Reto 42

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Consigna: Escribe una historia acerca de un personaje que perdió algo importante.


PERDIDO 

—Tengo que encontrarlo —repetía un anciano mientras deambulaba por las calles de la enorme ciudad—. ¡Oye!... ¿Tú no la has visto? —preguntaba a cuanta persona se encontraba en su andar. Pero nadie le contestaba, todos le miraban mal y le sacaban la vuelta sin decir media palabra.

La razón tal vez era su apariencia desalineada. O quizá era el olor nauseabundo que desprendía su nada aseado ser. También podría ser esa mirada desorbitada con que les miraba. O por todo lo anterior.

Vagaba todo el día buscando lo perdido, a veces ni comía y en las noches lloraba por no haberlo encontrado.

—Necesito encontrarla —repetía entre sollozos hasta que le ganaba el sueño y, por algunas horas, se olvidaba de su incansable búsqueda. Pero, al abrir los ojos, cuando miraba la desconocida calle en que despertaba esta vez, lo primero que le venía a la mente era la necesidad de encontrar lo que había perdido.

—Es importante —se recordaba y buscaba incansablemente por tantos lugares como alcanzaba a pisar.

En esa ciudad que el hombre vagaba, había cierto profesor cuyos pasos habían coincidido con los del vagabundo en más de una ocasión. Le había visto tan desesperado que cierto día se decidió a ayudarle a encontrar eso que siempre buscaba.

—¿Qué es lo que está buscando? —preguntó el profesor.

—¡Es importante! —gritó vagabundo y, volviendo la vista al que le hablaba, le regaló una destellante mirada.

—Claro que lo es —aseguró el hombre con una sonrisa—. ¿Está buscando a una persona? —preguntó él y el anciano negó.

—No, no es una persona —dijo.

—¿Un objeto, entonces? —cuestionó y el vagabundo rascó su cabeza con parsimonia mientras miraba al cielo y rebuscaba en su memoria.

Viendo la indecisión del hombre, el profesor se animó a hacer una pregunta más.

—¿Cómo luce lo que busca? —cuestionó.

—No puedes verlo —declaró el anciano—. No se toca, no es algo que usted o yo podamos tocar —explicó inclinando un poco la cabeza.

—Entonces, ¿cómo lo encontraremos? —cuestionó el profesor al vagabundo.

—¡Debemos encontrarlo! —exclamó ansioso—. Necesito encontrarlo para volver a casa.

—¿Usted tiene una casa? —preguntó un poco sorprendido el hombre de letras. El anciano le miró con ternura, con una ternura que estremecía el alma; sus ojos vidriosos y cansados podrían reconfortar a cualquiera que los mirase en ese momento; entonces, con una sonrisa, dio una respuesta que nadie hubiera esperado.

—Todo el mundo tenemos una casa —dijo. El profesor pensó que era obvia la respuesta, y sonrió al recordar como su abuelo decía que los jóvenes no podían ver nada porque no querían detenerse a apreciar el paisaje. Seguro ese hombre no se perdía detalle del camino, por eso eran tan naturales sus respuestas.

—¿Dónde está su casa?

—No lo recuerdo.

—¿Quién le espera en casa?

—No lo recuerdo.

—¿Cuál es su nombre?, ¿su edad?

—No lo sé —declaró el hombre cuyos ojos se arrasaban y dejaban escapar unas cuantas lágrimas—. ¿Sabes qué es lo que estoy buscando? —preguntó volviendo la mirada al hombre que estaba a su lado. El profesor sonrió apenado y se tragó el nudo en su garganta para poder responder.

—Lo sé —dijo— y lamento no ser capaz de ayudarle.

—No volveré a vasa ¿verdad? —preguntó el vagabundo mientras un rayo de lucidez alumbraba su melancolía.

—Lo lamento —repitió uno que, aunque realmente quería, no fue capaz de ayudarle.

El anciano agachó la cabeza e inspiró hondamente. Entonces, con la mirada perdida de nuevo, escudriñó cada parte de la calle donde se encontraba y caminó repitiendo:

—Tengo que encontrarlo... necesito encontrarlo... es importante... debo encontrarlo...



Dios, estas cosas me matan. Pero me encanta escribirlas. Soy una incoherencia lo sé.

¿Qué les parece el relato?. Gracias por seguir leyéndome. Besos hermosuras. 

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