Epilogo

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Seis meses después...



—¡Mia no! —Corro hacia donde mi hija se encuentra sentada, intentando morder la cola de Princesa. Esa niña no deja a esa pobre criatura en paz—. No, no, no. Así no cariño, puedes llenarte la boca pelos mi vida.

—¿Otra vez llevándose la cola a la boca? —pregunta Rafael saliendo del estudio.

—Si. No sé cómo hacerle entender que no lo haga más —digo. Llevo mis manos a mis caderas y estrecho los ojos hacia mi hija, que sonríe desde el suelo.

—Está intentando comprarnos con esa sonrisa —dice su padre, peleando contra su propia sonrisa.

—Por supuesto que lo está haciendo. Ella sabe muy bien que nos derretimos cada vez que lo hace.

—Eso es... —se agacha y la toma en sus brazos. Hay tanto amor en esa mirada que dirige hacia mi bebé que peleo contra las lágrimas—, porque es la sonrisa más hermosa de todo el planeta. ¿No es cierto cariño? ¿Quién es la princesa de papá?

Princesa, que dormitaba en el suelo, se levanta al escuchar la palabra que también es su nombre.

—Oh tú también, ven aquí peluda —palmea su regazo y la perra corre a su lado.

Suspiro, mis ojos oscuros favoritos se levantan y me observan, sonríe y me guiña un ojo. Le lanzo un beso y lo dejo compartir tiempo con sus chicas. Regreso hasta la cocina de nuestro nuevo hogar.

Después de que me dieran de alta del hospital hace meses, Rafael me llevó a vivir con sus padres por unos días, mientras me recuperaba de la cesárea y los golpes del ataque. Mia pudo regresar veintitrés días después. Ambas tuvimos toda una fiesta familiar de bienvenida. Helena se enamoró inmediatamente de mi hija y desde entonces se ha peleado con Sofí por ser la madrina, tanto así que hemos pensado en dejarlas a ambas serlo. Fonsi será el padrino, cuando la bauticemos el próximo mes. Regresé a mi antiguo nombre, pero muy pronto cambiará de Liliana Arismendi a Liliana Cárdenas. No veo la hora de que así sea.

Rafael no tardó en buscar una casa para nosotros tres, aunque no se propuso como en los libros de romance que leo, si me advirtió a la tercera noche de estar durmiendo en casa de Connie, que nuestra familia merecía su propio lugar. Mis suegros se ofrecieron a darnos una, pero declinamos su oferta y compramos una nosotros mismos, las cuotas son bajas gracias a los ahorros de Rafael y los míos, logramos pagar por anticipado más de lo que pedía la cuota inicial. No es una casa como la de mis suegros, pero si es cómoda y espaciosa. Es de dos pisos, está ubicada en un barrio residencial respetable, tiene tres dormitorios, una cocina, cuatro baños, sala, sala comedor, un pequeño estudio y un patio que es jardín y mini parque de juegos. Nos mudamos con Los tres cachorros.

Lola no lo logró, supe de su muerte tres días después de salir de la clínica. Ninguno quería decirme que sucedió por miedo que tuviera una recaída, depresión o un ataque de ansiedad. Tuve el segundo por seis semanas. Lloré demasiado por mi perra, la mascota que me rescató y cuidó aun cuando su vida corría peligro. Lloré por su trágico final, por no poder asegurarle una buena vida después de haber sufrido tanto en las calles, y lloré un poco más por no poder enterrarla. Ya habían cremado su cuerpo cuando me enteré.

El juicio contra Gustavo todavía sigue, he ido a declarar dos veces. Ha sido declarado culpable por varios delitos, entre ellos violencia doméstica, asesinato, desaparición forzada, concierto para delinquir, entre otros. Su sentencia está próxima a ser conocida. Mi abogado cree que tendrá la condena máxima y espero que así sea. El testigo que declaró a mi favor resulto ser Felipe Vasquez. El segundo al mando de mi ex esposo. Sí, ahora es mi ex. Interpuse una demanda de divorcio apenas pude salir de mi casa y el juez de familia la otorgó inmediatamente. Gustavo sufrió quemaduras de segundo y tercer grado en el 70% de su cuerpo. Y perdió el ojo izquierdo. Me odia por ello, yo ya dejé de preocuparme por él.

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