Su mirada empañada impedía que pudiera apreciar detalles apenas visibles de Lía. Como que semejaba mucho más grande de lo que recordaba.

Lía, que siempre había sido pequeña y tierna. Delgada y suave como una pluma. Pero poderosa y letal como una espada.

Mortífera y venenosa. 

Sus grandes ojos azules, abiertos con sorpresa, la observaban sonrientes.

Eva la recordaba así. Con su mirada curiosa y asombrada, con sus finos labios levemente curvados formando una pequeña y tenue sonrisa.

La recordaba feliz, eléctrica, llena de vida. Correteando por los pasillos, escondiéndose en los rincones, asustando a sus compañeros...

Una niña. Menuda, diminuta, insignificante.

Pero tan importante y primordial para Eva que su muerte se había quedado como un clavo en su corazón, hundiéndose cada vez más, haciendo bombear su sangre con altibajos.

Una herida incurable. Un corazón que llora. 

Una falsa capa de cicatriz silenciando una llaga que brama y vocifera.

-No llores, hermana.

Y su voz seguía siendo la misma. No había cambiado. Permanecía dulce, suave, aterciopelada, penetrante, sutil, agudizada...

Pero débil. Endeble.

Sentía emociones tan contradictorias en ese momento... No sabía qué pensar. 

La presencia de Lía no le resultaba reconfortante. No como lo había soñado.

Todas las noches. Todos los días. 

Se imaginaba recuperarla a ella, al faro de su vida. A la estrella que la había guiado en las tinieblas más sombrías.

Pero no era ella. Carecía de luz.

Su cabello una vez brillante y sedoso semejaba un puñado de paja seco e irritante.

Sus ojos una vez fogosos y deslumbrantes parecían aberturas sin valor, sin curiosidad. Sin vida.

Sin nada.

Y su piel una vez blanca como el mármol pero suave como el terciopelo parecía desquebrajada, rota, acerada.

Falsa. Una mentira.

Eva supo en ese momento que jamás recuperaría ese lucero.

Su estrella estaba frente ella.

Pero apagada.

-Lía... -musitó titubeante.

-Eva... -su voz triste la desarmó por completo- Eva, soy yo...

Quería creerlo. ¡Diablos! Le creía... Pero no podía ser cierto. No podía ser ella.

-Lía, yo...

Quería disculparse. No debió haberla dejado sola aquel fatídico día. No debió haber salido al patio de la Central para ayudar a sus compañeros. No debió haber creído que nadie entraría en la Central.

No debió haber supuesto que tenía todo bajo control.

-Lía, lo siento muchísimo. Si no hubiera sido tan estúpida, tú no estarías así...

Era todo su culpa. Su prepotencia había acabado con la vida de su hermana pequeña. Había sido su engreimiento el causante de la caída de Lía.

Por su culpa una estrella se había apagado. 

Solo por su culpa.

-¿Por qué te culpas de algo que no estaba en tu mano impedir? -preguntó Lía con los ojos entrecerrados.

-Porque lo estaba, Lía -replicó Eva con los ojos vidriosos- Estaba en mi mano. Yo decidí dejarte en aquella habitación sola. Estaba tan segura de que no entraría nadie... Realmente creí que te estaba protegiendo...

-Pues me mandaste a una muerte segura -su tono de voz acerado y ronco le asustó- Pero lo entiendo. Querías... Protegerme -añadió escupiendo cada palabra, relamiendo cada sílaba con veneno.

Eva la observó detenidamente. No era Lía. No podía serlo. Lía no podía ser tan fría, afilada. 

Pero, ella había muerto... Quizá la muerte la había cambiado.

-Lía, lo siento mucho... Te juro por el mismísimo diablo que mi intención era protegerte -Eva lloriqueaba, las palabras se le atragantaban en la garganta. Le costaba hablar.

-¿Por el mismísimo diablo dices? -fue su cortante contestación- Un día me dijiste que dentro de nosotros vive un demonio que despierta en ocasiones. Solo en ocasiones. Y que cuando mueres ese demonio se va, simplemente muere, como muere tu cuerpo. Pero que tu alma permanece viva. Que tu alma acude en la ayuda de sus seres queridos. Pero... ¿Y si el demonio no se va? ¿Y si decide quedarse? -Lía caminaba mientras hablaba. 

Sus pasos de gacela se aproximaban a ella cautelosamente. Sus ojos brillaban con fiereza y su sonrisa se había esfumado. 

Su rostro quedó a escasos centímetros del suyo. Notaba su respiración, el aire caliente de su aliento le abofeteaba las mejillas.

Eva entornó los ojos levemente pero seguía observando la mirada latente de su hermana.

Y entonces Lía entreabrió sus labios y dejó escapar un suspiro helado.

Su voz acerada y fría resonó en su cabeza. Como un lamento angustioso.

Incisivo, punzante, acerbo.

-¿Y si decido quedarme?


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