Su vocación por la ciencia se hizo presente cuando cumplió dieciocho años, durante su primer año de universidad, siendo el inventor de una hormona artificial  que hacía crecer el cabello diez veces más rápido y fuerte. Fue un éxito entre las mujeres.

Más tarde fue contratado por la empresa Montreal, y gracias a las grandes aportaciones económicas de los inversores, Salazar pudo hacer uso de todo su potencial, dando lugar al Engel, la salvación de la humanidad...

¡Mentiras! Todo eran mentiras. Empecé a dar vueltas por la estancia un poco nerviosa hasta que al final me harté y decidí salir. Si alguien me veía merodeando por ahí me pondría en un aprieto, pues los jóvenes teníamos prohibida la salida durante las horas lectivas.

Me asomé al pasillo exterior y miré a ambos lados para cerciorarme de que no había nadie. Estaba desierto, así que, simplemente salí. Me acerqué a la clase de Educación Física, donde debía estar June. No podía creer que fuese cierto y tenía que verlo con mis ojos. Me asomé tímidamente por el pequeño cristal de la puerta. Reconocí a todos mis compañeros, incluso Styan estaba allí, pero no había rastro de June. Aquello me pareció un poco extraño.

—¿Qué estás haciendo aquí fuera?— di un respingo al escuchar la estridente voz de doña Lucrecia detrás de mí. Me giré y me miró desafiante a los ojos—. ¿Acaso has sido expulsada del aula?

—No, doña Lucrecia. Es que me sentía indispuesta y me permitieron salir del aula.

—Ya veo. No puedes corretear por los pasillos tú sola a estas horas. ¿Has comido algo ya? Ve al Comedor y toma algo si estás indispuesta y vuelve a tus clases— dijo con severidad.

—Sí, doña Lucrecia.

Salí corriendo hacia la zona común, pero lo cierto era que no tenía mucho apetito. Miré la fuente del delfín, en el centro de la plaza y me aproximé a ella. Me senté en frente y recordé que allí mismo fue donde comenzó todo. Aquella noche, de madrugada, cuando encontré a Dareh. Recordé cómo mi corazón se volvió loco al verlo, sobretodo después de haber soñado con él. Supe que no sería una persona cualquiera en mi vida. Supe que él sería especial... Y si todos esos recuerdos estaban tan vívidos en mi mente ¿Por qué Esaú no sabía quién era? ¿Dónde estaba? No le había visto desde que abandoné Alfa y ni siquiera tenía la certeza de que hubiese sobrevivido.

Me acerqué un poco más para tocar el agua con mis dedos. Estaba tibia. Las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos y a caer dentro del agua. Me sentía terriblemente confundida.

—Es muy bonita, ¿verdad?— escuché una voz inconfundible detrás de mí y lentamente me di la vuelta. Mis ojos se abrieron de par en par al ver, parado frente a mí, al espectacular Dareh, que observaba el delfín con media sonrisa. Rápidamente me sequé las lágrimas y me puse en pie.

—Dareh— musité.

—No deberías estar aquí a esta hora. Podrían llamarte la atención—. Aquellas fueron exactamente las primeras palabras que me dijo el día que nos encontramos por primera vez en aquella fuente. Sabía que nada había sido un sueño. Sonreí y me lancé a sus brazos. Él me abrazó con fuerza.

 —¿Qué ha ocurrido, Dareh? Estoy muy confusa. No entiendo nada de nada. ¿Qué ha pasado con June? ¿Por qué Esaú no te recuerda? ¿Por qué estamos aquí viviendo la misma vida de siempre, como si nunca hubiéramos desvelado lo que habían hecho en Alpha? ¿Dónde has estado?

 —Todas tus preguntas tendrán una respuesta en su momento. Ahora tenemos poco tiempo y no quiero perderlo— dijo mientras me acariciaba el pelo—. No falta mucho para que todo acabe de una vez por todas, así que ten ánimo.

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