Capítulo 1 | Señales |

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Nunca le hacemos caso a las miles de señales que la vida nos manda diciéndonos que lo único constante es el cambio.

Siempre, pero siempre, hay algo o alguien que nos recuerda que "el estar vivos es una bendición de Dios, y por eso hay que estar agradecidos por el solo hecho de abrir los ojos todas las mañanas".  Son esas frases extremadamente fastidiosas y clichés  que escuchamos y leemos todos los días ya sea en una mesa compartiendo con familiares, en la televisión, en redes sociales, en la radio, mal escrito en alguna pared de alguna calle, en la música...

Se volvió una costumbre pasar por alto esas señales, sobre todo para la generación a la que pertenezco. ¿Familia? ¿Amigos? ¿Un gran amor? ¿Una casa grande y preciosa? Eso lo tengo. Buena Universidad, buenas notas. Sí, tengo unos viente años muy bien vividos. Mi casa siempre será mi casa, mi cuidad, mi rutina, mis estudios, gente buena que me rodea ¿Para qué me voy a angustiar? Todo eso lo he tenido siempre y jamás me ha faltado.

Hasta que, por supuesto, la vida se cansa de mandarnos señales y nos da la dura lección de que en un segundo todo cambia.

Lo más desafiante de los cambios son las preguntas que trae consigo. Preguntas cuyas respuestas no existen. Preguntas sencillas como: ¿Por qué?

¿Por qué le bastó un segundo a ese camión de remolque quitarle la vida a mi hermana y al amor de mi vida? ¿Y por qué a mí, en cambio, me dejó un mes dormida y conectada a una máquina que me ayudaba a mantenerme con vida?

¿Por qué me arrancaron la mitad de mi vida en un segundo?

¿Por qué?

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