Lloré casi toda la noche, y mis lágrimas me enfurecieron aún más. Con Jonathan. Conmigo misma. Con Harry y Caroline. Un segundo creía a Harry y al siguiente no. ¿Indicaba eso que era tan tonta como mi madre? Peor aún, ¿me convertía en la misma tonta Miranda que había sido antes?

Me dije que no. No confiaba en Harry del todo.

Infidelidad… ¿Por qué se les daba tan bien a los hombres? ¿Por qué creían que estaba bien pisotear el corazón de una mujer mintiéndole y entregando lo mejor de sí mismos a mujeres distintas de su esposa? No estaba bien. No era aceptable. Era repugnante, irrespetuoso, vil y lamentable.

Cuando Harry llegó la mañana siguiente aún tenía los ojos rojos e hinchados. Odiaba tener que ir de viaje. Había demasiado que hacer: seguir a Nora, sacar fotos de ella con mi padrastro y, por supuesto, lo más importante de la lista, matar a Jonathan.

Pero tal vez el viaje me iría bien. Harry era una buena distracción. Además, mi madre no dejaba de telefonear y estaba ignorando sus llamadas. No podía mentirle y decir que no había descubierto nada, pero no podía contarle lo que había descubierto.

Aún no. Lo haría cuando ella no pudiera negarlo.

Le abrí la puerta a Harry. Llevaba unas cuatro docenas de orquídeas en los brazos, una mezcla de flores amarillas, blancas, rosas y azules. ¡Azules!

Sorprendida, me quedé un momento sin habla.

—Para ti —dijo—. Sé que el azul es tu color favorito, así que hice que tiñeran algunos pétalos.

Debía tener una expresión horrorizada cuando acepté el ramo como si fuera una bomba a punto de explotar. Richard el Bastardo siempre me llevaba flores, rojas rosas, después de hacer algo malo.

Aún así, me aleteó el corazón. Harry se había esforzado mucho, había pensado en mis preferencias. Y sospeché que lo había hecho para que me sintiera mejor, no para ocultar su mal comportamiento.

—Tuve que buscar en todo el maldito estado para encontrarlas —dijo.

—Son preciosas —murmuré—. Gracias.

—Si empiezas a llorar, tendré que arrancarme el corazón y entregártelo. ¿Cómo te encuentras? —sonrió, travieso—. Iba a regalarte una lista de cosas que hacer, pero eran todas bastante picantes, y prefiero esperar a que estés más receptiva.

Me reí; no pude evitarlo. Y me gustó olvidar mis problemas, relajar mis tensiones y disfrutar de él.

—¿Vas a invitarme a entrar? —preguntó Harry—. Tengo otro regalo para ti.

—Oh, claro. Entra. ¿Qué clase de regalo? —no pude ocultar mi entusiasmo.

—Para ti —dijo, poniendo un reluciente PDA nuevo en mi mano.

¡Maldito e infernal aparato!

—Vi que al tuyo le habían salido alas y había volado por la ventana; pensé que te gustaría tener otro.

—Vaya, gracias.

—¿Estás lista para marcharnos?

—Deja que ponga las flores en agua —sin mirar atras, fui a la cocina. Una vez allí, metí la agenda electrónica bajo un montón de revistas, de donde no volvería a salir, y coloqué las orquídeas en mi jarrón favorito. Cerré los ojos e inhalé con placer su fresco y delicioso aroma.

Me gustaba que Harry se hubiera molestado tanto por mí. Pero también lo odiaba. Empezaba a sentirme reblandecida por dentro.

Coloqué el jarrón en el centro de la mesa y luego trasladé a la encimera los claveles rosas que mi padrastro me había enviado esa mañana. No sabía por qué los había conservado. Tal vez para recordarme que en realidad el era un sándwich de pavo en pan de centeno oculto bajo una cobertura de chocolate. En la tarjeta, me felicitaba por haber conseguido un proyecto tan lucrativo y me sugería que rellenara una solicitud para convertirme en la señora de Harry Styles. También pedía disculpas por presionarme para que volviera con Richard.

¿Cómo podía ser tan dulce y al mismo tiempo tratar tan mal a mi madre?

—¿Quién te ha enviado ésas? —preguntó Harry a mi espalda. Estaba tan cerca que sentí su calor. Apoyó las manos en la encimera, desde detrás, atrapándome con su cuerpo.

Tragué saliva. Me estremecí.

Me lamí los labios y es posible que, y no es una confesión, que arqueara un poco la espalda para que la mejor parte de él rozara mi trasero. El deseo me asaltó como rizos sedosos que se curvaban a mi alrededor. Habrá bajado las defensas y no sabía si era por el carrusel emocional de los últimos días o porque estaba destinada a responder a Harry pasara lo que pasara. Fuera por lo que fuera, lo deseaba.

Tal vez debería hacerme un replanteamiento sexual. Tal vez estar con él antes de la fiesta de su madre no sería tan mala idea.

—¿Quién me ha enviado qué?

Él se inclinó hacia delante y su fragancia de sándalo me rodeó con tanta fuerza como su calor.

—Eso —dijo con tono airado. Señaló los claveles.

—No es asunto tuyo —por lo visto tenía otro ataque de celos. Volví la cabeza para ver qué efecto tenían mis palabras. Ante mis ojos, la expresión serena de Harry se volvió oscura y furiosa.

—¿Quién te envía flores, Miranda? ¿Estás saliendo con otra persona?

Estudié la línea dura de su mandíbula. Se había puesto celoso cuando creyó que flirteaba con Louis, pero esto era distinto. Más potente. Crudo. Igual que había pasado antes, una parte de mí disfrutaba al pensar que ese hombre tan sexy y maravilloso se sintiera posesivo con respecto a mí.

—Como ya he dicho, Harry, no es asunto tuyo —tal vez jugara con fuego al pincharlo, pero en cierto sentido me atraía la idea de quemarme.

—¿Quién es él? Tengo derecho a saberlo. ¿Estás viendo a otro?

Apreté los labios, negándome a contestar. Una vena empezó a latir en la sien de Harry. Pensé que si apretaba más los dientes se le partiría la mandíbula. ¿Era cruel disfrutar tanto con su reacción?

Mi ex, que ojalá acabara en una isla desierta acompañado por un enjambre de abejas asesinas, había sido un hombre celoso, pero sus celos habían sido acusadores, insultantes, no posesivos.

Sintiéndome temeraria y peligrosa, arranqué un pétalo de un clavel e inhalé su aroma con deleite.

Beautiful mess (Harry Styles)¡Lee esta historia GRATIS!