Aquesta tarda

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No era sospechoso que Pablo estuviera allí porque todo el mundo sabía que él y Alberto eran buenos amigos, pero cada vez que iba a verle a su casa se sentía incómodo por si se encontraba con Albert. Aquel día llegaba del súper y traía unas cervezas y algunas cosas que Alberto necesitaba, así que había, prácticamente, rezado para no cruzárselo. Pero, mientras esperaba impaciente a que el ascensor llegara, escuchó abrirse la puerta. En ese momento suplicó mirando al techo del portal "que sea cualquier otra persona". Aunque tuviera que explicar que era amigo de Alberto, aunque tuviera que ver algún titular al día siguiente con cachondeo o insinuaciones de confluencia. "Que sea cualquier otra persona por favor." No quería darse la vuelta, pero reconocería aquella voz en cualquier idioma.

-Quants dies falten? D'acord, però ... perdó, no puc parlar ara, després et truco. Un petó.
(T: ¿Cuántos días faltan? Vale, pero... perdón, no puedo hablar ahora, luego te llamo. Un beso.)

-No tenías por qué colgar.

-No, no importa, está bien.

Pablo miró el indicador del ascensor, aún venía por el tercer piso. Volvieron a mirarse. Que los dos estaban incómodos era evidente, pero aunque era obvio que lo sabía, parecía que Albert aún no hubiera pensado conscientemente en qué hacía allí el coletas. Cuando la puerta del ascensor se abrió, el catalán esperó a que Pablo entrara, éste posó en el suelo las bolsas del súper. Fueron unos brevísimos segundos, pero no pudo controlar su mirada, que se fue directa a los pantalones de Albert. Al levantarse lo miró a la cara y pudo ver en su sonrisa que aunque Albert hubiera tenido los ojos cerrados habría notado la mirada de Pablo clavada en su polla.

-No saps el que t'estàs perdent. O sí que ho saps i per això tens aquesta cara de penediment al mirar-me el paquet.
(T: No sabes lo que te estás perdiendo. O sí lo sabes y por eso tienes esa cara de arrepentimiento al mirarme al paquete.)

-Para.

El ascensor no era precisamente grande y Albert solo necesitó dar un paso para acorralar a Pablo contra el espejo, al tiempo que pulsó el botón de stop del ascensor. Pablo nunca había visto antes un ascensor que tuviera ese botón, creía que solo salía en las películas, así que no pudo más que pensar que todos los dioses y fuerzas del universo conspiraban contra él. Seguro que no estaba allí diez minutos antes y había surgido como por arte de magia. "Pablo céntrate" se dijo a sí mismo haciendo aspavientos mentales a esos pensamientos.

- Sempre t'ha agradat molt que et parli en català.-Pablo había intentado detenerlo al principio, pero Albert tenía razón. Que hablara en su lengua materna solo para él siempre había hecho que le apretaran los calzoncillos, así que el de Ciudadanos no tuvo dificultad para liberarse de sus manos y meter las suyas propias bajo la camiseta del vallecano. Sabía que Pablo se había empalmado, se lo notaba en la cara, así que juntó sus entrepiernas para que supiera que lo sabía, acercó sus labios a su oído e hizo a Pablo perder el control de su cuerpo con un susurro- No té per què assabentar-se.
(T: Siempre te ha gustado mucho que te hable en catalán.-(...)-No tiene por qué enterarse.)

El cálido aliento en su oído, el pellizco en su pezón, y la sola idea de lo que podía suceder en aquel ascensor, hicieron a partes iguales que las piernas de Pablo temblaran y Albert tuvo que sostenerle con su pelvis contra el espejo para que no se escurriera hacia abajo.

-Què et passa? L'Alberto et tracta com a una princeseta i ja no aguantes ni un sol assalt?
(T: ¿Qué te pasa? ¿Alberto te trata como a una princesita y ya no aguantas ni un solo asalto?)

Pablo recordó a Alberto de repente. Empujó a Albert para alejarlo de él y puso el ascensor en marcha, carraspeando y colocándose bien la camiseta. No sabía qué le pasaba con Albert, pero le había domado. Todo su temple, carácter sereno y actitud dominante se desvanecían, dando lugar a un Pablo nervioso, pequeñito. No podía decir que no le gustara que le llevara a aquel terreno, a veces lo simulaba él mismo, sobre todo cuando estaba con chicas, le gustaba ser el sumiso cuando estaba con chicas, pero también lo había simulado con el mismo Albert, y éste nunca había asumido bien el papel de dominante. No le salía natural. Hasta que Pablo le dejó. Desde que lo habían dejado Albert se había vuelto increíblemente magnético, ya no había rastro del cachorrillo asustado que era la primera vez que se besaron, que Pablo le besó.

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