En menos de 500 palabras - (Creepypastas cortas)

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Tres creepypastas clásicos excelentes. El tercero puede ser mi creepypasta corto preferido.

Rojo con blanco

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Un hombre fue a un hotel y se dirigió hacia la recepción para pedir un cuarto en donde hospedarse. La mujer que atendía le dio su llave y le indicó que en su camino había una puerta no enumerada, asegurada, de un cuarto al que nadie tenía permiso de entrar. Le explicó que era un almacén de acceso restringido, y se lo recordó en distintas ocasiones antes de permitirle subir a su piso. Él siguió las instrucciones de la recepcionista, yendo directo a su habitación; sin embargo, la insistencia de la mujer había despertado su curiosidad, así que la siguiente noche caminó el trayecto hasta ese cuarto y trató de girar la perilla. Como le dijeron, cerrado. Se agachó y miró por la rendija.

Lo que vio fue una habitación de hotel no muy diferente a la suya, y en la esquina de esta a una mujer cuya piel era increíblemente pálida. Estaba recargada en la pared con su cabeza entre sus rodillas. El hombre la observó por unos minutos; estuvo a punto de tocar, pero decidió no hacerlo. La mujer alzó su mirada de súbito y él se retiró de la puerta, tratando de que no cayera en cuenta de su presencia. Se alejó de la puerta y volvió a su habitación, confundido.

Al día siguiente, regresó a la puerta y miró por la rendija. Esta vez solo veía rojo. No podía distinguir nada más que un color rojo apagado, inmóvil. Pensó que tal vez quienes dormían en el cuarto sabían que los espió la noche anterior y probablemente taparon la rendija con algo rojo. Se sintió avergonzado de haber hecho sentir a la mujer tan incómoda y esperó que no presentara una queja.

Para este punto el sujeto decidió consultar a la recepcionista. Tras un gentil suspiro, ella preguntó: «¿Viste por la puerta?». Él le dijo que sí, y la recepcionista continuó: «Bueno, supongo que puedo contarte la historia. Hace mucho tiempo, un hombre asesinó a su esposa ahí. Descubrimos que, incluso hasta la fecha, las personas se incomodan al alojarse en ese cuarto. Pero esta pareja no era ordinaria. Su piel era completamente blanca, excepto por sus ojos, que eran rojos».

Mi miedo al agua

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Siempre he tenido un miedo exagerado a ser sumergido completamente en agua. No es que no sepa nadar o algo parecido; mi padre me hizo aprender. Dijo que casi muero ahogado cuando era muy pequeño.

Tengo miedo de ello porque, desde que puedo recordar, siempre que estoy bajo el agua y volteo hacia la superficie, veo a una mujer inclinándose hacia mí, con una cálida sonrisa, un cabello dorado brillante y ojos color azul oscuro. Incluso si estoy en una bañera. Se ha hecho normal para mí, pero aún no he podido acostumbrarme.

Nunca lo discutí con mi papá de niño, pero sí le pregunté acerca de mi madre. Él se mostraba muy reservado con el tema, a veces hasta se enojaba conmigo por insistir demasiado. Fue solo hasta hace unas semanas que le describí esta aparición. Por poco y chocamos contra una cabina telefónica; obviamente sabía algo al respecto. Le pregunté, de nuevo, acerca de mi madre. Todavía no me dijo mucho, excepto que murió cuando yo era muy joven, y que me amaba. También admitió que su cabello y ojos eran de esos colores, como los míos.

Así que hice un poco de investigación por mi cuenta, obteniendo su nombre de mi partida de nacimiento y buscando cualquier referencia que pudiera, cualquier noticia sobre un niño casi ahogándose, cualquier cosa. En su mayoría quería una fotografía, algo que pudiera comparar con mi ángel guardián.

Hoy, escondido en nuestra biblioteca local, lo encontré:

WINCHESTER: María Blanco, 28, perdió la vida ahogada ayer por la noche tras saltarse una cerca de alambre y escapar hacia un embalse cercano. Un funeral ha sido planificado por la familia para el veinticinco. María fue recluida desde hace seis meses luego de haber sido encontrada «inocente» de intento de asesinato argumentando demencia. Su esposo, Daniel Blanco, había actuado con la rapidez suficiente para salvar a su hijo cuando la encontró tratando de ahogarlo en su bañera.

Relámpago

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Acabábamos de mudarnos a una pequeña casa rústica en los suburbios. Residencial Cuento de Hadas: tranquilo, vecinos agradables, vallas de palets. Baste decir que este sería un nuevo comienzo para mí, un padre soltero reciente, y mi hijo de tres años. El momento para dejar atrás el drama y estrés del año pasado.

Tomé la tormenta como una metáfora para este nuevo comienzo: un último espectáculo teatral antes de que la mugre y suciedad fueran arrasadas. A mi hijo le encantó, en todo caso, aun cuando se fue la luz. Era la primera gran tormenta que había visto. Destellos de relámpagos iluminaban los cuartos semi desocupados de la casa, dándole sombras largas y espeluznantes a las cajas de mudanza, y él saltaba en su lugar y gritaba en lo que los truenos retumbaban. No se dispuso a irse a la cama hasta altas horas de la noche.

La mañana siguiente lo encontré despierto en su cama, sonriente.

—¡Vi los relámpagos en mi ventana! —anunció orgullosamente.

Unos días más tarde, me contó lo mismo.

—No seas bobo —le dije—. No llovió anoche, ¡solo estabas soñando!

—Ah... —Se le veía en cierta forma desalentado. Revolví su cabello y le dije que no se preocupara, que debería haber otra tormenta pronto.

Luego se convirtió en un patrón. Me diría cómo vio los relámpagos fuera de su ventana al menos dos veces a la semana, a pesar de que no hubiera llovido. Sueños recurrentes de esa primera y memorable tormenta, pensé.

En retrospectiva es fácil odiarme. Todos me aseguran que no hubo nada que pudiera hacer, ninguna forma de poder saberlo. Pero se supone que debo ser el guardián de mi hijo, y esas son palabras de consuelo inútiles. Frecuentemente revivo esa mañana: haciéndome un café, vertiendo leche en mi cereal y recogiendo el periódico para leer acerca del pedófilo local que las autoridades acababan de arrestar. Era material de primera plana. Aparentemente, este hombre escogía un blanco joven al azar (por lo común un varón), merodeaba su casa por un tiempo y tomaba fotografías de él por la ventana mientras dormía. A veces iba más lejos. Mi estómago se contrajo en lo que hacía la conexión.

En aquel momento, era apenas algo salido de la imaginación de un niño. En retrospectiva, es la cosa más aterradora que he leído.

Alrededor de una semana antes de que el predador fuera capturado, mi hijo se me acercó en su pijama.

—Adivina qué —me preguntó.

—¿Qué?

—¡No hay más relámpagos en mi ventana!

Le seguí la corriente.

—Ah, qué bien. De vuelta a la normalidad, ¿eh?

—¡No, ahora están en mi armario!

Aún tengo que ver las fotografías que la policía ha recuperado.

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