Capítulo 2.

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Habían ya pasado cuatro días desde que, por alguna razón, aparecí tirada en medio de la carretera. Seguía ingresada en el hospital, no me daban el alta, y desconocía el por qué.

Tampoco me habían dicho nada sobre algún familiar mío, pero incluso aunque una pizca de esperanza se posa en mi interior deseando que los encuentren, ni si quiera me acuerdo de mi apellido, ni de mi ciudad, ni de nada.

Mi voz ya estaba mejor, ahora se podía notar con claridad que aunque tuviese 16 años, mi voz suena incluso de niña más pequeña. No es que la tenga de pito, pero es una voz, como dijo Melissa, adorable.

Hablando de ella, ha estado comportándose genial conmigo, como me dijo. Ella siempre viene a ver como estoy, ya sin sus hojas, ya que el segundo día me dijo que a partir de ahora tomaría reposo absoluto. Ella me cuenta historias, me intenta hacer recordar, me acomapaña a comer a la cafetería. Es muy amable, y me cuida mucho.

Ahora mismo estaba en el pasillo, dispuesta a ir al baño. Saludé a alguno doctores, porque Melissa me los había presentado por si en algún momento ella no estaba, yo no tuviera ningún problema.

Cuando llegué al baño, antes de entrar, vi a un hombre trajeado colocando un espejo enorme en el baño de las chicas, y cuando se percató de mi presencia, sonrió.

— En dos minutos acabo —dijo, suponiendo que yo quería entrar.

Y efectivamente, pasados al menos dos minutos, el hombre se retiro satisfecho de lo bien colocado que había quedado su espejo.

Entré para verlo mejor pero, cuando vi mi reflejo, no pude evitar acercarme más al espejo. En todos estos días, me había visto casi todas las extremidades de mi cuerpo, incluso los mechones rubios de pelo que llegaban hasta por debajo de mis pechos, pero nunca había visto mi cara... y la verdad, me sorprendió bastante.

— Eres muy guapa, Leyla —dijo Melissa, quién estaba a mi lado desde no sé cuando.

La miré a través del cristal, ella sonreía, y luego mi mirada volvió a posarse en mi rostro.

— Melissa, no recuerdo haber visto mi cara nunca —dije asustada.

Tenía unas cejas de un color rubio cobre perfectamente perfiladas, unos ojos grandes y azul clarito intensos, una nariz celestial, o más conocida como respingada, y unos labios finos pero gruesos.

Suspiré. ¿Por qué seguía sin recordar nada?

— Oye... Leyla, tengo que hablar contigo seriamente —dijo Melissa con una expresión de pena.

Asentí y la seguí, ya habría tiempo después para volver al baño.

Volvimos a mi cuarto, ella cerró la puerta y se puso frente a mi.

— Leyla, he intentado buscar sobre tus padres, tu procedencia... pero no encuentro nada —dijo triste— Llamé a la policia, y ¿te acuerdas la foto que te saqué ayer? —asentí— Era para mandársela al Sheriff por si podía ayudarme haciéndote un reconocimiento facial.

— ¿Y bien? —pregunté nerviosa. En mi interior brotaba un poco de esperanza todavía.

— Nada, Leyla —dijo, y ahí desapareció la última pizca de esperanza— No apareces.

— ¿Eso qué significa?

— Que ahora, legalmente, no eres nadie —dijo— No estás registrada en el registo cívil, ahora mismo, no existes.

[...]

Estaba con Melissa, en su coche, de camino al juzgado.

— No tienes por qué hacer esto Melissa, en serio, —dije, aún intentándo convencerla— ¡es una locura! Luego puede arrepentirse.

Ángel caído » Liam Dunbar; teen wolf¡Lee esta historia GRATIS!