Una auténtica Tigresa lucha por lo que quiere y con todas las armas disponibles. ¿Manipulación? Desde luego. ¿Gritos? Sin duda. ¿Puños, dientes, piernas? Oponte a ella y lo verás.

Harry me levantó y me llevó a la pared. En cuanto mi espalda la tocó, el cuadro de flores que había colgado cayó al suelo. Él apartó el marco con un pie y me apretó contra las frías lamas de madera.

Gemí con la sensación. Nuestras manos eran puro frenesí, nuestra respiración agitada.

Pero, de repente, Harry bajó el ritmo. Convirtió el beso en una lenta exploración. Con una mano acariciaba mi cuello, clavículas y senos. Con la otra descendió estómago abajo.

—Quiero quitarme las bragas —gemí—. Ayúdame a quitármelas.

—Sabía que eras sexy, pero no había comprendido cuánto hasta este momento —dijo él con voz fiera.

—Mmm —ronroneé. ¿Quién tenía tiempo de conversar? Yo no. Quería un orgasmo ya. Llevaba mucho tiempo sin sentir uno. Demasiado. Empecé a desabrocharle la camisa—. Quítame las bragas. Ya.

—Aún no —detuvo mis manos.

—¿Quieres sexo o no? —sus dedos acariciaron mi pezón duro y expectante. Delicioso. Todo mi ser estaba tenso como un muelle, listo para saltar.

Estaba increíblemente cerca del borde del abismo.

—Quiero saborearte.

—Saborear después —me arqueé—. Clímax ahora.

Cerró los ojos. Una gota de sudor surcó su sien.

—Aún no —dijo, tan ronco que apenas lo oí.

—¿Cuál es el problema? —jadeé. Sentía llamaradas en todos los sitios donde me tocaba, pero no lo hacía con suficiente intensidad—. Deja de vaguear y actúa.

—¿Vaguear? Preciosa, vas a agradecer mi vagancia cuando acabe contigo. Aquel día te prometí que iría despacio contigo, y maldito sea si no lo hago.

Introduje una mano entre nuestros cuerpos, abrí sus pantalones y metí la mano dentro. Agarré su larga y dura erección.

—Así que quieres ir despacio. Muy bien —moví la mano de arriba abajo muy, muy lentamente.

—Te crees muy lista, ¿verdad? —gruñó él. Empezó a hacer lo mismo que yo. Metió una mano en mis braguitas y apretó los dedos contra mi clítoris.

Trazó un círculo y volvió a apretar.

La verdad es que pensé que era un genio. Le bastó con eso para llevarme al límite. Grité. Sentí espasmos. Vi estrellas brillantes tras los párpados.

Mi sangre entró en ebullición.

—Mírame —ordenó.

Mis ojos se negaron a abrirse.

—Mírame. Vamos.

Obligué a mis párpados a abrirse. Sin dejar de mirarme, él introdujo dos dedos en mi interior y me contraje contra ellos. Con la otra mano sujetó mis caderas y me alzó, imitando el ritmo del sexo. Una vez. Dos. Me penetró. Una y otra vez, saliendo y entrando, haciendo que mi clímax se prolongara eternamente.

—Ves, Miranda —dijo—. Puedo darte placer. Podrías tener esto el resto de tu vida. Yo podría tener esto el resto de mi vida.

—Sólo unas cuantas noches —jadeé, sin aire.

—Eres demasiado testaruda —gruñó—. Puede que aún no te haya demostrado lo fantásticos que podemos ser juntos.

—Entonces hazlo. Demuéstramelo —un orgasmo no era bastante. Quería y necesitaba más.

Las puntas de sus dedos penetraron con más fuerza, moviéndose, pulsando. Me retorcí en sus manos, perdida en las sensaciones que provocaba.

—Voy a probarte —dijo.

—Sí. Hazlo. Ahora —convertí su frase en una orden mía. Al fin y al cabo, yo era quien mandaba allí.

Su ceño me indicó que se había dado cuenta, pero se arrodilló de todas formas. Me bajó las bragas y saqué los pies rápidamente. Deslizó las manos pantorrillas arriba, agarró mis rodillas y las abrió. Era un poco desconcertante estar desnuda con un hombre tan sexy arrodillado entre mis piernas, pero estaba demasiado excitada para preocuparme por eso.

Richard nunca me había hecho eso. Ningún hombre lo había hecho. Y yo lo deseaba.

Sentí el cosquilleo del cálido aliento de Harry antes que la primera presión de su lengua. Puro calor, puro placer. Lamió, acarició y apretó la boca contra mí creando una fricción increíble. Mis huesos se derretían. Emití un gemido grave y hambriento que llenó la habitación.

—Mmm… —no podía hablar, sólo gemir. La habitación dejó de existir. El segundo clímax fue aún más fuerte que el primero. Me obligó a arquearme, tensarme y gritar. Volé de nuevo a las estrellas.

No sé cuanto tardé en volver a la tierra.

—Han sido dos —dije, asombrada por ello. Harry estaba de pie, mirándome con fuego en los ojos—. He tenido dos orgasmos.

—Y eso solo ha sido el aperitivo —prometió él.

Apenas podía mantenerme en pie, pero Harry me soltó y fue hacia sus pantalones.

—¿Qué haces? —pregunté—. Vuelve. No hemos acabado —pausa—. ¿O sí?

—Preservativo —dijo él, sujetándome de nuevo—. No hemos acabado, pero no puedo esperar más. Demasiado… —con un rugido, clavó su pene en mí.

Una oleada de puro placer, intenso y abrasador me consumió. Lo rodeé con todo mi cuerpo. Él empezó a moverse, alzándome y bajándome. Poco a poco su ritmo se incrementó.

—No tenía ni idea de que fueras a ser tan salvaje cuando te quitara la ropa —su aliento me acarició el oído—. Gracias.

No pude evitar una sonrisa mientras rotaba las caderas para introducirlo más en mi interior. Gemí.

—Pues yo sí sabía que serías así de fantástico.

Introdujo una mano entre nosotros y presionó. Sus dedos se movían en círculo; su miembro entraba y salía de mí, cada vez más rápido, con más urgencia. Sí. Mi cuerpo respondió humedeciéndose, anhelando otro orgasmo.

Arañé su espalda, mordí su hombro y tiré de su pelo. Era un animal, una Tigresa, mi naturaleza salvaje se había liberado. Él embistió una vez más, con fuerza, y yo salté al abismo. Cuando mi cuerpo se contraía por tercera vez, él gruñó y me penetró hasta el fondo. Más profundo de lo que habría creído posible. Se puso rígido y rugió mi nombre.

—Maldición, Miranda —jadeó—. Creo que has estado a punto de matarme.

Con la poca energía que me quedaba, suspiré feliz. Que te den, Richard el Bastardo.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!