Pasos en el Jardín - (Creepypasta)

852 31 0


La nada modesta casona de dos pisos que pertenecía a la familia Grimmour ubicada al final de la calle Sheppard había estado en venta por más tiempo del que cualquier vecino pudiera recordar. Basta con decir que cuando la casa se puso en venta, "Manchas", el perro de la señora Wells era apenas un cachorrito juguetón de grandes ojos vivaces y alegres, de pequeñas orejas marrones que caían hacia adelante y manchas café de todas las formas y tamaños que le cubrían el cuerpo y sus pequeñas patas.
Al tiempo que corre, el cuerpo de un anciano y mugroso perro que una vez fue Manchas reposaba bajo tierra en el Jardín trasero de la anciana Wells siendo devorado paulatinamente por gusanos y lombrices.
La casa seguía sin venderse.
Por fuera no parecía un mal lugar para vivir. Un amplio jardín, una espaciosa cochera y varias habitaciones en ambos pisos. Todo bajo un tejado a dos aguas del cual salía la boca de una chimenea de ladrillos.
Pero por dentro, la historia era distinta... muy distinta.
La historia que cuentan los niños de la calle Sheppard entre risas tontas y pequeños sustos dice que una vez, hace casi quince años, en una noche gris cuando la tormenta desgarraba el cielo con incandescentes puñaladas, un hombre escapó del sanatorio San José para enfermos mentales.
La historia cuenta que se movió por los jardines de las casas hasta llegar al gran patio de la familia Grimmour donde descubrió la puerta sin llave.
La señora Grimmour creyó escuchar pasos en el jardín de atrás pero terminó ignorándolos ante la ferviente insistencia de su marido. Grave error.
El hombre llegó hasta la habitación de los niños en el segundo piso y sin esfuerzo les rompió el cuello con frialdad como quién rompe un lápiz entre sus dedos.
El sonido de jóvenes e inocentes huesos quebrándose fue opacado por un gran trueno cuyo resplandor se coló por la ventana de la habitación y alcanzó a iluminar por un instante la silueta de un hombre corpulento retorciendo el frágil cuello de Lucy, la hija menor de los Grimmour.
Sus cabellos dorados le cubrían el rostro sin vida.
Su pequeño hermano no tuvo un destino diferente.
La señora Grimmour, vestida con un camisón e incontables ruleros en el cabello, en ese momento subía por la rechinante y vieja escalera de madera que llevaba al segundo piso donde había un baño, una pequeña sala y un par más de habitaciones.
Arrastraba las pantuflas por el piso de madera con el andar somnoliento de un zombie.
La habitación de los pequeños era la primera ubicada a la derecha de la escalera y la puerta estaba cerrada. Ella juraba que la había dejado abierta pues a los niños les daban mucho miedo las noches de tormenta y la luz amarillenta del pasillo les proporcionaba tranquilidad.
Algo en su interior, en lo más profundo de su ser, le gritaba sin voz que no abriera la puerta, que sus hijos estaban muertos y que ella tenía que salir de inmediato de la casa si no quería sufrir una muerte horrible.
Por supuesto que no hizo caso.
Quizás el estruendo de la tormenta no le permitía escuchar el macabro mensaje que le gritaban sus entrañas.
Giró la brillante perilla de la puerta y penetró en el cuarto sumido en la oscuridad.
Allí estaban sus hijos dormidos en sus camas y por un segundo se sintió aliviada del, hasta ahora, injustificado miedo de inmundas garras que arañaban su espalda.
Se produjo un resplandor y la luz blanca iluminó nuevamente la habitación de los pequeños.
El relámpago se reflejó en sus ojos inertes y sin vida y la sensación de terror mas horrible e indescriptible para quién no la ha sentido subió por el cuerpo de la señora Grimmour como una descarga eléctrica.
Pero nada tuvo tiempo de hacer pues a sus espaldas, en los segundos que duró el resplandor, se vió un hombre corpulento y algo jorobado que apretaba entre sus manos el extremo de una percha de ropa partida y de la cual salía un puntiagudo trozo de plástico que en pocos segundos se incrustaría profundamente en la garganta de la señora Grimmour.
La mujer soltó un grito ahogado entre borbotones de sangre que alcanzó a llegar a oídos de su marido.
El asesino empujó con rabia el trozo de plástico y lo retorció con fuerza y Marilyn Grimmour dejó de existir.
El señor Grimmour subió a toda velocidad por la escalera, pero cuando llegó al final de esta no escuchó absolutamente más nada.
-¿Marilyn?- Llamó sin obtener respuesta.
Lentamente continuó caminando hasta la primera habitación a la derecha de la escalera.
-¡Marilyn maldita sea!- Maldijo golpeando la pared.
En ese instante la luz amarillenta del pasillo se apagó. Quizás un corte de luz por la tormenta pero evidentemente no era el mejor momento para que se fuera la electricidad.
Totalmente a oscuras sintió miedo, pero su orgullo no le permitió volver a la cama y entró en la habitación en penumbras.
La luz que entraba de la calle le permitió distinguir una silueta de pié frente a él.
-Marilyn, volvamos a la cama, es tarde y mañana tengo que ir a la oficina.- Se quejó y nuevamente no hubo respuesta.
Pero de pronto, el señor Grimmour sintió bajo sus piés descalzos una especie de líquido.
Tibio y muy viscoso para ser agua.
El avejentado corazón del señor Grimmour dio un vuelco cuando sus pies chapotearon en un pequeño charco de aquella viscosidad.
Al mismo instante, la amarillenta luz del pasillo parpadeó dos veces y la electricidad volvió.
A sus pies se hallaba Marylin Grimmour desangrándose sobre el suelo de madera y sus hijos muertos en sus camas.
Eso fue lo último que vio el señor Grimmour...Literalmente.
La figura frente a el, un hombre vestido con un pijama blanco (De esos que usan los enfermos en los hospitales) estiró las enormes manos hasta atrapar su cara y le enterró las puntiagudas uñas amarillas de los pulgares en los ojos.
Los globos oculares se le hundieron hasta el fondo de las órbitas y el señor Grimmour profirió un alarido desgarrador que fue ahogado por otro trueno.
El hombre del pijama, con sus pulgares aún enterrados en sus ojos, llevó a Grimmour hasta el borde de la escalera y lo empujó hacia el oscuro vacío.
Aún aullando de dolor el señor Grimmour rodó por la escalera violentamente rompiéndose los huesos hasta que finalmente su cráneo golpeó el suelo con un ruido sordo y se abrió como una calabaza.

Historias - Creepypastas¡Lee esta historia GRATIS!