Capítulo 18

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—¿Pequeña?¿Qué estás haciendo aquí, sola?

Quita tus ojos de la marca de labial en su cuello, quítalos. Siguiendo mi mirada, Rafael observa su camisa halándola un poco, ahogo un jadeo cuando veo el chupetón en su clavícula. Él ve mi expresión de completo horror y dolor porque se tensa y abre su boca para decirme algo.

—Lily, yo...

—Espero un taxi —Lo interrumpo antes de que pueda decir algo más. Tengo ganas de llorar muchas.

—¿Un taxi? —pregunta. El temor adorna ahora su rostro y entra en pánico—. ¿Sucede algo con la bebé? ¿Te sientes bien? ¿Te duele algo?

—Estoy bien.

—Pero... ¿Qué sucede entonces? ¿Por qué estás aquí afuera, a estas horas esperando un taxi?

—Es sólo un antojo tonto —susurro. Bajo mi cabeza y contemplo mis zapatos de dormir.

—Un antojo ¿Qué clase de antojo?

—Quiero pizza —No me atrevo a verlo en estos momentos— Intenté llamar a un taxi pero la línea está ocupada.

—Lily, este lugar es peligroso en la noche, toda la ciudad es peligrosa para una mujer en tu estado. Hay demasiadas malas personas merodeando por ahí. Si tenías un antojo, debías llamarme, y yo hubiera ido a buscarlo por ti.

—¿Llamarte? —suelto molesta— ¿E interrumpir tu noche ocupada? —señalo, haciendo evidente que noté de donde venía y que estaba haciendo.

Se queda callado, flexiona su mandíbula y sus ojos oscuros se rehúsan a sostenerme la mirada ahora.

—No importa lo que esté haciendo pequeña, yo siempre voy a acudir cuando me necesites. —Pasa su mano entre su cabello y me da una mirada—. Siempre.

—No necesito que me rescaten siempre, puedo hacer las cosas por mí misma. Y ahora voy a darle de comer a mi bebé la pizza que tanto quiere. —Me vuelvo hacia la calle justo cuando un taxi viene hacia nosotros. Al fin. No quiero parecer siempre la damisela en apuros, tampoco quiero llamar a Rafael cuando este en medio... en medio... en lo que sea que esté al lado de esa mujer.

El taxi para cuando hago la seña y camino para subirme, una mano me detiene y me voltea.

—¿A dónde vas?

—A la luna —lazo sarcástica, sus ojos se abren un poco pero se recupera y sonríe. No quiero ver su tonta sonrisa—. A donde crees, a comprar mi pizza.

—No vas a ir sola —dice. Se vuelve hacia el taxista y lo despacha—. Vamos pequeña, yo te llevo.

—¿Por qué lo despachaste? ¿Sabes lo difícil que ha sido conseguir un taxi esta noche? —Me quejo.

—Ahí está mi auto —señala tras su espalda. Me toma de la mano y me conduce hasta el auto, abre mi puerta y continua hablando—, no necesitas un taxi que sólo Dios sabe quién lo conduzca. Vamos, te llevaré a comprar la pizza y luego nos sentaremos con un refresco y dejaremos que el queso queme nuestras bocas.

Grrrrr.

Mi traidor estomago ruge. Él sonríe y me quedo viendo unos segundos sus sonrisas, pero luego la marca rosa en su mejilla me hace fruncir el ceño y volverme.

—Deberías limpiarte al menos —murmuro. Me mira con desconcierto, pero a la vez confundido—. Tu mejilla y tu cuello, tienen labial en ellos.

Su rostro pierde un poco de color, se golpea la parte trasera de su cabeza y me mira con culpa.

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