Capítulo 1.- Primer Símbolo (Bufanda)

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C

C  acaba de cumplir 19 años, tenía la estatura de 1.90.  Se encontraba en un gimnasio vació saltando de un lado a otro mientras golpeaba un costal de box, en las manos traía un vendaje para no lastimarse. Los golpes que daba hacían temblar el piso y movían su cabello. El cabello de C era largo y completamente negro, estaba descalzo con una playera blanca y shorts, tenía la pinta de todo un deportista.

El silencio que se hallaba en el gimnasio era opacado por los golpes que daba C. Uno tras otro era cada vez más fuerte y ruidoso que el otro. Golpeaba sin cesar, con rabia. «Más fuerte, MAS FUERTE», pensaba C. No era suficiente para él, aún era muy débil. Siempre lo iba a ser.  

Después, silencio. Estaba cansado. Se oía perfectamente su agitada respiración. 

C era tan parecido a su hermano mayor. Estaría tan orgulloso de él ahora. No, esa es una mentira que siempre decía.  

Hace 10 años. 

-¡Hermano! ¡Un caracol!

-Eso no es un caracol Chris, eso un cangrejo. Los caracoles viven en conchas.

-Hermano, eres muy listo. - Siguieron caminando por la playa, C, se encontraba inquieto, jugueteando de un lado hacía el otro. El sol combinaba con el mar de una manera muy bella, algo que inspiraba fortaleza y aptitud. C corrió muy adelante hasta que se detuvo un momento. Volteo hacía tras y vio su hermano mirando aquel paisaje de verano. La cara con la reacciono C era de inspiración y orgullo, él quería (quiere) ser como su hermano mayor. La arena, húmeda y cálida se metía en los dedos de C. Se sentía bien. 

Golpe. 

El hermano de C, Gabriel, le grito a su hermano. 

-¡Chris, ven aquí, quiero mostrarte algo que te va a gustar! - Grito para que C lo escuchará. 

-¡Voy! - Respondió C. La arena marcaba las huellas que dejaba al correr, mientras se acercaba, veía como hermano tomaba una rama que se encontraba en la playa y la agitaba para que viniera. 

La playa era hermosa, se escuchaba el sonar de las olas. La playa, era un lugar que C...

-¡Hermano! Está empezando a llover. 

Golpe.

-Tienes razón, vamos a casa. 

Golpe. 

-¡Corre!

Golpe. 

-Tengo miedo. 

A

La alarma  creaba un estruendoso sonido. A se tuvo que levantar para detener ese ruido tan odioso. Tenía que ir a la escuela. 

Bajo a la cocina para preparar el desayuno. A no quería ir a la escuela, pero debía, después de todo era la educación que le dio la persona que más ha respetado en el mundo. 

Cuando termino de comer, A se bañó y cambio de roba, se puso una playera negra de mangas largas, un pantalón de mezclilla y  unos tenis Converse. Colocó su almuerzo en la mochila y se preparó para salir. A tenía unos ojos negros, muy profundos. Su estructura ocia era muy delgada, uno podría decir que a duras penas rebasaba los 50 kilos. Tampoco era muy alto, medía 1.68, pero aun así era una persona que a primera vista causaba confianza, en su cara tenía un aspecto de respeto y madurez, como para que un adulto mayor le viniera a pedir consejos. Pero aunque fuera seguro de si, a él no le gustaban las personas, tampoco las odiaba. Simplemente, no quería tener compañía de nadie.  

K

Domingo por la noche. K estaba saliendo de la casa de Anais, su amiga de la preparatoria. A pesar de ser verano la noche era fría. K saco de su bolsa una bufanda. K amaba esa bufanda. Pues era un regalo de su madre, que estaba de viaje en España. La bufanda tenía franjas negras y grises. 

Mientras K se colocaba la bufanda en el cuello, Anais le gritaba que la vería mañana en la escuela. Ella asentía con la cabeza mientras le hacía el nudo a la bufanda. Aparte de esa prenda tenía una blusa verde y un pantalón negro. Su cabello era castaño y era rizado. Los ojos de K eran del mismo color que su cabello, casi imitaba el color de las avellanas. Medía 1.67, y su sonrisa era muy bonita. 

Empezó a caminar por la calle, iba a buscar un taxi, pero afuera de la casa de su amiga no pasaba ninguno, así que tuvo que caminar por un tiempo hasta que se encontrará con uno.

De todos modos era un bonito domingo, K ya se había despedido de su amiga y tenía que volver a su casa, sabía que no tenía ningún problema con caminar un poco. La noche era estrellada, pero solitaria. Y el frescor que daba el viento le daba escalofríos. 

Las calles eran muy oscuras y silenciosas, el único ruido que se producía era el que hacía al caminar y el viento que soplaba, casi parecía que le silbaba al oído.  

El Viento Sopla¡Lee esta historia GRATIS!