Sé precavida. Siempre precavida. Un Tigre creará una distracción en un extremo de la jungla para atacarte mejor en el otro.

Por desgracia, media hora después seguíamos en el avión. El silencio se estiraba entre nosotros.

Había sido así desde que acabó el beso, y no sabía por qué. No sabía por qué me había apartado ni por qué me ignoraba. ¿Sabía algo que yo no sabía sobre el avión?

El miedo volvió a enraizar en mi mente. No podía luchar contra él. Cerré los ojos con fuerza. Veía imágenes de sangre y muerte. Me tensé. Íbamos camino de una muerte segura. Harry seguía rígido, a mi lado. Sabía que el avión estaba a punto de estrellarse, el bastardo enfermizo, pero no cómo decírmelo.

¡Íbamos a morir! Lo sabía. Inspiré profundamente, solté el aire. Inspirar, exhalar. Inspirar, exhalar. Empecé a marearme. Hice un esfuerzo por calmar mi ataque de pánico. Pensé en un prado tranquilo con follaje verde, tal y como me había enseñado Jonathan. Nunca había funcionado, pero esa vez llegué a sentir una brisa acariciarme como una pluma. Sentí cierta paz hasta que el avión giró y se oyó un ruido.

Abrí los ojos de par en par y agarré el antebrazo de Harry, temiendo caer por la ventanilla y estrellarme contra el suelo.

—Todo va bien —dijo él—. Ha sido una bolsa de aire, nada más —puso un brazo sobre mi hombro, pero arruinó el efecto «tranquilizador» de su acción al intentar desabrocharme el cinturón.

—¿Qué haces? —sujeté su mano con pánico.

—Ponerte cómoda.

—Eso no ocurrirá nunca si me quitas el arnés de seguridad —le di un manotazo en la muñeca.

—¿Arnés de seguridad, eh? —rió el—. Miranda, si el avión cayera en picado…

Gemí. Él cerró la boca, pero era demasiado tarde. El daño estaba hecho.

—Oh, Dios mío, oh, Dios mío, oh Dios mío —no podía respirar. Me pareció oler a humo. El avión estaba cayendo y yo iba a convertirme en una bola de fuego.

Él restregó el rostro por mi cuello. Pero no me relajé. No podía. Mirase donde mirase, veía mi muerte.

—Esto funcionó antes —dijo él.

—Pues ahora no.

—No hay razón para preocuparse —me dijo al oído—. No ocurrirá nada malo. Te lo prometo.

—¿Cómo puedes prometer algo así? ¿Eres vidente?

—No.

—Entonces cierra la boca.

Lo hizo. Seguramente porque yo tenía una expresión de comérmelo vivo. Prado feliz, prado feliz. ¿Dónde estaba mi ****ero prado feliz? «No voy a morir», canturreé. «No voy a morir». Antes tenía que matar a Jonathan. Dios me dejaría vivir hasta entonces.

Después de un rato, empecé a calmarme de nuevo. Aguas tranquilas, prado feliz. Yo era una mujer fuerte y el avión surcaba el aire suavemente.

Harry debió notar mi nuevo estado de serenidad, porque señaló la ventana con la barbilla.

—Echa un vistazo —dijo—. Será una terapia para ti.

Yo ya había recibido toda la terapia que podía aguantar, gracias, pero sabía que él tenía razón. Tardé cinco largos y agónicos minutos en hacer acopio de coraje para mirar, pero al final lo conseguí. Miré.

Se me escapó un gritito y cerré los ojos con fuerza. Los abrí. Los coches de las carreteras me recordaron a hormigas paseando. Los edificios parecían manchas en el horizonte.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!