Capítulo 2 - La canción sin nombre

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No podía abrir la puerta, estaba atascada. Corrí hacia el pasillo y atravesé los tres arcos de marfil que rodeaban el salón de baile y logré colarme por uno de los ventanales laterales para entrar a una sinuosa habitación, que olía a jazmín y a sésamo, un olor que se me hacía usualmente dulce. La estancia carecía de luz alguna pero rápidamente, pude ver un destello fugaz, donde se suponía que estaban las escaleras al piso superior.

Me desperté bruscamente, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor y con la respiración agitada; todo daba vueltas y sentía que mi cabeza iba a estallar de un momento a otro, ¿Qué había ocurrido?

Me retiré el paño frío de la frente y me incorporé repentinamente, lo que me provocó terribles náuseas y tuve que volver a mi posición inicial, con los ojos como platos y medio emborronados por el letargo.

-¡Por fin te has despertado!¿Estás bien?- dijo Kael mientras se acercaba a mí y agarraba con firmeza mis temblorosos dedos. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo al sentir sus cálidas manos.

-¡Adrienne! Gracias a Dios - Susurró Isis, que apareció en el marco de la puerta y se acercó a mí, con mantas, toallas y ropa, pulcramente dobladas, en sus manos.

Intenté incorporarme ligeramente, liberando mi mano de la del chico, que seguía observando cada centímetro de mi cuerpo en busca de alguna señal.

-Te he traído ropa limpia y cómoda. Puedes cambiarte en el baño que está al final del pasillo. Vamos a hacer tortitas, cuando termines baja.-e hizo un gesto muy propio de ella, el de alborotar el cabello.

Tras levantarme y poner la suave piel de los pies en contacto con el frío suelo de parquet, haciéndome titilar, di pequeños pasos, como una anciana aferrándose a su andador, por el pasillo que me habían indicado. Casi todas las puertas estaban cerradas o entreabiertas y la curiosidad me llamaba. A decir verdad, la casa era mucho más espaciosa de lo que parecía, con un pasillo lleno de habitaciones y varias plantas que recorrer. Todo estaba adornado con salpicaduras de colores, como si las paredes fueran obras de arte abstracto, con pequeños fragmentos de cristal formando siluetas encima de los sócalos.
Al llegar al final del pasillo, donde me había indicado Isis, habían dos puertas medio abiertas a los costados, una color lavanda y blanco, con la amarillenta luz del sol traspasando una pequeña ventana que estaba en la parte superior de la puerta, y la otra sumida parcialmente en la oscuridad. Seguí mi camino al lavabo y me confundí por un momento, ya que en la puerta habían diversos dibujos, como si un niño hubiera pasado por allí con unos lápices de colores. Y no me equivoqué.
La ropa que me había dado Isis era bonita aunque me sentía un poco extraña con ella: era un vestidito muy delicado, con cuello redondo, pasando por los estrechos hombros con un hilillo de seda con encaje rosa palo. Me sentía desnuda. Yo estaba más acostumbrada a llevar algo cómodo y deportivo, que ocultara mi fragilidad. La verdad es que nunca se me había ocurrido utilizar eso a mi favor del modo en que lo hacía Isis.

Tras una reconfortante y ardiente ducha, me hice una gran trenza con el pelo mojado, evitando que los pequeños cabellos que se escapaban me molestaran. Salí del baño y me encontré con un niño, de unos seis años, con los cabellos aplastados y despeinados cayéndole por la frente hasta sus pequeños ojitos negros. Caminaba a trompicones mientras se desperezaba, con la boca abierta y las manos estiradas sobre la cabeza. En su pequeño cuerpo llevaba un pijama de rayas y monigotes, y unas pantuflas de gatitos, con sus orejas peludas balanceándose, muy acordes con su edad.  Se quedó quieto cuando me vio, sus almendrados ojos me miraban con sorpresa y desconfianza. Era adorable.
-Hola. - dijo con el ceño fruncido, como un niño mayor.- ¿Eres amiga de mi hermana?
Para ser un niño de su edad, era bastante inteligente. 
-Sí, me puedes llamar Anne.-sonreí, y su respuesta fue positiva.
-Yo Matt.- y entró al lavabo rápidamente cerrando la puerta con sus pequeñas manos pálidas.

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