♡Introducción♡ (KyungSoo)

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—Hola KyungSoo, ¿cómo te fue con la tarea de álgebra?

Pude reconocer aquella voz entre ronca e infantil a pesar de que estaba de espaldas a su dueño. De un golpe cerré inmediatamente mi casillero, evitando así que Kim JongIn pudiese ver en primera fila mis artículos escolares llenos de lindos gatitos, no supe por qué, si de hecho todos los de mi clase lo sabían ya.

Al girarme con una lentitud exagerada, me topé con la mirada de ojos marrones debajo de los anteojos que JongIn solía llevar a tiempo completo, y que al contrario de lo que se podrían imaginar, le daban un toque juvenil y atractivo. No me perdí demasiado tiempo en su mirada, pues casi de inmediato tuve el impulso de bajar la cabeza para evitar su escrutinio y el flequillo largo se deslizó sobre mi frente y ojos, cubriendo mi sonrojo.

Temblé en mi lugar, en parte porque el invierno nos pisaba los talones, pero también porque jamás aprendí a comportarme ante la presencia del chico. No sabía cómo actuar o qué postura poner, las piernas me temblaban como gelatina y mis manos comenzaban a producir un pegajoso sudor.

—Um, ah... —cerré la boca avergonzado al percatarme de que no emitía más que patéticos monosílabos sin sentido. Ninguna novedad.

Quise mirar a JongIn y disculparme por mi torpeza, pero cuando me erguí para observar su reacción, noté que detrás de él, unos metros más allá, se encontraba SooJung con su actitud imperiosa, analizándonos con su mirada afilada.

La chica no era especialmente malvada y yo tampoco un genio, pero cualquiera podría haber notado que solo me veía con ese tipo de rencor cuando JongIn se hallaba al menos dos metros a mi redonda.

Entonces ocurrió. Sin soltar una sola palabra, salí huyendo a toda prisa como venía haciendo hacía dos años, desde los trece, cuando descubrí que me agradaba Kim JongIn más que cualquier otro compañero.

Caminé a través de los bulliciosos pasillos atascados por los estudiantes que iban de aquí para allá, y me reproché por no haberle respondido la pregunta a JongIn. Nada me costaba pronunciar un «Hola», o un «Muy bien, ¿y a ti?». O por lo menos eso creía, hasta que llegaba la hora de comprobar mi valentía y me quedaba mudo.

Conocía a JongIn desde el jardín de niños, cuando era un pequeño travieso de cabello largo y rizado que se sacaba los mocos, y a pesar de no comérselos, sí obligaba a otros niños a que lo hicieran. En aquellos tiempos nos prestábamos nuestros juguetes, y todavía en la escuela elemental hablábamos con normalidad cuando nos sentábamos cerca y nos tocaba hacer equipo, sin embargo jamás fuimos cercanos.

En nuestro primer año de la escuela primaria, comencé a sentir un embrollo de sentimientos que JongIn me provocaba en forma de cosquillas en el vientre y con ayuda de los libros románticos que tanto me gustaba leer, descubrí posteriormente que mi compañero de clases me gustaba.

Y por favor, no me malinterpreten. Estaba agradecido de que JongIn intentase ser amable conmigo, pero era igualmente cortés con todos los estudiantes al ser alguien popular, y yo no requería de su compasión. Sabía que se acercaba a mí porque además de mis amigos, nadie más lo hacía. Yo era percibido en la escuela como un sujeto extraño.

En los pasillos rondaban demasiados rumores acerca de mí, rumores que iban desde formar parte de una secta satánica, hasta otros más ridículos, como por ejemplo que había muerto el año pasado y era ahora un fantasma, un alma en pena que vagaba por la escuela, o que tenía una «¿Death Note» en mi poder y que ya la había usado en contra de varios estudiantes y maestros. Era juzgado por mi simplona forma de vestir, siempre con pantalones y enormes sudaderas de colores oscuros que resaltaban mi piel en extremo pálida.

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