Capítulo 8

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La puerta de la oficina se abre. Levanto mis ojos del papel, en el que estoy tomando nota de la información del cliente al teléfono, para ver a Sofía sonreírme al acercarse hasta el escritorio.

—Sí señor. Le informaré de inmediato. No se preocupe señor Cabal, tendrá una respuesta pronto. Muchas gracias por llamar, tenga usted un buen día. —Espero su respuesta y termino la llamada—. Sofía, ¿cómo estás?

—Hola Lily. Yo muy bien ¿y tú?

—Bien, gracias por preguntar. —Mis ojos se desvían al paquete que trae en sus manos.

—¿Estás lista? —pregunta. La miro confundida.

—¿Lista para qué?

—Vamos a almorzar juntas. He traído algo del restaurante. Llama a Rafa para que se nos una en la cocina.

—Yo eh... —Aclaro mi garganta—, no sabía que íbamos a almorzar juntos. Hoy he traído un sándwich de pollo y una pera para mi almuerzo.

—Lo compartiremos. Ahora, llama al cabezota de mi hermano.

—No tenías que tomarte la molestia Sofía.

—No es molestia. No me gusta almorzar sola y tú debes alimentarte bien.

Sus palabras me regresan a esta mañana. Rafael dijo exactamente lo mismo. ¿Cómo es que están tan pendientes de mí? Además yo he tratado de comer bien, de cuidarme.

—No hagas esa cara Lily. No estoy reprochándote nada —¿Me leyó la mente?—. Pero me preocupo por ti y el bebé. Además sé que te encanta la comida del restaurante tanto como la de mi hermano. Ven, hoy traje pasta.

Asiento con aire ausente. Esto es realmente extraño y nuevo para mí. Preocupados por mí. Hay dos personas que dicen estar interesados en como estoy, y no son sólo palabras. Sofía y Rafael han estado al pendiente desde que llegué a vivir al edificio. En estos quince días que llevo, me han invitado a cenar tres veces y Sofía ha estado conversando y haciéndome compañía casi cada noche.

No me molesta, al contrario. Ella es divertida, dulce, a veces me cuesta entender un poco lo que dice o los gestos graciosos que hace cuando habla; pero es una persona buena. Mi corazón me lo dice y sus actos lo comprueban. Me ha prestado sus libros, libros que no le prestaba a nadie y me ha acompañado dos veces a la lavandería, incluso cuando acababa de llegar de su trabajo, para asegurarse de que estoy bien. No me reprocha ni presiona para que le dé información sobre mí, cuando ella prácticamente me ha contado todo sobre su familia. No se exaspera por mis prolongados silencios y tampoco me considera una persona rara o inútil.

Y Rafael, bueno él me confunde e intimida. No en el mal sentido, más bien... no sé cómo definirlo. Su preocupación, aunque extraña, inesperada y un poco penetrante; debido a su mirada escrutadora, analítica, a sus silencios y esa habilidad de decir lo justo y necesario; es bienvenida.

—Sofí.

—Fonsi, ¿cómo estás? —Ambos se funden en una conversación llena de gestos, caras, gritos y saltos en las puntas de los pies. Aprovecho para llamar a Rafael.

—¿Si? —su voz es tan profunda. Al igual que su mirada, a veces me pregunto si debido a ello, me siento nerviosa a su alrededor.

—Su hermana está aquí. Dice que trae su almuerzo.

—Perfecto. Ya voy para allá. Gracias Lily.

—En camino —anuncio. Sofía me sonríe e invita a Alfonso para que se una a nosotros.

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