Capítulo 19

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¡Lo estoy besando!

¡Él me está besando!

Si esto es un sueño, la vida sería muy cruel conmigo.

La lengua de Rafael sale y presiona mis labios a abrirse, lo hago y un jadeo se me escapa cuando profundiza el beso, atrayéndome hacia él. Gruñe y se funde conmigo. Su beso logra consumirme y se lo permito, jamás he sido besada de esta manera y no deseo que deje de hacerlo nunca. Sus manos acunan mi rostro, el beso, a pesar de ser hambriento no es brusco. Él es suave y fuerte a la vez.

Necesidad, eso es lo que crece dentro de mí y por ello me aferro con todo lo que tengo a Rafael. Empuño su camisa en mis manos y me entrego por completo a esto, al sentimiento, a la emoción a él.

Su mano desciende por mi cuello, mi brazo hasta mi cadera, la aprieta suavemente, gimo cuando siento la plenitud de su cuerpo y su dureza sobre mí. Se presiona más y más y empiezo a sentir un cosquilleo que baja hasta mi centro. Me estremezco cuando muerde mi labio y su boca baja hasta mi cuello repartiendo besos y succionando con suavidad mi piel. Dejo caer mi cabeza hacia atrás dándole más espacio, gimiendo incoherencias y respirando pesadamente.

Esto, esto es diferente, único y... glorioso.

Algo húmedo barre mi pie izquierdo y salto un poco alejándome de él.

—¿Qué pasa? —brama. Su voz es ronca y muy, muy baja. Y eso le hace cosas a mi cuerpo, cosas realmente buenas.

—Algo... —Empiezo pero buenamente siento algo húmedo. Bajo mis ojos a mis pies y me encuentro con la cabeza de Mateo. El cachorro está bajo la cama meneando eufóricamente la cola.

—Creo que los hemos despertado —musita observando al resto de los peludos entrar a la habitación. Lola, salta sobre Rafael y le da su propia sección de besos. Me rio cuando él intenta alejarla en vano.

Cuando por fin logramos controlar a nuestros animados perros, nos recostamos nuevamente en la cama, mirándonos frente a frente. Su mano se mueve hasta llegar y acariciar mi rostro, sus ojos viajan por cada espacio de este, como si quisiera grabarlos todo, en su mente.

Con la necesidad también de sentirle, de acariciarle; exploro la piel de su rostro con la yema de mis dedos. Su boca se tuerce en una media sonrisa y sus ojos no dejan de verme a mí.

—Quédate conmigo —pido. Su mirada se detiene en la mía, duda un poco—. Sólo si quieres, no tienes por qué hacerlo si no deseas quedarte.

—No, quiero, deseo y necesito quedarme a tu lado.

—Oh.

Sonríe y me besa suavemente, me recuesto más sobre su pecho y permito me abrace. Acaricia mi cabello y poco a poco me voy quedando dormida.

Y por primera vez, no me siento oprimida al dormir en los brazos de alguien.

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