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Lilly caminaba sobre la línea amarilla que delimitaba la calle con el terreno de la secundaria. La castaña se encontraba esperando a que Sonia y Graciela salieran, para irse con ellas a la parada del camión.

Su madre otra vez le había dicho que no podría ir por ella, así que ya se le estaba haciendo costumbre el salir de la escuela en compañía de las dos. De vez en cuando las acompañaba alguna compañera del curso de Graciela, pero casi siempre eran solo las tres; un hecho que llamaba la atención de Lilly, ya que, a pesar de ser querida entre sus compañeros, parecía ser que nadie esperaba mucho de su compañera de juego.

Cada que la miraba, sentía que estaba viendo un reflejo de su persona.

—Ya estoy aquí—. Desde atrás, Graciela le tapó los ojos a Lilly y rió—. Por cierto, no te dijimos pero creo que hoy nos vamos a ir con otros más.

Con la ceja en alto, la castaña apartó las manos de su amiga y vio que, en efecto, iban con ella Lorenzo, Eduardo, Antonio, y un chico de primero al que pocas veces había visto, pero que parecía llevarse bien con el último ya que de vez en cuando había notado que cruzaban unas cuantas palabras.

—¿Qué paso con el señor que siempre los recoge? —, pregunto Lilly señalando a los hermanos—, ¿Y el carro negro que viene por ti? —, esta vez fue el turno de Antonio para ser cuestionado.

—Uh, si no querías que nos fuéramos con ustedes, solo tenías que decirlo—, el tono que Eduardo uso para hablar casi la engaño. Si no hubiera sido por las innumerables bromas que le había conocido en esos días, bien podría haber caído.

—Bueno. No quiero que vayas con nosotras —. Graciela chocó cinco con Lilly, y mientras Sonia llegaba a donde estaban todos.

De inmediato, el chico tomó a la pequeña por los hombros y dijo, señalando a ambas con un gesto de fingida ofensa.

—Por fin llego mi salvadora. Van a ver, Sonia las va a poner en su lugar.

—¿Yo? ¿Por qué? ¿Qué hiciste Eduardo?

La pregunta no tardó en surtir efecto. Tanto Lorenzo como el chico de primero terminaron desternillándose de la risa, Graciela se había tapado la cara, pero aun así todavía se podían escuchar las carcajadas que propinaba. Incluso Antonio se estaba riendo de su amigo, aunque él era más discreto en sus movimientos.

—¡Sonia! Se supone que me tenías que defender, no echarle más leña al fuego.

—Lo-lo siento—, dijo la aludida mientras se secaba una lágrima e intentaba ya no reírse del muchacho—. Es tú culpa por haberme dicho eso, cuando yo apenas iba llegando.

—Ok, ok. Te perdono, pero nada más porque venías llegando, eh—, con abrazo, tanto la chica como su amigo terminaron riendo junto con los demás.

—Bueno, y entonces, ¿Por qué no esperamos a Monse?

Lilly se encontraba sosteniéndose de la barra de seguridad que tenía el camión. La mayoría de sus amigos estaban sentados, y aunque le habían dicho que se uniera a ellos, esta se negó con el pretexto de que pronto iba a bajar del vehículo.

—Otra vez la castigaron—, dijo Sonia mientras le robaba una papa a Lorenzo—. De nuevo se puso a aventar bolas de papel con jabón en el baño, hubieras visto como dejo el techo, parecía una cueva a la que solo le faltaban los murciélagos.

—No inventes, ¿de nuevo? Esa mujer solo se está buscando una expulsión—, suspiró Graciela, tomándose el puente de la nariz mientras negaba. — ¿Y quien descubrió su gran obra? Ojala no haya sido uno de los maestros, sino ya puede irse despidiendo de su trasero.

—No—, dijo el amigo de Antonio, haciendo que los demás lo miraran—. Escuche que quienes la acusaron fueron Erika y Mayra, de segundo.

Ante la mención de esas dos, Lilly no pudo evitar torcer la boca mientras declaraba.

—No me sorprende. La vida de esas dos es ver que hacen los demás.

—Sí, y por lo que he escuchado de Monse, ni ella se lleva bien con las dos ni las chicas la soportan—, dijo Graciela, llevándose un dedo al mentón—. Lo mejor es que ya no les haga caso y se mantenga con perfil bajo, sino de verdad van a terminar expulsándola.

—Como si eso fuera a suceder. Es más fácil que corran a esas dos a que Monse termine fuera, ¿no es cierto, Toñito?

El mencionado se removió en su asiento, pero no dijo nada. Aquello llamo la atención de Lilly. No entendía por qué había dicho eso Eduardo, pero le dio la impresión de que su compañero sabía algo que ella ignoraba.

—Oye Lilly, ¿no te vas a bajar por aquí? —, la mencionada salió de su ensoñación ante las palabras de Sonia, y posó su vista al frente.

El camión estaba a punto de llegar a su parada, así que con un rápido ademan de su mano se despidió de todos y se apresuró a acercarse a la parte de atrás del camión.

En ningún momento notó que se le caía el monedero y unas llaves, de la mochila.

—¡Bajan, señor! —, el conductor miró de mal modo a la joven, por el retrovisor. La castaña no le dio importancia y apretó una vez más el timbre.

Cuando la puerta del vehículo estuvo abierta, Lilly salió y se llevó una mano a la frente. Estaba tan distraída que había estado a nada de pasarse la parada, lo que le hubiera originado que caminara unas cuantas cuadras de más.

Lilly estaba comenzando a caminar hacia su casa, cuando una mano de buen tamaño se posó en su hombro haciendo que la chica volteara.

Cuál fue su sorpresa al encontrarse con Antonio, que traía las llaves y el monedero en una mano.

—Se te cayó esto.

La castaña ya le iba a dar las gracias, cuando la voz de Lorenzo llamó la atención de ambos.

—¡Toño! ¡Córrele!

El mencionado se dio la vuelta justo cuando el camión recobró su marcha, dejándolo atrás junto con su acompañante.

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