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Capítulo 31 -Unidas en la desesperación-

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Boston (Massachusetts)

Ángela citó en su casa a Kat y a su amiga Mary.

Kat se mostraba muy abatida por el trágico suceso de la mañana. Aún no podía creer lo que había ocurrido, sin embargo, sacó fuerzas de donde no las tenía para contar toda la conversación que mantuvo ella y su padre adoptivo con el malogrado ex-agente Irving Weiss.

—¿Crees que fue intencionado? —preguntaba preocupada Ángela.

—Por supuesto, no fue un accidente como quieren hacer creer en las noticias —dijo Kat muy segura de sí misma—. Irving caminaba por la acera cuando el automóvil lo invistió.

—¿Nadie pudo ver su matrícula? —quiso saber Mary.

—No, justo en aquel momento no había nadie por la avenida. El conductor del auto se dio a la fuga.

—Pobre hombre —expresó afligida Ángela.

—Estoy segura que lo esperaron a la salida del parque. De alguna manera supieron que nos revelaría alguna información. Él mismo nos advirtió —concluyó lamentándose con la mirada perdida.

—Pero... eso quiere decir... que las tres estamos en peligro —dijo con la voz temblorosa Mary.

—Así es —afirmó Kat—. Además, pienso que pueden estar vigilándonos.

—Creo que no debemos separarnos durante algún tiempo —propuso Ángela.

Justo en ese instante, Lisa, la hija de Ángela, asustada y abrazada a su peluche, corría gritando hacia el salón, donde ellas estaban reunidas alrededor de una pequeña mesa de centro.

—¡Mamá!, ¡mamá! Hay un hombre muy raro dentro de un coche negro.

Las tres se miraron atemorizadas.

De repente, el automóvil estacionado frente a su casa arrancó derrapando sus ruedas. Y alarmadas corrieron hacia la ventana sin conseguir ver quiénes eran.

—Quizá haya sido tan solo una advertencia —dijo Kat mientras sujetaba la persiana—. Conozco esta forma de actuar, es típica de la mafia. Te asustan para que no sigas removiendo la mierda.

—No tengo ninguna gana de quedarme sola en casa. Creo que tenéis que considerar mi propuesta —expresó Ángela—. Mi casa es lo suficientemente grande para las cuatro. Tengo alimentos al menos para un mes.

—Tú sabes lo miedosa que soy, así que yo acepto —dijo Mary—. Aunque la ropa...

—No es un problema —continuó Ángela—. Tengo vestuario suficiente para las tres. Nuestras tallas deben ser muy parecidas. Quizá para Kat tendré que buscar alguna cosa de cuando yo hacía escalada con Eddie —sonrió Ángela—. Ya se sabe, cuando se tienen hijos la cintura no es la misma.

—No digas tonterías Ángela —dijo Mary—, sigues estando fenomenal.

—Yo con un par de pantalones y camisetas me conformo —indicó Kat.

En ese momento sonó el teléfono, las tres se miraron de inmediato y, con algo de recelo, Ángela se dirigió a cogerlo.

—Sí, dígame.

—¿Es la casa de Ángela?

—Sí soy yo. ¿Qué desea?

—¿Qué tal, Ángela? Soy Elías, el padre de Kat. ¿Se puede poner al teléfono?

—Hola Elías, lamento mucho lo de su amigo.

—Gracias.

—En seguida le paso.

Kat miró extrañada a Ángela y cogió el aparato.

—¡Padre! ¿Ocurre algo? —preguntó preocupada—. ¿Cómo sabías que estaba en casa de Ángela?

—Me lo imaginé. Bueno, ahora eso no es lo importante. Me acaban de llamar de las altas esferas, gente con cargos que ni yo mismo sabía que existían. Han dejado claro que si persisto en las investigaciones sobre los expedicionarios, podría tener consecuencias, muy graves, y no solo yo. Así que por el bien de todos dejaré de indagar, y tú debes hacer lo mismo. Sabes lo mucho que te quiero y jamás me perdonaría que te hicieran daño.

—Sí, por favor papá, déjalo todo como está. Irving y tú erais muy buenos amigos y por mi culpa lo han matado.

—No pienses más en ello. Nadie ha tenido la culpa, además fui yo quien contactó con él —dijo tranquilizándola, aunque preocupado por la situación—. Ahora quiero que tengas especial cuidado con cualquier movimiento que realices. Incluso a la hora de salir a comprar el pan. Hija, te conozco demasiado bien y sé que eres tan obstinada como tu padre. Por favor, déjalo todo como está y olvídate de este asunto.

—No te preocupes, haré lo que me dices —tranquilizó ella.

Se despidieron y Kat colgó el teléfono.

Aunque Elías escuchó en boca de su querida hijastra lo que quería oír, quedó tremendamente angustiado por ella.

Kat, después de colgar, se dirigió ensimismada nuevamente a la ventana y, tras desplazar la persiana, volvió a mirar al exterior para comprobar si había alguien vigilando la casa.

Durante unos minutos, ninguna de las tres se atrevía a pronunciar una sola palabra. No obstante, unidas en un mismo lugar se sentían algo más seguras, aunque muy preocupadas por lo que les pudiera suceder a sus compañeros sentimentales.

Mientras tanto, con la típica inocencia de una niña de seis años, Lisa jugaba sobre el sofá con su peluche marrón, ajena a todo lo que acontecía a su alrededor.

EL SECRETO DE TIAMAT¡Lee esta historia GRATIS!