I . Astray in the alleys of this town.

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Todo empezó cuando lo atrapó allí parado, mirándolo sorprendido puesto a que no esperaba hacer el suficiente ruido como para despertarlo. Esa noche en la que encontró los ojos más intensos y penetrantes clavarse en él con furia y desafío, incluso pudo sentirlos como feroces puñales azules enterrándose en su piel mas no se dio cuenta en qué momento se había tropezado y caído, teniéndolo casi encima suyo. Sintió como el nervio de su codo izquierdo punzaba, al igual que el dolor palpitante de su cabeza cuando impactó contra el suelo. Pero no pudo gritar, nada salía de su garganta y no existía algo más doloroso para él que la desesperación de los gritos enmudecidos.

Se había abalanzado sobre él cual animal salvaje, como si fuera una bestia hambrienta. Las piernas contrarias lo inmovilizaban a cada lado de su torso y lo único que lo separaba de la fría madera era el cuello de su camisa siendo sostenido con fuerza. Sentía miedo, miedo a la cuchilla en su cuello, al frío metal afilado que amenazaba con cortar su estremecida y temblorosa piel terminando con una vida demasiado corta para su gusto. En ese momento la decisión de haberse levantado de su cómoda cama al verlo se presentaba como la más estúpida y peligrosa de todas.

Por un lado sus ojos no se atrevían a parpadear en ningún momento, temía que al perder el contacto con los ajenos o en algún movimiento en falso su vida se redujera abruptamente a ese último día. Comenzaba a sudar frío, su garganta y labios se secaban al mismo tiempo que el agua de su cuerpo bañaba su piel congelándola, de forma enfermiza.

El hombre sobre él no dejaba de observarlo de esa forma tan asesina, como si fuese un depredador acorralando a su presa. Esos ojos tan azules que parecían brillar en medio de la noche no dejaban de ser tan expresivos, delataban ira e impresión al mismo tiempo. Como si estuviese anonadado de la reacción de la persona bajo él. No movía ningún músculo más que un singular ladeo de cabeza, hacia la derecha y luego hacia la izquierda, desde arriba y luego desde abajo lentamente como si pudiera analizar todo su ser con tan sólo mirarlo fijamente a los ojos. Mientras que el castaño lo seguía, siempre conectándolos en una mirada. No sabía exactamente cuánto tiempo habrán pasado de esa forma, aquél extraño observándolo y él sintiendo el filo rozar su piel y luego alejarse para volver a rozarla; podía jurar que habían sido al menos un minuto y algunos segundos. Optó inconscientemente por cerrar sus ojos esperando lo peor, mientras su mandíbula y su labio inferior temblaban abiertamente. Escuchó una muy leve risa gruesa.

Cuando lo soltó su cabeza volvió a golpearse contra el suelo, ahora sí había emitido un quejido a causa del dolor apretando sus párpados con fuerza, pero luego se percató de que el hombre había salido corriendo para escapar por su ventana, por la cual se había colado. Lo vio irse, a la luz de la luna y algunos postes en la calle, había saltado y caminando sobre el pequeño tejado. No quiso acercarse más para divisarlo, pero pudo deducir que habría saltado por el balcón del vecino hasta perderse en los techos de las casas. Su respiración continuaba agitada y su corazón no dejaba de latir a causa del miedo que lo había invadido. Esa noche no podría seguir durmiendo aunque cerrara la ventana.

* * *

Esa mañana Athelstan se había despertado con los claros rayos del sol justo en su rostro además de la fría brisa de invierno que se colaba por las cortinas, haciéndolas mecerse en el aire, supo enseguida que iba a ser un bello día y sonrió para sus adentros aún sin abrir los ojos. Se estiró bajo las mantas para luego tirar de ellas hacia un lado, descubriendo su cuerpo y abrazando al gélido ambiente que era su cuarto por culpa de aquella ventana siempre abierta de par en par.

Su madre constantemente le decía que la cerrara, le regañaba por no bajar las persianas y cerrar las cortinas en esos días de invierno y más por la noche. Solía bromear con que si algún día un ladrón decidía entrar a su casa a robar le culparía a él por mantener la maldita ventana abierta. Nunca le hizo caso, nunca esperó que eso fuese a ocurrir y nunca supo cuan en lo cierto estaba su madre. Observó en su mesita de luz el despertador que indicaba que eran las nueve y media. Aún faltaban veinte minutos para ir a su escuela.

« Alley Cat. »  ▎Ragnar & Athelstan ▎Donde viven las historias. Descúbrelo ahora