Capítulo I

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- ¡Alan, despierta!...¡Alan!-

Abrí los ojos lentamente. Notaba cómo mis pesados parpados trataban de impedirmelo, cómo intentaban que volviera al dulce mundo de los sueños. Tenía el cuerpo empapado en un sudor frío, típico de la fiebre. Mientras me adaptaba a la oscuridad que me rodeaba, noté como una delgada mano, tiraba de mi brazo y me obligaba a incorporarme.

- Tenemos que escapar. No podemos seguir aquí.-

Alzé la vista y logré distinguir el agitado rostro de una chica. Tenía los ojos de un verde muy intenso, una nariz angulosa y unos finos labios. Su tez era blanca como la nieve. Se atisbaba la belleza de la muchacha a pesar de la expresión de nerviosismo que le recorría toda la cara. Más allá de ella pude reconocer lo que era una pared de piedra tosca, hacia la izquierda. En el otro lado había unos barrotes de plomo, varios de ellos formando una puerta entreabierta.

-¿Estoy en la cárcel?- Pregunté
- Vaya, tenemos aquí a todo un lumbreras. Sí, estas en la cárcel. Estoy aquí para sacarte antes de que nos alcancen. Y no me estas ayudando mucho- Respondió
-¿Nos alcancen? ¿Quié...?
-Por el amor de Dios, calla y sígueme Alan. Tenemos prisa.- Me cortó la chica

Dudé por un segundo, pero mi instinto me dijo que hiciera caso a lo que me decía. Al menos de momento. Hasta ahora no me había dado cuenta, pero la voz me resultaba familiar. Solo que no conseguía encontrar a quién pertenecía. Tenía un lio tremendo en la cabeza, como si la noche anterior hubiera desaparecido de mi mente. Cuanto más me esforzaba en recordar más lejos se iban los pensamientos y más dolor acudía a mi.

- ¿Crees que podrás correr?- Preguntó ella mientras comenzó a tirar de mí.
- Supongo ... que vamos ... a comprobarlo - Respondí sin aliento.
- Punto número dos para el lumbreras - Me vaciló ella

La chica misteriosa abrió por completo la puerta de la celda y la cruzamos. Salimos a una galería de varias plantas, todas ellas con celdas. Podría haber unas veinte o treinta en cada planta, y a pesar de ello todas parecían desocupadas. La sala entera estaba cubierta de polvo, como si no hubiera entrado nadie en años. Allí abajo lo único que se escuchaba eran nuestros pasos y el eco que provocaban. Al final de nuestro camino se podían apreciar una luz y una puerta, con un letrero encima : EXIT. Ella llegó primero y empujó una barra que cruzaba la puerta, pero no cedió

- No íbamos a tener tanta suerte, ¿verdad? - Dijo ella
- ¿Me vas a decir porqué estoy aquí?- Le grité
-Tendremos que buscar otra salida. Espero que sepas escalar - Respondió, ignorandome - Vamos a trepar por las celdas.
- Oh, vaya, mi dia de suerte - Dije con desdén

Comenzó a subir por una celda, apoyando el pie en una especie de saliente que tenia en la puerta. Yo la seguí. Después de un par de plantas, el esfuerzo me estaba matando. Notaba como si un espesor recorriera todo mi cuerpo absorbiendo mi energía, cosa que a ella parecía no afectarle. Desde debajo podía apreciar el contorno de su cuerpo, donde se podían distinguir sus músculos tensos a causa de la subida. Tenía una forma atlética, a pesar de parecer delicada. Al llegar a la quinta y última planta, mis piernas no me respondían. Sentía una quemazón recoriéndome por dentro, como miles de agujas fluyendo por mis venas. Me paré a mirar, y casi me desmayo. Tenía las venas muy marcadas en las piernas, cada una del grosor de dos dedos. Se podían intuir una especie de partículas de un color verdoso fluyendo por ellas. Me desmayé.

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Cuando desperté, notaba como me arrastraban por un suelo rocoso. Tenía los oídos raros, como taponados. Era una sensación muy incómoda. Al cabo de un tiempo (lo que podían ser tanto unos pocos minutos como unas pocas horas), me tumbaron en una cama. Empecé a escuchar una conversación de fondo.

- ...quitar de encima. No sabes lo que es tener que llevar a un humano encima durante dos horas enteras.

- Qué exagerada. ¿Ni siquiera puedes con un cachorrito humano?

- Cállate, Steven.

- Esas no son formas de hablarle a un superior, querida. ¿Tengo que recordarte que estas en período de observación?

- No, gracias. Ya lo hace mi padre constantemente.

- Bueno, nadie quiere tener una hija... exiliada

- Me encanta cuando usas esos eufemismos - Respondió la chica con tono irónico y cortante.

Reuní todas mis fuerzas y comencé a incorporarme. Estuve a punto de desmayarme otra vez.

- Vaya, vaya. ¿Ya está despierto el cachorrito? Todo tuyo, cariño - Dijo el hombre (¿Steven?) mientras se marchaba.

Me encontraba en un dormitorio femenino. Las paredes eran de un rosa pálido, muy desgastado. Enfrente de la cama había un aparador con un espejo sin bordes bastante grande. Tenía una grieta en la esquina superior derecha. A la derecha de la cama había una alfombra con forma de oso polar, y a su lado unas zapatillas de estar en casa. A la izquierda había una mesita de noche con una copa encima. La cogí pensando que tendría agua, pero tenía un líquido viscoso transparente lleno de partículas verdes. La solté inmediatamente, asqueado. Me recordo los instantes anteriores a desmayarme, y mi conciencia empezo a desvanecerse. Cuando alzé la vista, la chica estaba mirandome fijamente.

- ¿Has terminado ya? Mi padre quiere verte.

- ¿Tu padre?¿Para que quiere verme?¿Por qué estoy aquí?¿Qué...

- Él te responderá a todas tus preguntas. Acompáñame -

Salimos a un pasillo digno de una mansión. Las paredes estaban cubiertas por un papel verde de lo más lujoso, que tenía unos grabados que parecían un idioma antiguo. No pegaba nada con el ambiente de la habitación anterior, que parecía mucho mas moderna, aunque mas descuidada. Al girar un par de esquinas aparecieron unas puertas gigantes, probablemente de bronce, decoradas con extraños dibujos de personas. A los lados había dos personas vestidos con traje de mayordomo. Al acercarnos, comenzaron a abrir las pesadas puertas con una facilidad increíble. Por la rendija se coló una luz cegadora. La chica comenzó a tirar de mi hasta que cruzamos las puertas.

- Bienvenido, joven humano. Espero que este disfrutando de nuestra hospitalidad. En la residencia de los Hemsworth acogemos a cualquier ser que se encuentre en apuros, siempre que no sea por nuestra causa intencionada. Quizas quieras saber porqué estas aquí. No te preocupes, la curiosidad es algo normal en los jóvenes humanos.-

Me encontraba rodeado de dos filas de guardias, cada uno armado con una lanza. Enfrente se encontraba el Emperador. Su presencia se notaba en toda la estancia. Era un hombre corpulento, de cabello rizado y canoso. Vestía un uniforme cubierto de condecoraciones, a cada cual más vistosa. Tenía un cierto parecido con la chica.











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