Capítulo 24

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La mujer de ojos azules


Los ánimos de Yuhëen no tardaron en sufrir una modificación, e incluso los chicos pudieron notar que la álfyr ya no se hallaba tan decaída como antes. Era claro que la decisión que habían tomado la había puesto de ese humor, pero lo que no podían creer era que tanto ella como Lumbërt estuvieran tan esperanzados con el hecho de que hubieran decidido quedarse. Ninguno sabía pelear y mucho menos conocían los alcances de los dones que les había concedido Ancör, por lo que no estaban seguros de si en verdad se merecían la confianza que habían depositado en ellos.

Por otro lado, Anna no podía ocultar la contrariedad que sentía. Ni ella ni Madison querían que se quedaran, pero viendo que no podían hacer nada por cambiar sus palabras se limitaban a cuchichear en la habitación de la mujer o en el comedor, cuando nadie más se hallaba cerca. La morocha había vuelto a retomar su entrenamiento con su cuidadora, por lo que las veces que podían verla eran cada vez más contadas, haciendo que los muchachos se sintieran un tanto mal por haber elegido darles la espalda y quedarse.

Todos menos Elliot.

El chico de cabellos negros estaba convencido de que Anna sabía algo sobre su familia, pero por más que le preguntaba esta no le revelaba nada al respecto. Madison alegaba que a ella no le había dicho ni una sola palabra sobre el tema, así que la única opción que le quedaba era esperar a que las gemelas llegaran.

—Bien, Madison... Creo que ya controlas mejor tus sombras, pero todavía necesitas tener cuidado con ellas. Acuérdate que no puedes tomar a la ligera tu elemento, aunque sea un compuesto gaseoso... Puede causar más daño del que te imaginas.

—Lo sé. Ya lo he visto en acción —, la joven se pasó un trozo de tela por la frente para limpiar el sudor que le corría. Tanto su rostro como su cuello estaban empapados. — Al principio creí que de verdad era como el aire, pero mientras más lo manejó más me doy cuenta de que se parece al agua. Es como si una corriente de líquido negro saliera de mis manos.

—No sale de tus manos. Todos y cada uno de los dones que nos brinda Ancör vienen de él, nosotros todo lo que hacemos es extraerlo, moldearlo y usarlo para nuestros propósitos... Somos algo así como intermediarios.

La morocha asintió y extendió su mano, permitiendo que el mismo material brumoso se formara en su mano, tomando la forma de una esfera para después lanzarla hacía una pared alejada de ellas. El material chocó, dejando un hoyo de tamaño considerable sobre la construcción.

—Lo que yo no entiendo es, ¿Por qué me hormiguean las manos cuando uso las sombras? No sé. No me siento cansada, pero cada vez que sacó un poco de ellas me da la impresión de que mis brazos se duermen.

—Eso es porque estas abusando de tu don —. Anna apareció una mota de luz y sonrió. — Nosotros no debemos desperdiciar el fragmento de elemento que se nos concede. Necesitas aprender a usar poco y a que vuelva a ti... Y eso del hormigueo es porque estas cansada. Si no me crees fíjate en la cantidad de tiempo que estas durmiendo. En la tierra descansabas menos que aquí.

La morocha le dedicó una sonrisa en forma de disculpa a su mentora, después tomó asiento junto a la pared y suspiro.

—¿Tú sabes para que nos quiere ver Yuhëen hoy? Desde hace días he notado que han estado llegando más creaturas a Elid, y los demás dicen que el otro día les presentaron a unos de ellos... ¿Por qué crees que lo hace?

—Conociendo a Yuhëen, estoy segura de que está armando todo para que los chicos comiencen su entrenamiento... Es lógico, ahora que ya aceptaron, los guardianes han de haber mandado a sus mejores instructores para que los ayuden a dominar sus habilidades.

A la mención del entrenamiento, Madison lanzó un suspiro y se encogió de hombros, dejando salir un pensamiento que iba más para ella que para Anna.

—¿A mí también me van a mandar con alguien más?

—No.

La joven posó su vista en su amiga y habló una vez más.

—Pero, Anna, tú manejas la luz y yo las sombras. No creo que Yuhëen vaya a permitir que me quede contigo todo el rato... Necesitamos estar preparadas para cualquier cosa y...

—No te preocupes, de eso me encargo yo.

Viendo que la castaña no iba a dejar que siguiera ahondando en el tema, Madison alzó una ceja y agregó.

—Por cierto, ¿Estás segura de que Lumbërt es de fiar?

—¿Por qué? ¿Otra vez te dijo algo sobre la otra palabra que oíste dentro de las puertas?

—No, pero a veces me da la impresión de que quiere volver a tocar el tema.

Anna suspiro y se cruzó de brazos.

—No creo que él sea un problema, pero por si las dudas evita volver a pensar sobre aquella palabra... Sobre todo cuando las gemelas vuelvan de su encargo.

—Está bien.


La leyenda de la dama de la noche Vol.I - ANCÖR ©¡Lee esta historia GRATIS!