Micromundo

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Mil años atrás, la Tierra  quedó en ruinas

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Mil años atrás, la Tierra quedó en ruinas. No se recuerda con certeza qué la transformó en un planeta inhóspito. Tal vez fue una guerra que lo arrasó todo; tal vez su núcleo se desestabilizó y ello generó un cataclismo.

La humanidad se vio obligada a abandonar su hogar a bordo de naves espaciales llamadas arcas. Por supuesto, no todos lograron embarcar y la población mundial se vio terriblemente diezmada. Aunque, tal vez, aquello fuera para bien, a fin de cuentas, siglos después, las arcas estaban comenzando a fallar y resultaba cada vez más complejo mantenerlas en movimiento. Los recursos se agotaban y las penurias llevaban azotándonos varias décadas.

El objetivo de nuestra travesía era simple y claro: encontrar un nuevo planeta habitable, la Tierra Prometida. ¿Fácil? Desde luego que no. Siglos después de haber abandonado la Vía Láctea y miles de planetas atrás, la raza humana seguía huérfana. Ninguno reunía las condiciones para albergar vida, al menos, no la vida tal y como la conocíamos, ya que los organismos que encontramos poseían una bioquímica incompatible con la nuestra.

Muchos de los nuestros sostenían que la Tierra era única; no importaba que viajáramos a los confines del universo, nunca encontraríamos otro hogar. Algunas arcas abandonaron la búsqueda y prefirieron orbitar alrededor de planetas inhóspitos hasta que sus recursos se agotaran. Otros, continuamos con nuestro viaje.

En el Arca 105017, en el año 994 desde que partiéramos de la Tierra, vivió una mujer llamada Moa Pearton, una científica que arriesgó su vida para guiar a la humanidad hacia un nuevo mundo.

—Vale, bien, de acuerdo. Hoy es el día, Moa —dijo mientras se miraba al espejo—. Si no consigues demostrar tu teoría, te echarán del arca por una escotilla y morirás en el espacio. ¡Bum! —soltó una risita histérica y llevó la mano hacia un bote de pastillas—. No, no, no. Ya has tomado tu dosis diaria y cada vez cuesta más obtenerlas. Saca pecho y enfréntate a tus miedos solita.

Salió de su diminuto cubículo que constaba de poco más que una cama y una zona de aseo. La comida y otros servicios se realizaban en las áreas comunes de la nave. Caminó con rapidez hacia su puesto de trabajo en el laboratorio de Ciencias Aplicadas aislado del resto de la nave. En el arca no podían permitirse una fuga o contaminación. Los recursos para remediarlo no abundaban precisamente.

Pasó frente a la Biblioteca Genética que contenía el genoma de todas las especies de la Tierra para estudiarlos y clonarlos para proporcionar alimento y servicios. Aunque el objetivo final sería usar su ADN para repoblar el nuevo planeta y reproducir su flora y fauna.

Lo que nadie sabía en la nave era que Moa se había tomado la libertad de extraer algunos de esos genomas y replicarlos por su cuenta para realizar un pequeño experimento. Y más le valía que no se enteraran hasta poder probar su teoría...

Cumplió con el trabajo asignado y permaneció varias horas en las instalaciones en labores de esterilización. Se dio prisa en terminar y, una vez sola, abrió un compartimento asignado a ella. Sacó una esfera de metacrilato del tamaño de su puño y se apresuró a llevarla al microscopio holográfico. Apuntó el objetivo y la cámara conectada al equipo mostró un holograma en tres dimensiones de lo que había en el interior. Pudo ver las bacterias y células eucariotas flotar en el medio acuoso. Al hacer zoom, encontró muestras de biomoléculas como proteínas, lípidos, azúcares y ácidos nucleicos. Todo lo necesario para que aquellos organismos microscópicos pudieran subsistir por sí mismos.

Entusiasmada, llevó la esfera al espectrofotómetro y, con dedos trémulos, programó la máquina para realizar la lectura de las moléculas que contenía.

Una hora después, el examen se completó. Los resultados eran prometedores: el aire contenía las proporciones adecuadas de oxígeno y otros gases. Además, el nivel de vida era alto y las biomoléculas disueltas en el medio eran más que suficientes.

Tras meses de pruebas, había logrado crear su micromundo.

Su júbilo duró poco ya que pronto irrumpieron en las instalaciones un grupo de soldados apuntándola con sus armas. Moa solo tuvo tiempo de agarrar con firmeza su esfera y acompañarlos temblorosa.

La joven no se había percatado de la gran cantidad de tiempo que había pasado realizando sus pruebas aquella tarde. Habían notado su ausencia en las áreas comunes al no haber pasado el chip intradérmico por los sensores a la salida del laboratorio o entrada al comedor.

Los siguientes días fueron confusos en la nave. Se rumoreaba que una científica loca había estado malgastando recursos y muchos pidieron su muerte. Mientras, Moa pasaba el tiempo en una celda esperando a que el consejo del arca tomara una decisión y se preguntaba si su teoría funcionaría.

Hoy estoy aquí para decirte que funcionó. El micromundo de Moa pudo extrapolarse a un planeta anteriormente descartado que reunía condiciones básicas para poder ser colonizado pero no para albergar vida por sí mismo.

Al añadir los "ingredientes preparados" pudimos dar pasos de varios millones de años en la evolución. Primero se lanzaron cápsulas de bacterias anaerobias que produjeron suficiente oxígeno para que los niveles fueran aptos para la vida. Después se enviaron células vegetales que iniciaron rápidamente la fotosíntesis y generaron productos orgánicos que sirvieron de alimento para células heterótrofas. Posteriormente, pudieron añadirse pequeños organismos pluricelulares que fueron aumentando de complejidad con los años recreando el orden que hubo una vez en la Tierra.

Animados por esta perspectiva, los científicos introdujeron especies vegetales pluricelulares para que colonizaran los suelos. Luego llegaron los animales herbívoros que se alimentaron de sus tejidos y los carnívoros de estos últimos. Los niveles de oxígeno se estabilizaron, el suelo quedó cubierto de verde y los océanos se llenaron de vida.

Mucho tiempo después de la muerte de Moa, la humanidad pisó de nuevo tierra húmeda, hierba y roca.

Ningún planeta reemplazaría jamás a la Tierra, pero nunca jamás nos condenaríamos a la helada soledad del espacio.

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