Capítulo 2 - La canción sin nombre

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Doblé mi ropa de la noche anterior y me encaminé hacia la planta de abajo. Me los encontré en la cocina, tomando una taza de café y chocolate caliente, junto a un delicioso plato de tortitas con mermelada por encima. No tenía mucha hambre, pero tenían una pinta deliciosamente atrayente.

-Pensé que no vendrías nunca.- Dijo Kael entre mordiscos de una de sus tortitas y sorbos de chocolate.

-Siéntate y sírvete, están deliciosas. No te preocupes por la ropa, ya la coloco yo.-Dijo desde un lado de la mesa. Se levantó con las comisuras de la boca alzadas, y cogió las prendas de mis brazos.

-Isis.-llamé.

-¿Sí? ¿Quieres café?

-No gracias. Me gustaría ponerme algo debajo del vestido, ya sabes, para estar más cómoda.-le susurré al oído.

-Por supuesto, si quieres cuando termines de comer puedes ir a mi habitación y escogerlo tú misma.-y se adentró en la sala de estar.

Me serví dos tortitas y un poco de chocolate, ya tibio. Comí con desgana mientras Kael me miraba y desviaba la mirada, como si me evitara y creyera que no le viera hacer eso.

-¿Kael? - tardó un rato en responder, estaba absorto en sus pensamientos.

-Ah, perdona. Estaba pensando en lo que te había ocurrido, parecías tan mal... ¿No recuerdas nada?.-Noté un ligero toque de ansia en su áspera voz. 

-Nada después de que alguien me sujetara antes de caer al suelo. ¿Qué ocurrió exactamente? No me gusta el alcohol, no creo que haya sido esa la causa.

-Estoy seguro de que no.- parecía que se le habían sellado los labios, como cuando cierras una cremallera invisible y tiras la llave al suelo simulando un silencio permanente. Me sentía un poco triste, una sensación de entre las demás que sentía en ese momento, que no eran demasiado agradables. Seguro que estaría pensando en su queridísima Geena y en sus preciados partidos de rugby con sus amigotes. No sabía por qué estaba en casa de Isis, comiendo en frente mía como si nada, pero me sorprendía. En mi interior, en el fondo, había una pequeña chispita de esperanza, de que todo volviera a ser como antes.

Terminamos de comer sin cruzar palabra y subí las escaleras hacia arriba, donde me había despertado. Volví a pasar por el pasillo y probé a mirar dentro de las habitaciones que antes habían estado entrecerradas: una de ellas era una especie de sala de música, con un negro piano de cola, partituras por todos lados e instrumentos por el otro. Había un bajo y una guitarra: ahí era donde Blake ensayaba cuando estaba en casa, me dije.

Otra de ellas era un despacho de oficina, con ordenadores y papeleo, aunque todo estaba cuidadosamente recogido.

Avancé unas cuantas habitaciones hasta dos puertas que estaban cerradas, las que había divisado anteriormente, y abrí la puerta de la izquierda. Giré el pomo ligeramente y pude otear el interior de diversos colores, como si las paredes fueran la gran copa de un árbol mudándose por el otoño. A parte de eso, estaba llena de juguetes y dibujos, lápices y armarios de colores: era la habitación del pequeño Matt, y ahí se encontraba, con sus pequeños ojitos cerrados, las manos apretadas y hecho un ovillo. Me conmovía verle. Me recordaba a mí y a mi hermano cuando éramos pequeños, siempre se dormía en vez de cuidarme, pero a mí no me importaba. En nuestro caso, era yo la que cuidaba de él. Junto a la cama a medida, había una mesita de noche con una lámpara, que, encendida, adornaba el resto de la habitación por las siluetas dibujadas en la pantalla, haciendo que se vieran puntos de luz con formas de estrellas y planetas. También había una bandeja con lo que parecía ser el desayuno, medio consumido seguramente antes de haberse dormido. Ese día era sábado, así que no tenía colegio ni nosotros instituto, y no lo habría sabido por un calendario que vi en la habitación de enfrente. Crucé el espacio que había entre las dos salas, empujé la puerta, que ya estaba abierta, e intenté mirar por la rendija que ésta dejaba, por si estuviera ocupada. El gusto era insuperable. Tuve que abrir del todo la puerta, con los ojos desorbitados y con la baba a punto de caer. Las paredes eran de un color agradable y una araña color mora adornaba el blanco techo, con molduras de varias formas como si fuera el exquisito museo del Louvre. En uno de los lados estaba la cama, con una fina tela cubriéndola alrededor como un halo brillante y en otro había un enorme armario repleto de compartimentos y espejos. Al lado había un ventanal amplio, que abarcaba casi toda la pared. Lámparas y tocadores definían el espacio, así como pequeños sillones sofisticados y un enorme escritorio con un ordenador Mac. Inspeccionando con la mirada también vi otra habitación, dentro de la que ya estaba, llena de espejos, y supe que era un vestidor. Avancé embelesada. No dejaba de sorprenderme; toda mujer querría una habitación así, y podría, si tuviese dinero, claro. ¿De dónde sacaban tantas cosas?

 Entré al espacio y no pude resistirme a tocar los sombreros de terciopelo y los abrigos de cachemir que colgaban de los percheros. 
Estaba tan absorta en todo lo que había allí, que no oí el ruido de los tacones de Isis contra el parquet, y pudo acercarse lo suficiente a mí hasta ponerme un pequeño sombrero con flores en la cabeza, a lo que yo di un brinco, inesperada.

-Siento haberte asustado.-se disculpó con su suave voz, que parecía resonar en la habitación.

- Yo... s-sólo estaba buscando algo... discúlpame, no debería haber entrado.-dije avergonzada.

-No te preocupes, si no te gusta el vestido puedo darte otra cosa, comprendo que no estés acostumbrada a llevarlos- me tranquilizó risueña, y enseguida se puso a buscar entre los cajones del  armario que allí había. Mientras los abría uno a uno, pude ver la manera en la que los organizaba: algunos por colores y otros por tipos de prenda y tela. Wow, yo jamás tendría suficiente paciencia como para hacer eso con mi ropa, aunque tampoco habría mucho que clasificar.
Menos de un minuto después, sacó un pantalón borgoña y de lo que parecía ser una textura suave, como terciopelo. También cogió una camisa blanca,un tanto formal, y me tendió el conjunto. A la vez que lo aceptaba, se agachó y recogió unas All Star completamente negras. Me dejó cambiarme rápidamente ahí mismo, y aunque la ropa me quedara perfecta, las deportivas eran un tanto ajustadas: tampoco suponía que ella, con su delicado cuerpo, tuviera una talla como la mía, pudiéndome poner los zapatos de cualquier chico, quedándome sólo tres tallas más grandes.

Ya lista, bajamos de nuevo a la sala de estar, en la que se encontraba Kael viendo un partido de hockey en la pedazo de televisión LED, que ocupaba toda la cajonera colocada allí, llena de cables y mandos a distancia. 

-Bueno chicos, creo que ya es hora de que me contéis qué demonios está pasando.

Kael quitó los ojos del televisor, cosa que me sorprendió: al fin y al cabo era un hombre y todos babeaban por sus fantásticos equipos, creando idiotas disputas y apuestas. 

-Todo lo que pasó fue muy extraño, ¿No habrías bebido demasiado? Es decir, no sé, a lo mejor demasiadas luces, pudiste marearte.- contestó Isis a su vez.

-No me mareé por unas pocas luces de colores, Isis, pero no sé lo que me pasó, no recuerdo nada. Sólo sé que me desmayé y alguien me sujetó.-contesté exasperada.

 -Yo fui quien te sujetó, y vi todo lo que pasó. Estabas bailando conmigo.

-¿Qué...

-Antes de que digas nada, no hiciste nada imprudente.- me interrumpió él, con una ceja levantada.

-Más te vale.-le contesté con un deje de ira- ¿Me vas a decir lo que ocurrió de verdad?

-Te vi aburrida y se me ocurrió invitarte a bailar, aceptaste y movimos un poco el cuerpo.

-¿Movimos el cuerpo? ¿A qué diablos juegas? -mi cara era un tomate cherry mientras Isis se reía.

-Creo que quiere decir...

-¿Qué más ocurrió, aparte de ''eso''? -exigí poniendo los brazos en jarra.

-Estuvimos bastante bien, bailando al ritmo del rock. He de decir que estabas muy sexy. -era lo que temía, lo había dicho fresco como una lechuga- Al final de la canción, te pusiste unas lentillas mogollón de alucinantes, negras con el iris naranja. Me las tienes que prestar algún día, eh.

-¿Cómo me voy a poner lentillas? No me he puesto una en mi vida. -resoplé molesta.

-No creo que fueran lentillas, que yo sepa son difíciles de conseguir por aquí.-dijo Isis, muy oportuna- ¿No viste nada más?

-Bueno, parecía que quisieras comerme: me mordiste el labio tan fuerte que me hiciste daño, nada mal por tu parte.

-Creo que a partir de ahí te hicieron efecto las copas, Kael.

-Eso fue lo raro, que cuando me besaste me sentí más pedo que nunca, como si me hubieran drogado, y créeme, ese es el efecto que hace tu boca en mí, nena. -intentó ser sexy, pero fue lo más parecido a Mason que vi en mi vida.

-Eres un baboso.-disimulé una cara de asco.

Era imposible que le hubiera besado. Sí, estaba loca por él, pero nunca haría algo así, y menos en una fiesta en la que nos estaría mirando todo el mundo. A lo mejor Isis tenía razón, ¿Demasiadas luces? o quizás bebí algo demasiado fuerte.

-Eider, eider, eider, uuuh-canturreaba Kael.

-¿Qué haces?-le paró Isis.

-Eso fue lo que Anne cantó antes de besarme.

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