Capítulo 9- Límites.

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No pasó nada.

Literalmente, nada.

Cuando desperté, él no estaba. Es más, había improvisado una cama en el sillón y había dormido ahí. En el desayuno, no me ignoró, hablamos, pero claramente estaba más... distante. Tal vez, los demás no notaban lo que pasaba, pero los dos sí que lo hacíamos. Estábamos Nate, Jason y Cole junto conmigo sentados en la sala, Marion estaba descansando y John había salido. Por lo que sólo quedábamos nosotros.

—Ellos nos dieron un mensaje, hagamos lo mismo. —habló Nate.

Todos lo miramos.

— ¿A qué te refieres? —preguntó Cole. Lo miré, pero el pareció ignorarme.

—Ataquemos su fortaleza. Tiene una mansión cerca de aquí, muchas veces Basil va a esta. Si es que Basil está, lo tomamos y obligamos a que confiese donde mierda está la hermana de Jason y después, esto tuyo Cole. Si no está, al menos lo asesinaremos. —sentenció Nate— ¿Qué mejor manera de enviarle un mensaje a Basil que asesinando a su muchacho de confianza?

—Me agrada la idea. —aprobó Jason. Todos miraron a Cole, quien se mantenía en silencio.

—Piénsalo, Cole, si lo hacemos, ya no habría más que esperar. Se acabaría todo, al fin. —dijo Nate. Cole suspiró, pasó su mirada a la ventana y después a mí, fue cuando, segundos después, miró a Nate.

—Hagámoslo.

Atacarían mañana por la noche. Nate había recibido un contacto en el que, le confirmaban que Basil estaría en la casa de Franco esa misma noche y todos se estaban preparando. El plan para burlar la seguridad, era sencillo; yo sería la falsa prostituta que entraría a la mansión con un chip en uno de mis pendientes que gracias a la genialidad de Nate, lograría burlar todo artefacto tecnológico de la casa. Una vez dentro, me ofrecería, pero antes, pediría el uso de servicios para prepararme y, cuando lo hago, me desviaré a los jardines; en donde, detrás de unos arbustos, me esconderé mientras mando la señal a los chicos.

Una vez recibida, ellos empezarán a entrar. Jason, por el servicio de cocina, Cole, por el escalonado del jardín y Nate, haciéndose pasar por un guardia más. Al estar adentro, colocaran dos granadas de gas que se activaran bajo el comando manual de Cole, y es cuando tiroteo empezará. Primero, a los guardias en los pasillos, luego, a los de servicio y finalmente a los que cuidarán la puerta hacia el despacho de Basil y Franco.

En este momento, nos encontrábamos Cole y yo en el campo de tiro, abajo de la casa, preparándome.

— ¿Alguna vez has sostenido un arma? —me preguntó Cole.

—Soy una chica de Alabama, claro que lo he hecho. —le respondí. El asintió.

—Bien, eso te servirá. Ahora, veamos qué tan buena es tu puntería.

Presionando un botón, los muñecos maquinados un blanco en sus pechos aparecieron. Me puse los guantes, los lentes y los tapa-orejas. Alcé el arma y con los brazos firmes, disparé una y otra y otra y otra vez, hasta que el timbre de fin sonó.

—No estuvo mal. —susurró Cole. Lo miré frunciendo el ceño.

— ¿No estuvo mal? ¿Qué no viste? ¡Les di a casi todos!

—Pero no a todos. —me cortó él acercándose a mí arma para cambiar el cartucho de balas. Apreté la mandíbula.

—Bueno, habla. —demandé. Él me ignoró. —Cole, dime que está pasando.

Él se detuvo. Dejó de cambiar el cartucho y me miró.

—No sé de qué estás hablando. —se limitó a responder, para luego continuar cambiando el cartucho. Suspiré frustrada. Tomé los cartuchos y los lancé. —Pero, ¿Qué mierda...? —gruñó él mirándome, claramente furioso. Bien, pues porque yo también lo estaba.

— ¿Eso te molestó? —pregunté lascivamente. El no respondió, así que yo continué— Bien, porque al menos me miraste. Porque no me has mirado en todo el día, ni me has hablado... ¡Mejor bórrame de tu vida!¡No lo has hecho después del revolcón de anoche! Puede que actúe como una puta en ese trabajo ¡Pero no soy el tipo de chica al que puedes follar y luego dejar tirada sin una maldita explicación! —grité dejando caer el arma abruptamente y pasando de él, pero su brazo me detuvo volteándome con fuerza. Me acercó a él.

— ¿Crees que yo quiero hacerte esto? —susurró el furioso mirándome— No quiero, maldita sea. —gruñó con los dientes apretados— ¿Pero ¿qué no te has dado cuenta de que todo aquel que entra en mí vida sale lastimado? Porque si no lo has hecho eres más estúpida de lo creí.

Mi mano cayó sobre su mejilla fuertemente. Él, me miró. Levanté el mentón, irguiéndome, consciente de que mis ojos estaban empapados y me encontraba a punto de llorar.

—Aléjate de mí. —gruñí completamente dolida, pero rehusándome a que él me vea llorar.

—Emma...

Lo escuché decir, pero yo ya me había ido.


Almas Marcadas - I Libro.¡Lee esta historia GRATIS!