Capítulo 33: "Corazón"

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Aunque la joven trataba de mirar a otro lado, su vista no se despegaba de Plumerillo. Las dudas la atormentaban como un zorro. ¿Por qué habia actuado de esa manera con ella? ¿Se sentía mal, o... ¿Estaba celoso? Sacudió su cabeza. Eso, de ninguna manera. Plumerillo no era un gato del tipo celoso. Pero si no era eso... ¿Por qué actuaba de aquella manera?

-¿Qué paso, Turquesa? Llevas la cola en el suelo desde que nos fuimos de la Asamblea. -Inquirió Azabachina a su lado, con los ojos verdes rebosantes de disconformidad. -¿Te comió la lengua un zorro?

Turquesa negó con la cabeza, triste para bromas.

-No se...

Su amiga de pelaje negro como la noche se le acercó, con el hocico cerca de su oreja.

-¿Es por Plumerillo?

La aprendiza de ojos claros bufó.

-¡Azabachina! ¡Ya te he dicho que no hablemos de eso aquí!

Su amiga ronroneó de risa, poniéndole la punta de la cola en los omóplatos mientras avanzaban por la oscuridad del bosque. Las estrellas tapizaban el cielo como la hojarasca a la tierra, y un frío viento recorría los árboles, murmullando de aquí a allá.

Azabachina se detuvo de pronto.

-¿Qué? -preguntó Turquesa.

-Quédate a mi lado. -Respondió la gata negra, mientras los guerreros del Clan del Hielo serpenteaban cerca suyo.

Confundida, la aprendiza se sentó al lado de su amiga, hasta que todos los felinos las hubieran pasado, y ellas hubieran quedado atrás.

-Ya no hay nadie, cuéntame. -Exigió Azabachina, levantándose y continuando con la marcha.

La aprendiza tomó una gran bocanada de aire, sin estar muy segura de lo que maullaría.

-En la Asamblea... Plumerillo me ignoró. Él nunca es así. Justo antes había estado conversando con Colmillo, ese aprendiz del Clan de la Hoja. ¿Lo conoces?

Azabachina asintió.

-Sí... es bastante simpático. Una vez, cuando tu aún estabas en maternidad, nos encontramos en la Asamblea. Es un buen gato. Pero volviendo al tema... ¿Por qué Plumerillo te trataría de esa manera? Siempre es amigable y cariñoso...

Turquesa asintió. Sentía un gran dolor en el pecho, que apenas le dejaba caminar. Se sentía horrible.

-Es la misma pregunta que me hago. -Maulló, mirando el suelo mientras avanzaban.

Azabachina se restregó contra su costado, buscando desesperadamente una manera de aliviarla.

-Los gatos machos son raros. Estoy segura que todo esto se resolverá. Para eso están las amigas.

La joven aprendiza soltó una sonrisilla. A pesar de que todo el mundo se estuviese destruyendo, Azabachina estaría siempre a su lado. Y ella también.

Las dos aprendizas aceleraron el paso, y pronto estuvieron al nivel de toda la patrulla. Faltaba poco para llegar el campamento, donde habrían lechos calientitos que los reconfortarían del frío congelador en el bosque. De pronto, una sombra salió de entre los árboles. El pelaje del lomo de Turquesa se erizó.

Aquella sombra resultaba ser si no Patas de Fango. Su respiración estaba acelerada, y su mirada perdida. Azabachina, impresionada, corrió a su encuentro y restregó el hocico contra él.

-¿Qué pasó? -preguntó la gata negra.

El joven guerrero la miró. Sus ojos marrones estaban cubiertos de miedo.

Los Gatos Guerreros: La historia de Pequeña TurquesaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora