Capitulo 51.

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Cuando eran diez menos cuarto, cansada de pensar que vendría y totalmente resignada, me levanto para irme. Saludo con la mano a Angie y ella me responde con una sonrisa bastante triste, sentía lástima por mí. Yo también la sentía, pero me había decido a nunca volver a dirigirle la palabra a Harry. Finalmente dejo el bar: la lluvia aún caía con fuerza, y la calle de repente se veía mucho más transitada que antes; por lo tanto, tuve que esperar como un minuto debajo de la lluvia a que los autos pasen y finalmente cruzar. Subo al departamento muerta de frío, y empiezo a estornudar sin parar. Rápidamente me doy cuenta de que estoy resfriada, y de que seguramente me había subido la fiebre. Pero más que nada, me di cuenta de que Harry me había decepcionado una vez más.

Me doy una ducha caliente, me pongo el pijama (que era un pantalón grande gris con una remera de homero Simpson) y me preparo chocolate caliente (no era como el de Starbucks, pero después de todo era algo caliente). Me senté en el sillón, prendí el televisor y, como si nada peor pudiera pasar, empiezo a llorar mares: realmente me sentía muy triste, muy abandonada, muy olvidada.

Eran ya las diez y media cuando logré calmarme un poco y dejar de llorar. Pero, para mi sorpresa y nuevo alboroto emocional, me suena el iPod: era Harry. Obviamente no contesté, me negaba rotundamente a dirigirle la palabra. Así siguió sonando como hasta las once menos cuarto, seguramente ya había llamado más de quince veces. Cansada de escuchar sonar el maldito iPod, me levanto a dejar la taza de chocolate y justo en ese momento tocan la puerta. Mi corazón dio un salto, me sudaban las manos y casi se me cae la taza: seguramente era Harry. ¿Qué excusa me pondría esta vez? Me envuelvo en una manta que había en el sillón e, intentando disimular mi llanto, abro la puerta: y ahí estaba él, con su típico pantalón negro ajustado, un gran abrigo beige y sus converse blancas (que estaban realmente sucias), totalmente mojado y con una sonrisa muy triste. Sus ojos estaban apagados, no tenían el mismo brillo de siempre, ahora estaban más grises que verdes. Nos miramos por unos segundos, él me examinó de pies a cabeza y se dio cuenta de mi estado muy fácilmente. Sin razón alguna, más lágrimas recorrían mis mejillas, así que me di la vuelta y entré al departamento, ignorando totalmente que hacía Harry. Me apoyé en el marco de la mesa, de espalda a la puerta, que muy suavemente sentí que se cerró. Decido darme vuelta para empezar una gran discusión, y Harry estaba parado como una estatua, sin saber que decir.

-¿Qué se supone que haces aquí?- empiezo fría, mirándolo de la peor manera que me salía.

-Sam, yo…

-Ni siquiera lo intentes. -lo interrumpo, decidida. -¿Qué tuviste que hacer? ¿Reuniones? ¿Cosas del tour? ¿Transito? ¿Te olvidaste de que tenías todo el día ocupado? ¿Cuál es tu excusa ahora, Harry?

-Sam, déjame explicarte...

-¡No, Harry!- lo vuelvo a interrumpir, realmente muy enojada y exaltada. -¿Por qué soy siempre la yo que tiene que esperar? ¿Por qué siempre yo la que soporta todas tus tardanzas, decisiones impuntuales? ¿Por qué yo? Siempre y…

¡ACHUD! Estornudé en medio del enojo y rompí en llanto de nuevo, no podía controlar mis lágrimas. Ni siquiera sabía bien que le decía, pero mi mente solo pensaba en una cosa: lo amo tanto que duele.

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