Capítulo 11 - Atrapada.

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Una semana más tarde...

El velorio de Marion y John se realizó un sábado a las tres de la tarde. No hubo ningún invitado, ni siquiera un sacerdote. Sólo nosotros cuatro. Jason dijo unas palabras, Nate se desarmó mientras veía a sus padres ser enterrados y Cole se mantuvo sereno, durante todo momento.

Fueron enterrados en sus mismos jardines, con unas elegantes lápidas que decían sus nombres grabados y con una fecha que probablemente era la incorrecta. Los chicos parecían actuar en modo zombie; estaba claro, que no eran los mismos. Llamé a mi madre al final de todo eso, preocupada de que ella estuviera mal, pero ella estaba sana y salva. Por lo que no tenía nada de qué preocuparme, al menos, no aún.

Lo que sea que estaba pasando entre Cole y yo, está en punto muerto. No volvimos a hablar del tema y el hacía todo lo posible para no estar en la misma habitación que yo.

Así que, una noche, mientras me decidía entre café azucarado o té, pasé por la habitación de Cole y juro por Dios, que casi me voy de largo, pero me detuve. Miré la puerta y sin previo aviso, entré.

Lo encontré parado, mirando la ventana, con el teléfono en mano; lucía unos vaqueros ajustados y una ramera negra, estupendamente bien.

Se volteó al oírme entrar, y me observó.

—Sí, hablamos luego, Wes. —se despidió él colgando— ¿Emma?

Aparté mi vista de su cama, la cual, mantenía los recuerdos de una de las mejores noches que he tenido y lo observé.

—Eh, sí Cole... —balbuceé descolocada. Él se acercó un poco.

— ¿Todo bien? —preguntó él. Tragué pesado, asintiendo. —Entonces... ¿Qué haces aquí? ¿Está todo bien? ¿Jason y Nate...?

—Están bien. —aseguré. Él asintió y frunció ligeramente el ceño. Abrí la boca y la cerré y fue, cuando armándome de valor dije:

— ¿En dónde estamos? —pregunté.

El acentuó su ceño fruncido. Así que continué:

—A dónde vamos con esto...—susurré— con nosotros. —dije señalando a él y después a mí. Su expresión cambió, como si tocar el tema le incomodara de sobremanera, eso dolía.

—Creí que querías que me alejara de ti. —susurró él acercándose un poco.

—Y... así... así era bu-bueno...

—Emma...

Alcé la mirada para verlo.

—No balbucees.

Hice una mueca.

—Cole...—el alzó una ceja— no quiero que te alejes. —admití mirándolo a los ojos.

Él se detuvo a mirarme, y continuó haciéndolo, poniéndome excesivamente nerviosa.

—Di algo. —pedí. El pestañeó, abandonando sus pensamientos y se fijó nuevamente en mí.

—La verdad es, que no he tenido tiempo ni cabeza para pensar en ti, Emma.

Y ahí estaba. ¿Conocen ese sentimiento que uno presiente antes de vomitar? Ése era el que sentía ahora mismo. El no sentía nada. Nada. Asentí rápidamente, deseando huir de aquel lugar lo más rápido posible; retrocedí un par de pasos y él se apresuró a decir:

—No, Emma...

—No. Está bien, Cole. —le sonreí nerviosa— está bien.

Dicho eso, me di la vuelta y me fui.

Lo peor es, que yo deseaba que me detuviera.

Pero no lo hizo.

Aquella noche, no pude dormir. Me levanté tres veces de la cama y en la última, me di por vencida. Me dirigí a la cocina y busqué un poco de zumo de naranja. Fue cuando un ruido, me alertó. Rápidamente me volteé y entrecerré los ojos en busca del lugar en el que vino este. Encendí la luz y observé: Nada. Todo parecía estar tranquilo. Tragué pesado, tomé un utensilio afilado de la cocina y con este en mano, me aventuré por los pasillos de la casa. Miraba a todos lados, encendiendo cada luz que podía.

Otro sonido. Pisadas.

Empezaba a asustarme.

Alguien estaba en la casa.

Con la respiración ligeramente acelerada y la mano temblando, caminé por un pasillo largo, mirando por los ventanales, cerrando cada uno de ellos. Otro sonido. Me giré y me di cuenta que provenía de la sala, yo me encontraba en el corredor que conectaba el living con las habitaciones. Boté un largo suspiro y con pasos cortos y cautelosos, me acerqué hasta el living.

La luz ya no estaba encendida. Alguien la había apagado.

Mi sentido de preservación me gritó: ¡Huye! Pero sabía, que la única dirección accesible para correr, eran las escaleras, las que conducían a las habitaciones de los chicos y ni de coña los pondría en peligro.

— ¿Quién es? —susurré mirando a todos lados. No hubo respuesta; sino, algo peor, un silbido.

Alguien silbaba, una canción. Quería jugar conmigo, asustarme, y lo estaba consiguiente.

— ¿Quién está ahí? —volví a preguntar atenta.

Esta vez, una risita.

Hice el ademán de querer acercarme a la pared, para poder encender la luz, pero en cuanto me acerqué lo suficiente, alguien tomó mi brazo, me presionó contra su pecho de manera que quedé en frente del atacante y me tapó la boca para evitar gritar, cuando yo ya lo hacía.

—Cierra la boca, o todos aquí se mueren...—susurró la voz en mi oído. Una voz ronca, que me hizo estremecer del asco. Sin darme cuenta, mis ojos empezaron a picar y las lágrimas a caer. Me callé. No hice ningún movimiento, él sonrió. —Eso es, Emma...

Y de pronto, todo se volvió negro.


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