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No me alcanzaba un día entero para disfrutar todo lo que quería al lado de Daehyun. Por las mañanas los trabajos de caridad, luego los almuerzos con Karen y otros investigadores, y después salir corriendo hacia la playa, donde el portador de esa sonrisa de niño me esperaba con los brazos abiertos, a los que me lanzaba sin cuestionamientos.

Tomaba mi mano y caminábamos un poco, antes de emprender camino hacia algún recóndito lugar de la isla, en donde solíamos comer helado y disfrutar del paisaje, hablando de cosas sin sentido. A veces, me quedaba mesmerizada ante los hilos de cabello que se movían por la brisa en su frente, y cuando él lo notaba, otra vez esos dientes blancos me invitaban a sonreír, llenándome de cosquilleos que esperaba no dejar de sentir nunca. Sus dedos solían trazar caminos sobre mis piernas, que se apoyaban en la arena tibia, cubriéndome con incontrolables escalofríos. Y lentamente, cuando el atardecer hacía su majestuosa entrada, aquellos brazos volvían a acercarse a mi cuerpo, rodeando mi cintura. Su cabeza se apoyaba en uno de mis hombros y sus ojos se dirigían hacia el horizonte, donde el cielo, teñido de radiante naranja, cobijaba a los pájaros en su viaje de regreso a casa. El sol destinaba sus últimos rayos hacia la playa, y nuestras miradas no hacían ni siquiera el intento de despegarse de esta.

Me emocionaba no estar sola cuando la noche llegaba, porque tenía a Daehyun a mi lado, siendo la compañía que me había hecho falta durante tanto tiempo, llenando esos espacios que no podía cubrir con mis lágrimas, calmando esa agitada respiración, depositando esa paz donde hacía falta.

Cuando nuestro paisaje se teñía de oscuridad, enlazábamos nuestros dedos una vez más, y nos dirigíamos al pueblo, para despedirnos sólo por el tiempo que duraba la cena. El restaurante donde estaba trabajando solía estar más atiborrado de gente en ese horario, y a mí me tocaba cenar con Karen. Sonreía como una idiota, lanzando miradas desesperadas al reloj de la pared que colgaba en el restaurante del hotel donde nos hospedábamos, esperando que las agujas se apresuraran de esa manera. Apenas los comensales que me acompañaban, vaciaban sus platos, me disculpaba con ellos y salía disparada hacia el pequeño local que estaba a unas cuadras. Cuando lo veía aparecer vistiendo esa camisa blanca de la cual se había despojado unos días atrás delante de mis ojos, no existía nada que me quitara las cosquillas que inundaban mi cuerpo. Cargaba las bolsas de basura y las dejaba en el cesto de la vereda, se arremangaba aún más la camisa, y limpiaba las manos en el delantal negro que descansaba sobre sus piernas. Miraba hacia ambos lados de la calle, esperando que yo apareciera. Mientras tanto yo, aguardaba hasta que los cosquilleos se fueran para poder salir a su encuentro, caminando casi de puntillas. Me acercaba por detrás, posicionando mis manos a cada uno de los lados de su cintura y apretaba mis dedos contra su morena piel, haciendo que girara inmediatamente, dejándonos a ambos frente a frente, mirándonos sonrientes. Los días no eran suficientes, las horas que se escurrían como el agua del mar, me dejaban deseando que los momentos a su lado nunca se terminaran.

Tantas cosas habían cambiado en una semana. No podía imaginar en ese momento, mi vida sin la presencia de ese chiquillo que se mantenían inmóvil sobre mis rodillas, mientras le acariciaba ese diminuto punto negro debajo de uno de sus ojos.

-¿Qué harás mañana sin mí?

Sus labios se movieron pero su voz era apenas perceptible.

-¿Sin ti? ¿A dónde piensas irte?

Se levantó y volteó en mi dirección, dirigiéndome una mirada confundida que causó que esa expresión aniñada apareciera. Sonreí.

-No podrás deshacerte de mí.

-No quiero hacerlo.

Acercó su rostro. Otra vez esa respiración caliente colisionó contra mi piel. Su frente, siempre cubierta por esa cortina de cabellos, se juntaba con la mía. El abismo de sus ojos me inquiría pero yo no tenía ninguna respuesta. Sabía que no me era posible pensar en un futuro sin esa persona, pero en realidad no tenía claro qué clase de sentimientos se apoderaban de mí cuando estaba tan cerca como en aquel momento. Lo necesitaba pero ¿de qué manera? Daehyun también quería saberlo.

-Puedes venir conmigo.

-Te dije que no iba a volver, al menos por un tiempo.

Suspiré. Habíamos estado toda una semana evitando hablar del tema, pero no teníamos más tiempo y en sólo unas horas más, me encontraría en un avión regresando a la ciudad. Me negaba a dejar ese lugar sin él.

-¿Recuerdas aquella vez en el hospital? Cuando me acerqué a ti.

Sin despegar su cabeza, asintió.

-No te moviste. ¿Qué pensabas que iba a hacer?

-¿Pará qué quieres saberlo?

Con mi rostro, traté de decirle que no tenía una razón específica.

-Bueno, estabas llorando demasiado, y a mí todavía me dolía todo el cuerpo. No creo que tus fantasías se pudieran haber concretado en aquel momento.

Por fin esa distancia ínfima que nos separaba, desapareció. Alejé mi cabeza y solté aire por la nariz para que comprendiera que estaba molesta por su respuesta. Puso su mano en mi nuca logrando que volviera a mi antigua posición y otra vez, aquellos ojos negros me miraban intensamente.

Esas bestias que había mencionado antes, no aparecieron de nuevo luego de aquella vez, pero su recuerdo aún me perseguía. Las posibles resoluciones que mi mente había creado, hacían que me sonrojara en el mismo instante en que se hacían presentes en mi mente. No tenía en claro qué era lo que sentía por Daehyun, pero estaba segura que había algo en él que me descontrolaba y a todo mi cuerpo también.

 

I'm gonna make you love me  [BangYongguk]¡Lee esta historia GRATIS!