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Los días siguientes, Lilly y los chicos del salón de computo comprobaron el cambio que empezaba a darse, tanto en la castaña como en ellos.

El grupo no estaba muy acostumbrado a dejarse ver fuera del salón, sobre todo cuando eran los tiempos de descanso; no obstante, Lilly les animaba a pasar tiempo en el exterior, y a cambio, hacía lo posible por aprender a jugar aquel extraño videojuego de computadora en el que necesitaban ayuda.

Su relación se basaba en un dar y recibir que los mantenía bien a todos, lo que en poco tiempo fue haciendo que la chica se sintiera cómoda con esas personas.

Si alguien le hubiera dicho que iba a terminar comiendo junto a Sonia, Graciela o Eduardo, lo primero que le habría dicho a esa persona es que estaba loco y necesitaba una revisión de la cabeza.

Por fortuna, había comprobado en esos días que las cosas no siempre eran como parecían y que, a pesar de lo extrañas que se habían tornado, podía decir con total seguridad que le alegraba haberle dado una oportunidad a ese peculiar grupo de amigos.

—Lilly, ¿Puedes ayudarme con la lección de Historia? De verdad que no entiendo porque los franceses terminaron matando a sus reyes, como si fueran gallinas listas para un caldo.

La mirada de Eduardo pronto se suavizó. Un factor que, los primeros días, desconcertó mucho a Lilly.

Nunca había pensado, que el chico pudiera comportarse de esa forma que, asociaba más con Sonia, para poder recibir algo a cambio.

Su hermano no se quedaba atrás, pero este prefería persuadir por medios más convencionales.

—Vamos, Lil. Que dices, ¿Nos ayudas? —. Lorenzo se acercó con lentitud, a donde la chica estaba sentada. A pesar de su imponente imagen, ella había descubierto que ambos eran bastante simpáticos, y, por qué negarlo, poseían cierto atractivo de chicos rebeldes—. A cambio, nosotros podríamos hacer algo por ti.

A su lado, Sonia se llevo la mano a la boca y reprimió la risita que amenazaba con salir de su boca. La chica también había aprendido a convivir con Lilly y viceversa, lo que había hecho que los silencios incómodos entre las dos se hicieran menos largos.

Poco a poco, todos comenzaban a confiar en ella.

Todos menos Ignacio.

Desde su llegada al salón de cómputo, el chico la había estado evitando. Solo entraba al aula cuando tenían una partida del juego o cuando necesitaba hablar con otro de sus compañeros, pero nada más.

Era claro que el todavía no la aceptaba dentro de su grupo, por lo que ella, en varias ocasiones, le había expresado su malestar a Monse y a Graciela.

La primera siempre le restaba importancia al asunto, y la segunda, cuando vio que las palabras de la chica cobraron fuerza, se la llevo al baño de mujeres y le contó su historia.

—No te preocupes por él. Cuando comencé a pasar los recesos con todos ellos, el fue el último que dejo de molestarme. Siempre ha sido un celoso de lo peor con sus amigos, así que no le des mucha importancia—. La chica de mechas rubias le sonrió—. Ya verás que poco a poco se le va a ir pasando.

Eso esperaba Lilly.

No quería ser responsable de otra separación entre amigos. Suficiente tenía con Mimí.

—Les voy a ayudar, pero primero deben prometer que van a poder atención a lo que les voy a decir, ¿Ok? —, la castaña se llevo las manos a la cintura—, y eso significa que no pueden distraerse con celulares, en las computadoras o con cualquier cosa que tengan cerca.

—¡Sí, señora! —, dijeron los tres al unisonó.

Lilly arrugó el ceño y suspiró.

—¿Tú también, Sonia?... Ok. Sera mejor que me ponga a explicarles, el segundo parcial de Historia es el jueves, y si no pasan estoy segura de que la profesora los va a mandar a extra.

—Siempre—, dijeron ambos hermanos—. Lo que es ella, el de mate y la de ingles, siempre nos lanzan a hacer los extras de sus materias.

—Bueno, y si siempre les pasa, ¿Por qué no han hecho algo?

—¿Cómo qué? —, preguntó Lorenzo.

—Podrían pedir una que otra asesoría, o trabajos adicionales.

Ante sus palabras, Lorenzo soltó una ruidosa carcajada y su hermano negó un par de veces, antes de hablar.

—No eres la primera que nos dice eso. El problema es que los maestros nunca tienen tiempo para nosotros.

Abriendo los ojos un poco más, la castaña arrugó en ceño.

—¿Cómo? ¿Ya han pedido ayuda, y se las han negado?

Lorenzo se rascó la cabeza.

—Yo no diría negado; más bien, tenemos la teoría de que nos tienen miedo—. Su hermano lo señalo con el índice y asintió—. Sí. Creo que los rumores sobre nosotros se han vuelto un poco exagerados.

—¿Y no han intentado aclarar las cosas? Porque algo así podría causarles problemas, sobre todo si llegan a cambiar de escuela una vez más.

—Na. Eso no va a pasar—, dijo Eduardo mientras se alborotaba los cabellos—. El sub director es un buen amigo de papá, además, el sabe cómo somos. No se deja llevar por lo que dicen los demás.

Lilly suspiró.

—Bueno, eso está bien, pero, ¿No se sienten mal de que les tengan miedo?

Lorenzo negó, pasándole una mano por los hombros a Sonia.

—No, ¿Por qué tendríamos que sentirnos mal? Mientras nuestros amigos sepan cómo somos y nos acepten, no hay ningún problema... ¿O tú qué dices, Toño?

La voz de Antonio resonó en el oído derecho de Lilly. No se había percatado de que el chico había llegado, por lo que su cercanía le erizó la piel.

—Totalmente de acuerdo contigo.


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