II . There's but one little sun.

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— Hey, niño, ¿qué andas buscando por aquí? — Esa pregunta no denotaba ni un ápice de tonalidades amables, todo lo contrario. Athelstan tragó en seco, tratando de verse seguro.

— Sólo pasaba por aquí, ya me iba. — Bajó sus ojos azules al instante, apretando algo más fuerte entre sus manos los tirantes de su mochila. Su incomodidad era obvia generando diversión en sus agresores.

— ¿Tan rápido? ¿A caso tienes cosas más importantes qué hacer? — El hombre de cabello negro y rapado sonreía de lado, con una mirada nada pacífica. Escuchó que uno de sus compañeros tras él le hacía un comentario sobre su uniforme, eso cada vez se estaba poniendo peor.

— Sí, con su permiso. — Justo al momento en el que intentó pasar entre esos hombres, uno de ellos lo había empujado nuevamente hacia la pared. El miedo comenzaba a intensificarse y su corazón latía lo más deprisa que podía.

— Veo que vas a una escuela privada, ¿eh? — Comentó el más alto tirando despreocupadamente del uniforme. — Eso significa que no estás tan mal... Ya sabes a lo que me refiero, ¿por qué no nos acompañas y nos compras algunas cervezas?

Athelstan volvió a disculparse y abrirse entre ellos con más insistencia, pero fue inútil, eran el doble de grandes y musculosos que él, sólo consiguió impactarse contra la pared más fuertemente que antes debido al empujón recibido. Aquél pandillero de pelo negro hizo una seña y dos de sus hombres lo habían sujetado, ahora sí que el miedo le recorría hasta la punta de sus dedos recreando impulsos de moverse frenéticamente en busca de soltarse, pero un fuerte golpe en su vientre le robó absolutamente todo el aire, provocando que escupiera saliva y tosiera varias veces. Subió su mirada encontrando que los tipos ya tenían en sus manos su mochila, revisando descaradamente y sin cuidado las cosas que tenía dentro.

— ¡¿Dónde mierda está el dinero?! — Vociferó con fastidio el jefe a cargo.

— No tengo nada... Lo juro. — Confesó entre jadeos, el dolor palpitante en su estómago le impedía hablar bien.

El ladrón le espetó que mentía, insultándolo y volviendo a golpearlo en busca de sacar algo de él, un golpe en su estómago otra vez, otro en sus costillas y un rodillazo en el costado de su torso. El castaño que ya estaba escupiendo algo de sangre gritó pidiendo ayuda, pero fue interrumpido por otra agresión ahora directa a su cabeza. Los hombres que lo sostenían lo tiraron al suelo y comenzaron a patearlo. El dolor incrementaba en cada centímetro de su piel y sólo podía esperar que eso terminase, cerrando fuertemente sus párpados tratando de así descargar todo el dolor que sentía. De pronto los golpes se detuvieron, notó como tiraban salvajemente de sus pantalones y comenzó a patear al aire desesperadamente, lleno de miedo de lo que no se atrevía a pensar. Su cabeza no procesaba todo lo que estaba sucediendo, las voces ajenas sonaban como si estuviera dentro de una cueva con eco feroz y al mismo tiempo como si estuviese bajo el agua, quería gritar pero al mismo tiempo se sentía dentro de una caja de vidrio, disminuyendo casi inaudiblemente sus alaridos. Cuando sus piernas fueron inmovilizadas tapó su vista, atemorizado y llorando.

Escuchó un gruñido, de pronto sus piernas fueron liberadas. Muchos insultos, muchos gritos y sonidos de golpes que le recordaban el dolor en sus músculos. Descubrió sus ojos para divisar el escenario y la sorpresa provocó que sus ojos azules se abrieran de par en par. Allí estaba el ladrón que había entrado a su casa hacía un par de días atrás, estaba defendiéndolo apaleando a cuatro hombres a la vez. El escalofrío recorrió todo su cuerpo al concentrarse en su mirada homicida, salvaje, llena de furia y energía negativa; hablaba por sí sola acompañada de sus gruñidos y gestos bestiales. Lo admiró como si fuera un héroe presentándose ante un niño, pero allí estaba al igual que uno, golpeando la mandíbula de uno de sus adversarios, rompiéndole la nariz a otro, recibiendo golpes aún más duros de los que él había recibido pero continuaba batallando. De pronto uno de los cuatro lo sostuvo por la espala en lo que el hombre rapado golpeaba su rostro y sus costillas. Intentó levantarse para ayudarle a pesar del dolor, pero el mismo pandillero que lo había sostenido lo percibió y corrió a patearlo para mantenerlo en el suelo. En ese momento la mirada de Ragnar se inundó de la ira más pura y vengativa, el rubio entrelazó sus piernas con el que lo sostenía impulsándolo hacia atrás cayendo sobre él, no tardó en levantarse para noquear al hombre rapado proporcionándole un cabezazo. Obviamente el mareo atacó su vista, pero no fue lo suficiente como para acercarse al agresor de Athelstan y tumbarlo, golpeando repetitivamente su rostro hasta que sus propios nudillos mezclaban su sangre con la ajena. En eso sus dos compañeros que restaban intentaron acercarse, pero el ojiazul ágilmente desenvainó su cuchillo, alzando a su víctima y amenazando con cortarle el cuello en ese mismo momento.

— ¡¡C-cálmate!! ¡Nos rendimos, nos rendimos! D-devuélvenos a Jackie y nos iremos en paz... — Ragnar no muy convencido pasó su filo por la mejilla del otro, haciéndole gritar de dolor. — ¡¡No volveremos a acercarnos!! ¡Lo prometemos! ¡Por favor!

— Déjalo ir...— Musitó con voz compasiva el castaño. El rubio tan sólo lo miró expresándole un mínimo de confusión, pero la forma en la que los inocentes ojos de Athelstan se dirigían hacia el aludido y luego hacia él le hizo morder su labio inferior molesto. Meneó su cabeza desafiante, expresándoles a esos pandilleros que no saben de lo que era capaz de hacer, pero finalmente optó por dejarlo ir, empujándolo hacia sus compañeros con brutalidad.

Los pandilleros no tardaron en ayudar a su compañero y levantar al que permanecía noqueado en el suelo; se alejaron alterados gritando groserías e insultos que le provocaban migraña al castaño. Ahora que todo estaba en calma y la adrenalina despejaba su cuerpo el mismo comenzó a pasarle factura, recordándole el dolor de cada golpe multiplicado por mil. Juntó todas sus fuerzas para recargarse en la pared e intentar levantarse, pero la cosa parecía estar costándole demasiado. Su misión de incorporarse lo había entretenido tanto que no recordaba la presencia ajena hasta que el rubio le tiró sin cuidado del uniforme, ayudándolo sin problemas a estar de pie. Athelstan se recargó en la pared en un intento de no caerse de nuevo, pero antes de si quiera pronunciar palabra alguna pudo divisar al otro caminar con cierto nerviosismo para irse.

— ¡Espera! — Intentó detenerlo, pero le fue inútil ya que al mínimo movimiento que hizo para ir a buscarlo el ojiazul le había tirado la mochila a sus brazos y escapado.

Sostuvo su mochila mientras lo veía correr en lo profundo del callejón y saltar ágilmente la cerca que lo enviaba hacia la otra calle, suspiró profundo. Ahora tenía muchas más dudas que antes, ¿por qué si le había intentado robar, si le había apuntado a él con el mismo cuchillo con el que amenazó a otra persona, lo defendió? ¡Podía haberse ido corriendo con sus cosas! Pero tampoco hizo eso. Ese sin duda alguna era un ladrón muy singular.

Al entrar a su casa rezó a toda la corte celestial para que su madre no lo encuentre con el uniforme así de sucio y descuidado, usó toda la poca fuerza que le quedaba para subir las escaleras a la velocidad del sonido y así tomarse una ducha. Al verse al espejo no era difícil divisar en su nívea piel las manchas violáceas que adornaban a los lados de su torso, las marcas de dedos enrojecidas y los raspones decorando sus piernas y sus brazos, odiaba verse tan magullado pero la ducha lo ayudaría. Luego de una actuación digna de un Oscar en la mesa a la hora de la cena logró que sus padres no sospecharan casi nada de lo ocurrido y subió victorioso las escaleras rumbo a su cuarto. Una vez dentro su vista instantáneamente fue dirigida hacia la ventana para luego acercarse a ella, algo dentro suyo le imploraba dejarla abierta en busca de cumplir un deseo injustificado y extraño, de que quizá su salvador entrase otra vez. Tal vez así podría hablar con él... O quizá no. De cualquier forma, a la hora de caer en los brazos de Morfeo todo volvía a ser tan lindo como antes. Con la luz nocturna colándose por la ventana abierta nuevamente.

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« Alley Cat. »  ▎Ragnar & Athelstan ▎Donde viven las historias. Descúbrelo ahora