Capítulo 28 (II)

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—Los guerreros ya están lis... ¿Yuhëen? ¿Tú también vas a ir con nosotros? ¡Pero creí que no...!

La álfyr le dedicó una sonrisa torcida a Bithër, al tiempo que les pedía a sus ayudantes que le ajustaran aún más el peto dorado que portaba. No le cubría los brazos ni la parte baja del cuerpo, pero aquello parecía no importarle.

—No pienso dejar las vidas de mi clan en manos de guerreros extranjeros. Yo también puedo luchar, así que voy a hacerlo.

—Pero, no... Está bien. Como gustes.

La guardiana asintió y siguió dándose vuelta, para que terminaran de colocarle el peto. Mientras tanto, dijo.

—¿Y bien? Me estabas diciendo algo sobre los guerreros y...

—Sí. Ya están listos. Todos.

—Perfecto... ¿Y quiénes se van a quedar? ¿Ya les dijiste?

La mujer de cabellos azules negó.

—Creí más prudente el que usted los nombrara. Sobre todo porque es probable que a la mayoría no le guste su elección.

La álfyr se quedó pensando por un buen rato, aunque después dejo entre ver una sonrisa y le dio la razón a la narendäe.

—Cierto. Hiciste bien... Bithër, ve a prepararte y espérame en el vestíbulo junto con los demás. Enseguida estaré con ustedes.

—Así será, señora.

—Wow. Esto sí que no me lo esperaba... Carter. Te vez increíble con esa cosa. Hasta parece que de verdad sabes pelear.

El comentario de Steve tenía dos propósitos bien ocultos. El primero era aligerar la tensión y los nervios que se sentían en el sitio, y el segundo era relajar un poco a sus amigos, tanto los que se quedaban como los que iban a pelear, para que no pensaran en cosas innecesarias.

Para su fortuna, las palabras curtieron efecto.

—Cállate. Lo dice quien no puede hacer una bola de fuego con su mísera pistola de juguete.

—Eh, más respeto. Te recuerdo que esa pistola es un regalo, tuyo y de estos dos, si mal no recuerdo.

Fabián negó, con el rostro serio. Elliot no estaba atendiendo a la discusión entre los demás. Los ojos del morocho no podían despegarse de su amigo y de la pequeña acompañante a su lado.

En comparación con el porte y la altura de Carter, Madison parecía una niña a punto de ir a la guerra. Lo que la armadura dorada del chico relucía con un brillo tan parecido al del astro sol, el peto plateado de la chica de ojos grises apenas y levantaba uno que otro destello. Era como si estuvieran viendo al día y la noche.

La luz y las sombras.

El muchacho se acercó a ambos, y antes de que estos pudieran hablar les dijo.

—Unas advertencias a ustedes dos, cabezones... No se separen del grupo en el que les toque. Si hay un instructor, manténganse a su lado; y por lo que más quieras, Madison —, la joven arqueó una ceja, pero no lo interrumpió. — Aléjate de los problemas, ¿De acuerdo? Nada de sentirse la mujer maravilla.

La chica dejo salir un sonido parecido a una risa, de su nariz. Después negó y suspiro.

—Ah, Elliot. Solo porque lo hice una vez, ya crees que me voy a estar lanzando a lo tonto a cada rato —, el muchacho arrugó la boca, esperando por su respuesta, a lo que la chica asintió. —... Está bien. No lo volveré a hacer.

—Más te vale... Y tú, Carter. Intenta no alocarte con tus chispitas de luz. Lo que menos necesitan es que alguien se canse a los primeros cinco minutos de pelea.

—¿Qué? ¿Por quién rayos me tomas?... Ni que fuera Steve.

—Eh. A mí ni me metas. La cosa es entre Elliot y tú.

El castaño giró las pupilas y asintió con desgana, levantando la mano y poniendo la palma sobre su pecho.

—De acuerdo. Te juro que no me podre a lanzar chispitas a lo tonto.

—Así me gusta... Ya. Hablando en serio. Cuídense.

La baja de tono en el ojiazul hizo que ambos se sintieran incómodos. Eran pocas las ocasiones en que Elliot se permitía mostrar cierta debilidad, así que no sabían bien cómo reaccionar. La primera en hacer o decir algo fue Madison. Se acercó al muchacho, y para la sorpresa de todos, incluido el muchacho, lo abrazó y dijo.

—Calma. No nos va a pasar nada... Bi y los demás estarán al pendiente, y si pasa algo raro procuraremos volver.

—Eh, no. Yo... Te creo... Está bien. Ya te dije que te creo —, con un movimiento un tanto brusco, Elliot apartó a la joven de él. Esta no lo notó, pero Robin puso especial atención a los movimientos del chico.

Por su parte, Carter hizo lo mismo que su amiga y jaló al morocho, para terminar abrazándolo con fuerza pero sin quitar a Madison de entre los dos, aplastándola entre ambos cuerpos.

—Carter, ¡Estas muy gordo! —, las risas de la muchacha revelaban que esta no hablaba en serio y que en verdad no la estaban lastimando, pero unas cuantas manchas escarlata en el cuello del ojiazul revelaron que este no pensaba como ella.

—¡La vas a apachurrar! No la...

—Relájate... Todos. Les aseguró que no nos va a pasar nada a ninguno de los dos. En serio. La cuidare muy bien —. Lo último lo dijo dedicándole una mirada entornada a Elliot. Gesto que el muchacho no le devolvió.

Uno a uno, todos fueron pasando por las manos de ambos peleadores. Ninguno se contuvo y hubo varios abrazos y uno que otro comentario burlón, estos cortesía de Steve y de sus intentos por hacerse el valiente.

Cuando ya solo faltaba Fabián para que terminaran, este le correspondió el abrazo a Madison y la apretó con ganas, diciéndole al oído solo para que ella escuchara.

—Cuídate mucho, ¿Si?... No te alejes de los demás guerreros y haz lo posible por volver bien.

La joven asintió y alzó la mirada, dedicándole una gran sonrisa al castaño al tiempo que le decía, en el mismo tono que había usado él con ella.

—No pasara nada. Ya verás que todo acabara más rápido de lo que creen.

El muchacho iba a agregar algo más, pero Yuhëen ya estaba bajando y mientras lo hacía fue convocando a los guerreros que iban a ir a la pelea con ella, para que se acercaran a la salida.

Stella se acercó a ambos muchachos y los tomó de la mano, alejándolos de los otros al tiempo que decía.

—Ya es tiempo... Haremos lo posible porque ellos no se acerquen a ustedes, de todos modos Yuhëen va a dejar parte de su guardia fuera de Elid, por cualquier percance que pueda ocurrir.

Algunos asintieron. Aun así no quitaron la vista de los dos. Ya se estaban alejando de ambos, agrupándose con los otros.

—Es tiempo mis valientes guerreros. Por nuestro clan, por quienes quieren, y por todos los pueblos de Ancör que han caído bajo el mandato del enemigo... ¡No nos rendiremos tan fácilmente! ¡Si hemos de caer en la oscuridad, la recibiremos peleando por lo que tanto hemos protegido!

Con un rugido atronador, la mayor parte de los luchadores le dio la razón a Yuhëen al tiempo que se fueron abriendo las puertas de Elid. Varias hembras e infantes ya se encontraban fuera del palacio, esperando a que partieran. A paso firme, el grupo salió del lugar bien sincronizados y, en la explanada la mujer los divido en tres grupos; dejando a Madison con Tristán y Lartër.

Tras una última mirada a la construcción y a sus amigos, los dos siguieron a ambos instructores y se perdieron por entre las callejuelas de Liabiric.


La leyenda de la dama de la noche Vol.I - ANCÖR ©¡Lee esta historia GRATIS!