Capítulo 1 - Adolescencia insufrible

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El 20 de agosto de 1998 nació una inquieta, aunque adorable, criatura de pelo azabache como la más oscura noche de invierno. Nada más nacer, sus pequeños y brillantes ojitos grisáceos,  del color de la lluvia en las calles de la ciudad, te miraban curiosos, con unas ganas de vivir patentes en la luz que había detrás.  A esta niña la llamaron Adrienne.

Su infancia no fue muy distinta a la de los demás: fue y sigue siendo una chica corriente. 

O eso es lo que ella cree.

La noche del día de su décimo cumpleaños decidió hacer una fiesta en el jardín trasero de su casita de campo, invitando a todos sus amigos, a su hermano Jordan y a Gawen, que era casi como su otro hermano.

Cuando tocaron las campanas de una iglesia cercana anunciando el intervalo mágico entre dos días consecutivos,  la medianoche, Adrienne contempló pasar, como una exhalación,  toda su vida pasada hasta entonces, con tantos detalles ocultos y sensaciones, que estuvo a punto de vomitar del mareo que sentía. A partir de ese momento no había una noche en la que no sufriera de macabras pesadillas que le impedían conciliar el sueño.

Unos años después,  consiguió controlarlas hasta que se volvieron imágenes que la atacaban deliberadamente durante el día: ya fuera mientras estaba en clase o andando tranquilamente por Stadtpark.

A los quince años ya se había acostumbrado lo suficiente a ellas como para dejar espacio a otras cosas, como por ejemplo: el instituto.

En toda clase siempre está el típico chico guaperas y ese, sin duda, era Mason: esbelto, ojos hipnotizantes, sonrisa empalagosa y con un rostro demasiado afilado para mi gusto. A su lado siempre estaba Kael, que hacía de guardaespaldas y eterno compañero, siéndole fiel como un perro al que has criado desde cachorro. Mason era un canalla, siempre con todas esas chicas alrededor enfatizando su ego, que ya estaba suficientemente alto, pero Kael era la bondad y el amor en persona, aunque con un toque de timidez, siempre dispuesto a ayudar. 

Mi punto de vista cambió con el tiempo.

Un día dejó de hablarme y de mirarme, tampoco es que tuviera tiempo, ya que no había un segundo en el que no se comiera a Geena con la mirada, esa chica tan odiosa e impertinente que había llegado a mitad de curso ese mismo año. Con su cuerpo, sus curvas y su pelo rubio platino de bote, Kael se había atontado, muy a mi pesar, de por vida.

El cabello de él, liso, largo y con flequillo, había sido cortado, por mandato de esa bruja, hasta llevar ambos lados de la cabeza casi rapados con una moña voluminosa que se balanceaba hacia sus ojos ambarinos. Todo el aire hippie y amable que se apoderaba de él, se había reducido hasta esfumarse casi por completo.

Afortunadamente, ahí estaba Gawen, que permanecía junto a mí en tiempos de necesidad, siendo el hombro en el que podía llorar, por así decirlo.

Siempre he sido un tanto diferente, con mi propia personalidad de la que no paran de mofarse (entre otras cosas), pero así fue como hace siete años le conocí. Un chico que me hizo sentir normal y diferente al mismo tiempo, como en esas películas que emitían todos los fines de semana en la televisión nacional, que separan a dos hermanos al nacer y al cabo de un tiempo se reencontraban: yo me sentía así con Gawen.

Todo parecía como un triángulo amoroso de culebrón, o como les ocurrió a Ginebra, Arturo y Lancelot en sus tiempos. Un buen hombre, Joseph Crowley, mi padre, me decía que, cuando las cosas se pusieran mal,  pensara y actuara como un personaje célebre, como el rey Salomón cuando dos madres reclamaron al mismo niño. 

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