abby en honor a este último.

Seguramente si la niña hubiese sido un varón se llamarían Abraham. Es interesante saber que hay personas que le ponen a sus hijos el nombre Abraham por motivos no religiosos, aunque las pasiones políticas son iguales de peligrosas que las religiosas, piensa Manuela.

Manuela ve su reloj y se da cuenta que ya son las cinco de la mañana, su vuelo sale a las cinco cuarenta y cinco, ella ya debería de estar en la puerta de embarque, en unos cuantos minutos comenzará el abordaje de su vuelo. Comienza a perder la paciencia y deja de sonreírse con la bebe, los franceses se le hacen insoportables, y siente una presión en la cabeza. No hay nada que pueda hacer, somos víctimas del sistema y de la burocracia. Renunciamos a nuestra libertad en aras de proteger nuestra seguridad y ahora somos humillados en este tipo de situaciones, piensa resignada.

Ella hizo todo lo posible por estar a tiempo y cumplir los requerimientos de viaje, inclusive llevaba una buena actitud, pero aún así no depende de ella, depende de un sistema corrupto e ineficiente que solo busca humillar al individuo y recordarle que es impotente ante la fuerza del Estado, «El Gran Hermano» piensa recordando a Orwell.

Trata de mantener la calma, sabe que lo peor que puede hacer es desesperarse, pero su mente la traiciona y comienza pensar que si pierde el vuelo su vida será miserable por los próximos días, tiene un viaje importante el siguiente miércoles y pasar todo el fin de semana en el D.C., sólo le complicará la vida. La presión en su cabeza aumenta así como su desesperación. Sabe que debe de tranquilizarse y mejor sonreírle a la bebé, pero es más fuerte que ella y no logra hacerlo.

En ese momento la fila comienza a retomar el ritmo, Manuela da gracias a todos los Dioses, aunque no es una persona religiosa, cree en una fuerza superior y nunca está de mal ser agradecido, aunque sea con la suerte. A estas horas ya se puede despedir de su café. Si tiene suerte le ofrecerán algo de tomar en el vuelo, y recuerda que tiene un paquete de galletas en su bolso de mano.

Al acercarse al punto de control, un oficial malencarado le revisa el pasaporte y el pase de abordar, se lo devuelve con lo que parece ser un gruñido, y le indica con una mueca que puede proseguir. Se coloca en la línea y comienza a quitarse los zapatos, el cinturón y los deposita junto con la cartera en una bandeja. Saca su computadora de su maletín y la coloca en una bandeja separada. Acaba de comprarse la nueva MacBook Pro. Es mucho más eficiente que la anterior, por lo que la deposita como quien deposita a un bebé en una cuna. Ya todo está listo para que pasen los rayos X.

Al llegar al detector de metales le indica el oficial de seguridad que debe dirigirse a su derecha, a la máquina que es conocida como el «sniffer», es un aparato que es utilizado para detectar explosivos. Es una pequeña cabina, donde el pasajero debe pararse con los pies separados a cierta distancia y debe levantar los brazos, ahí unos chorros de aire a presión golpean los costados de su tronco y produce un sonido como cuando se dispara una pistola de aire. ¡Maravilloso! Piensa Manuela, ¡Justo lo que me faltaba! La mayoría de gente no sabe ni para qué sirve este aparato y mucho menos lo que hace, y lo más irónico del caso es que nadie pregunta. Los puestos de registro en los Aeropuertos se han vuelto un lugar donde todas las personas actúan con calma con tal de evitar problemas, sin importar las humillaciones sufridas y cuando son sometidas a estos aparatos, nadie pregunta ¿qué son? o ¿para qué sirven?

Manuela conoció una vez durante un vuelo un piloto que viajaba en la cabina principal con el resto de pasajeros, y aprovechó a hacerle todas las preguntas que siempre quiso hacer y que por temor, como el resto de personas nunca había hecho.

El procedimiento es rápido, dura unos 10 segundos, pero delante de ella hay cinco personas. Observa que hay una oficial con guantes revisando a Abby, la bebé que viaja con sus padres, la mujer la toca por todas partes y revisa el pañal. Los padres con miradas aprensivas no dicen nada, pero se ven angustiados. ¡Ni una bebé de ocho meses se escapa de esto! piensa.

Finalmente es su turno, se para en donde le indican, levanta los brazos y el aire que es disparado en sus costados, le produce cosquillas. Si tiene suerte, algo ha retrasado el abordaje de su vuelo y no lo perderá.

Se dirige a los rayos X a recoger sus cosas, se tropieza con una persona que va detrás de ella, que resulta ser uno de los franceses, el guapo. Como sus cosas pasaron antes que ella, todas las bandejas se están amontonando al frente, recoge sus zapatos, bolso, maletín, pero no ve su computadora, hay otras bandejas, cuyos dueños aún no han recogido sus contenidos, de repente voltea y ve que detrás de ella hay una bandeja con una MacBook Pro, siente alivio de ver que su computadora está ahí, intacta, no comprende porque había quedado detrás de sus cosas, pero de igual forma la toma y la mete dentro de su maletín. El francés se está poniendo los zapatos parado a media fila como si sólo él estuviese ahí, ella por suerte viajó con unos zapatos tipo bailarina que son además de cómodos fáciles, y rápidos de poner.

Sube la cabeza, y busca en los letreros en qué dirección se encuentra su puerta de abordaje, al parecer no muy lejos, pero de todas formas tiene que correr, se ha hecho demasiado tarde.

Choque de egosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora